lunes, 28 de marzo de 2011

El ocaso de los revolucionarios. Por José Enrique Miguens


Hoy en día todo el mundo se está dando cuenta de la importancia histórica de los levantamientos populares en países decisivos del norte de Africa, como Egipto y Libia, contra regímenes políticos que se iniciaron como revolucionarios y aún se definían como tales, exigiéndoles libertad y democracia. Esto significa reclamar el derecho de todos los ciudadanos a intervenir en las decisiones políticas que los afectan y a no ser acallados ni intimidados ni llevados por delante por ningún grupo de ocupantes del poder, cualquiera sea su denominación.
Estos levantamientos populares actuales, horizontales y de liderazgos compartidos, son diferentes de las llamadas "revoluciones" de la pasada era moderna, que comenzaron con la Revolución Francesa, de 1789, e iniciaron su ocaso 200 años después, con la caída del Muro de Berlín, en 1989. Desde el jacobinismo hasta la yamahiriya (república asamblearia de las masas o república socialista islámica), pasando por el fascismo, el comunismo, el nacionalsocialismo, el tercermundismo, el progresismo y los neopopulismos, las "revoluciones" del modernismo presentan sociológicamente, aunque en distintos grados, las mismas características, cualquiera sea la denominación ideológica que adopten.
Se inician con la toma del poder político (sea por vías legales o violentas) por un grupo de "iluminados" que se consideran los dueños de la verdad y la justicia, llamados a imponerlas a todos los demás mediante la construcción de una sociedad perfecta. Para ello necesitan acallar a los que no piensan como ellos, manipulando la información, nunca admitiendo errores, instaurando el culto a sus dirigentes siempre infalibles, que viven sacrificándose por su pueblo. En una palabra, tratando a sus poblaciones como a niños estúpidos a los que se les puede hacer creer cualquier cuento.
Para distraer a los pueblos de los problemas concretos que padecen, los envuelven en fantasiosos enfrentamientos abstractos, con lo cual pocas veces resuelven los verdaderos problemas y males que sufren las personas y grupos concretos. Todos los comentaristas coinciden en que los levantamientos del norte de Africa se originaron en sus juventudes educadas que no tienen trabajo ni perspectivas de conseguirlo, mientras se les hablaba de socialismo y de tercermundismo.
Pero como generalmente esto no basta se hace necesario a este tipo de gobiernos desacreditar, acallar, anular o eliminar a los que piensan distinto o presentan otras soluciones que pueden ser mejores. Una característica uniforme de estas "revoluciones" es la caracterización denigratoria de los que piensan de distinta manera como seres despreciables de una categoría casi subhumana. Resulta interesante constatar la similitud del empleo del calificativo de "gusanos" para denigrar a sus oponentes en regímenes "revolucionarios" aparentemente opuestos. Lo emplearon abundantemente los nazis en Alemania, tal como lo hacen Fidel Castro y sus secuaces hasta el día de hoy. La despectiva palabra la inventó Hegel, el padre de todas estas revoluciones políticas, para calificar a los que no pensaban como él: "Gusanos que sólo comen tierra y agua". Revisando los calificativos que emplea el presidente Chávez para calificar a sus opositores y aquellos -delirantes- que ha estado vomitando Khadafy, tenemos un cuadro de la actitud básica de estos gobiernos revolucionarios y de su falta de respeto a la dignidad de toda persona humana.
Todas estas "revoluciones" necesitan inventar un "enemigo" a quien acusar de todos los males ocurridos y de obstaculizar la triunfante marcha de la revolución. Caen así en terribles simplificaciones para unificar a sus seguidores en un odio compartido distrayéndolos de sus verdaderos problemas.
