domingo, 15 de mayo de 2011

ALEGRÍA. Por Pepe Eliaschev


Imposible no simpatizar con la alegría, aunque es muy difícil mantener una serena parsimonia cuando ese formato gozoso, con el que machaca la razón dominante, se le impone de mil maneras a una sociedad que en muchas oportunidades ha estado floja de sabiduría.
Un fragmento decisivo de lo que se juega en los próximos meses argentinos se entreteje con ese jarabe espeso y embriagante, sazonado de pensamientos positivos, actitudes optimistas y propuestas dinámicas. En el juego político concreto y apremiante, el Gobierno se maneja con un guión tan compacto que resulta sospechoso de escasa espontaneidad.
No es nueva en la Argentina la noción de que toda exigencia es inoportuna y toda racionalidad es deprimente. Subsiste desde hace añares la pulsión nacional por huirles a los aspectos tenebrosos que abundan en el acontecer cotidiano. En los hoy convenientemente caricaturizados años noventa, desde la televisión se mortificaba a quienes no se colocaban pum-para-arriba. Era la época en que se vilipendiaba a los caracúlicos negativos y amargos, que se empecinaban en no reconocer la luminosidad de aquella economía convertible, gracias a la cual la Argentina se habría catapultado al “primer” mundo.
Nada demasiado diferente postula el jadeante militantismo de un poder político con ocho años de acumulada e imperturbable continuidad. Más que programas o plataformas ideológicas, lo que deja traslucir este perfume de época es una apuesta gruesa al entusiasmo, un vitalismo a ultranza que coloca en el pasado y en la antigüedad a quienes tenemos interrogantes dolorosos y dilemas irresueltos.
Ese progresismo voluntarista remeda en cierta medida algunas experiencias de otros países, temporariamente conducidos por movimientos y gobiernos que se adueñan de la pasión y, de paso, colocan en el ostracismo a los inoportunos. Airado y dispuesto a no conceder nada, este oficialismo ha endurecido sus párpados: ignora el pestañeo, carece de dudas, se siente dueño y señor del entusiasmo, se presenta ante la sociedad dotado de eterna juventud.
La derrota dolorosa de quienes se han desmarcado desde hace años de esa experiencia dominante consiste en que no supieron o no pudieron iluminar ante el vasto público las falencias desesperantes de un modelo que no ha producido desarrollo, y que al cabo de dos mandatos presidenciales consecutivos no consiguió alterar en lo más mínimo el brutal zócalo de exclusión social. Un tercio de los argentinos adultos subsiste en la economía informal, está desocupado o directamente ya no busca trabajo.
Si bien la Argentina ha sido tradicionalmente tierra de promisión para las promesas embelesadoras de riqueza y prosperidad súbitas, es difícil encontrar comparaciones o antecedentes de tanto empacho retórico como el que hoy adormece a un nada pequeño fragmento de la sociedad que cree en ese relato.
Esa “positividad” como doctrina de fe es muy criolla; en 1995 la mitad de los argentinos renovó su confianza en el gobierno del presidente Carlos Menem, que ya había hecho lo más importante de su gestión en esos seis años. Aunque se lo haya reiterado hasta el hartazgo, ¿acaso la Argentina de abril de 1982 no estuvo esencialmente de acuerdo con el desembarco del gobierno militar en las Malvinas?
La sociedad argentina, persuadida de ser astuta y pícara, suele ser sin embargo creyente, ingenua, y predispuesta para seguir firmando cheques al portador. Esa ideología fornida y supuestamente luminosa no es, empero, exclusividad del oficia-lismo kirchnerista. Las imágenes del lanzamiento de Mauricio Macri a una reelección que él no quería pero a la que tuvo que resignarse no podían ser más melancólicas: una operación festivalera exenta de ideas serias y planteamientos sólidos. Enamorado de las formas (globos, color amarillo, Gilda en los altavoces, rostros de forzada juventud), el macrismo ni osa internarse en los terrenos escabrosos de las sustancias. Reina soberana la convicción de que “la gente” quiere barullo y levedad.
Así, las movidas de ambas expresiones no son muy di-ferentes en esencia. No estoy seguro de que no sean efectivamente expresión de una mayoría que prefiere relajarse confortablemente con esa patria mediática que repite la misma superficial y a menudo obscena adolescencia conceptual preferida por muchos.
Es cierto que la pesadumbre permanente es un espacio de esterilidad. Nadie la puede proponer en serio, pero esa alegría metálica y forzada que hoy domina el espacio civil es una pobre alternativa. Eduardo Galeano evoca en Días y noches de amor y de guerra (1978) que en 1973, a poco de volver Juan Perón a la Argentina, “había un clima de fiesta. La alegría popular, hermosura contagiosa, me abrazaba, me levantaba, me regalaba fe”. Sin embargo, el escritor uruguayo no se priva de destacar otra anécdota, medio truculenta: “Una mañana, en los primeros tiempos del exilio, el caudillo [así llama a Perón] había explicado a su anfitrión, en Asunción del Paraguay, la importancia política de la sonrisa”. Para demostrar su apotegma, “le puso la dentadura postiza en la palma de la mano”.
En los años treinta, Hitler se propuso construir la fábrica de automóviles más grande de Europa. Quería fabricar el automóvil del pueblo (el Volkswagen). Pero al inicio de la épica del luego famoso Escarabajo, el Führer se propuso bautizarlo como Kraft durch Freude (KdF) wagen (“fuerza a través de la alegría”) y a la ciudad donde se construiría como KdF-Stadt. Nadie lo llamó jamás así y siempre fue Volkswagen, aun cuando, para lo que aquí interesa, lo cierto es que a Hitler le interesaba mucho la alegría.
Distanciarse de esa positividad pegajosa y fraudulenta sale caro en la Argentina electoral de 2011. Implica ser estigmatizado como “enojado”, o –peor– resentido. Imposible olvidar las propias algaradas adolescentes, cuando alguna salvajada hacía descomponer de risa a un grupo de estudiantes en un rincón de la clase y el profesor preguntaba: “¿Por qué no lo cuenta en voz alta, así nos reímos todos?”. 
Se nos congelaba la risa.

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