domingo, 2 de enero de 2011

El discreto encanto de la democracia. Por Santiago Kovadloff


La democracia, ¿puede ser inspiradora para los argentinos? ¿Es capaz de despertar aún nuestras mejores ilusiones políticas? Los sucesos de este año parecerían indicar que sólo cuando brilla por su ausencia, la democracia republicana resulta idealizable. Cuando se afirma, cuando opera, invita a dejar de lado todo romanticismo, toda referencia a una pasión inspiradora. En la medida en que propone la mesura, en la medida en que privilegia los consensos, se aleja del arrebatamiento, de la exaltación, del extremismo ideológico en el que incurren las convicciones intransigentes.
La democracia republicana es, por un lado, un régimen basado en la sospecha; por otro, y en la misma medida, en la reivindicación de la ley. Como régimen basado en la sospecha entiende que el hombre, librado a sus impulsos, propende siempre a la desmesura. Es aquí donde irrumpe la ley. La ley viene a acotar la tentación del desenfreno y a castigar su apego a él. En consecuencia: ¿qué fervores románticos puede despertar un régimen que no idealiza al hombre, que no llama a la redención final y condena la santificación de la violencia mientras reivindica su incesante y siempre insuficiente perfeccionamiento? ¿Qué idealización puede merecer un régimen que privilegia los deberes de la investidura por sobre la inspirada potencia del hombre providencial?
La atracción que ejercen los liderazgos fuertes, personalistas y caudillescos consiste en que permite creer, a quienes lo necesitan, en alguien que estaría liberado de la necesidad de aprender y llamado por eso a desplegar un magisterio de excepción que no demanda de los demás otra cosa que obediencia. El líder, el conductor, es el que sabe. Acatar sus designios con devota subordinación sólo es posible en la medida en que - como escribe Freud - su figura sea objeto de una férrea idealización. La superior inspiración que se le atribuye justifica el derecho a la transgresión de la ley. Provee, adicionalmente, el alivio de verse liberado de la necesidad de la crítica y de los infortunios de la autocrítica. Brinda, en una palabra, el éxtasis de la certeza.
La democracia republicana, en cambio, no estimula el romanticismo. Al optar por el control recíproco entre los poderes que la conforman, opta por el equilibrio, busca el tono agrisado de los acuerdos y no los fulgores arrebatados de la unilateralidad. Le otorga al otro, al que no piensa como uno, un reconocimiento y una función indispensables en la construcción de la legitimidad. Rehúye, en suma, la apología del yo y llama a la convivencia.
No creo que sea posible enamorarnos de la ley. Pero sí lo es el reconocimiento de su necesidad. Las Tablas que dieron celebridad a Moisés suponen la previa existencia comunitaria de todos los abusos y transgresiones que ellas condenan. En la medida en que respeta la ley, la democracia republicana mantiene viva la memoria de los fracasos previos que recomendaron su empleo tanto como la conciencia de que es posible volver a caer en ellos. Porque se sabe débil, no incurre nunca en su autoidealización. Es insomne. Su vigilia es perpetua. Aspira a eludir la celada con que la tienta la serpiente del Génesis, ésa que asegura que está a nuestro alcance obrar como dioses inspirados.

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