Los observadores más alertas a las nuevas realidades sociales e históricas nos están recomendando no seguir empleando en la política las viejas distinciones conceptuales opuestas, tales como "idealismo" o "materialismo", "izquierda" o "derecha" aplicadas a este tipo de gobiernos, porque son engañosas y no van al fondo del verdadero problema. A los pueblos les da lo mismo que al sistema de dominación que se les aplica; se lo denomine "idealista" o "materialista", de "izquierda" o de "derecha", siempre será un sistema de dominación. Sólo comprueban que se les han quitado su participación política y el derecho que les corresponde a todos de ser los dueños de su propio destino y del de la Nación, que es de todos y no de un grupo de ocupantes del poder que se cree superior y dueño del país.
El garrote que se esgrime sobre sus cabezas, aunque esté pintado de rojo, de verde o de blanco, siempre será un garrote y siempre terminará siendo usado en provecho de los que lo manejan. Como dijo un manifestante egipcio: "Cambio significa justicia, libertad e igualdad para todos en el trato". Esto significa el respeto a la dignidad de todas las personas por parte de todos, tanto de los gobiernos como de la sociedad.
Es por eso que, olfateando el peligro que estos levantamientos significan para sus bases estructurales de dominación, algunos gobiernos latinoamericanos que se autodenominan revolucionarios, como los de Cuba y Venezuela, seguidos por los de Ecuador, Bolivia y Nicaragua, se han pronunciado en respaldo del dictador Khadafy, a quien el presidente Chávez llegó a titular: "Mi colega revolucionario".
Dejando de lado las características específicas de cada área cultural que llevaron a esos levantamientos populares arábigos, como las que llevaron a los levantamientos de los países del bloque socialista en Europa, podemos remontarnos a un acontecimiento que marcó el cambio histórico contra las "revoluciones" y a favor de la democracia participativa, que curiosamente pasó casi desapercibido.
Tres días después de la caída del Muro de Berlín, el Partido Comunista Italiano, considerado el más actualizado, inteligente y numeroso de Europa, haciéndose cargo del cambio cultural ocurrido y del anhelo de los pueblos de una democracia participativa, inició contactos para integrarse con la socialdemocracia.
El 3 de febrero de 1991, el XX Congreso Nacional del Partido Comunista Italiano decidió disolverse, renunciando a sus objetivos revolucionarios, para ingresar en la convivencia democrática con el nombre de Partido Democrático de la Izquierda e incorporarse a la Internacional Socialista. Con esto renuncia a sus anteriores beligerantes pretensiones de hegemonía y de imposición de sus ideologías al resto de la sociedad por el camino de la violencia revolucionaria. Vale decir que el viejo Partido Comunista, sensible a los cambios ocurridos en la cultura occidental, optó por la vía democrática para resolver, entre todos, los problemas concretos de la sociedad que es de todos.
Hay un síntoma más sutil que pasó desapercibido para los políticos. En unas jornadas de filosofía y transculturalidad convocadas por la Unesco en noviembre de 2002, se declaró que el mundo está presenciando la aparición de un nuevo discurso político "que dé al hombre el derecho de tomar la palabra".
Esto significa -se dice- la necesidad de crear nuevas relaciones entre las personas, definidas por la necesidad de vivir juntos, unidos a pesar de las diferencias, porque los problemas que afrontamos no pueden resolverlos unos sin los otros. "Hasta ahora, cada cultura, cada visión del mundo, cada sistema económico, pretendía imponer su definición de la humanidad a todas las otras. En estas sociedades encerradas por barricadas internas queda todavía una apertura, la pluralidad como una puerta que se abre para permitirnos sobrevivir, respirar, quebrando esta clausura del mundo humano sobre sí mismo."
Sugestivamente, los participantes más coherentes y entusiastas de estas jornadas fueron los intelectuales del sur y del norte de Africa, lo que explica los actuales levantamientos populares.
¿Estaremos los intelectuales latinoamericanos quedando más atrasados, desinformados y anacrónicos que los intelectuales africanos en esta corriente mundial de apertura y de democratización?
Fuente: La Nacion

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