miércoles, 13 de julio de 2011

Los chicos de Schoklender contra los trabajadores de Madres de Plaza de Mayo

Insultos, corridas, piedras, amenazas de disparos, 300 gendarmes avanzando preparados para reprimir, intolerancia, odio, bronca y descontrol. Injusticia. Pobres contra pobres. Desde las 10 de la mañana la Avenida General Paz, ambas manos del Riachuelo al Río de la Plata y viceversa, fue testigo de una nueva batalla de pobres contra pobres con las inmensas torres de la obra de la Fundación Madres de Plaza de Mayo sobre la avenida Castañares observando impávida, vacía, desolada.



No eran más de 350 empleados hartos de no tener respuestas ante el reclamo puntual de dos quincenas atrasadas de sueldo, un aguinaldo que no llega a sus magras cuentas bancarias y aportes jubilatorios nulos durante los últimos meses. Puede ser que ese fue el hecho que rebalsó el vaso, pero el basureo, el ninguneo y el doble discurso hartó a estos humildes empleados que se desempeñan en condiciones deplorables. El término deplorable no remite únicamente a sueldos que oscilan entre los 1800 y 2500 pesos mensuales sino a observar cómo son estafados con falsas promesas y bastardeados ante cualquier intento de crítica.
Personalmente fui testigo en las ciudades de Resistencia, provincia del Chaco y en Bariloche en Río Negro de que el modus operandi es “estirar” la situación hasta que llegan los pagos atrasados. Ahora no está Sergio Schoklender, el hombre que sacaba las papas del fuego. Hebe es mala palabra entre los trabajadores, las viviendas no han llegado a los necesitados, los edificios están inconclusos, los materiales no ingresan, las obras; paralizadas.
Como durante el nazismo, donde los propios judíos trabajaban para los jerarcas alemanes, en los obradores de la Fundación de Madres de Plazas de Mayo, son trabajadores “acomodados” los que denuncian a sus propios compañeros por unos “pesitos” más. Así arman listas de “los rebeldes” a la mano de fuerza que trabaja en actos políticos, sindicatos desestabilizando conflictos como el producido esta tarde en la General Paz.
Fui testigo de cómo una señora de casi 100 kilos le informaba a la policía de qué personas debían ser castigadas por Gendarmería y les prometía al comisario que serían despedidos de inmediato. Un ciudadano boliviano, Sandro, denuncia discriminación, intenta comandar el corte de la Avenida pero su mediación es tibia, no consigue el eco esperado. Los compañeros llegaron con sus familias, están hartos, quieren pelearse con la policía, ya no esperan nada del Estado.
Marcelo Chancalay, un referente de la villa 20 que acaba de perder las elecciones en su pequeño reino ante Diosnel Pérez —referente de un grupo de fuerzas de izquierda y que ganó fama mediática tras discutir con Alejandro “Pitu” Salvatierra tras la toma en el Parque Indoamericano y denunciar públicamente los aprietes de Chancalay— aguarda al costado de la ruta con sus matones. Promete soluciones. Le gritan de todo, ya no le temen, pero lo respetan. Habla seguido con Abel Fatala, subsecretario de obras públicas de la Nación. Dice que tiene llegada directa con José López —segundo de Julio De Vido—. El gobierno pide entre 5 y 10 delegados y que desalojen inmediatamente la avenida que bordea de norte a oeste y de oeste a este la ciudad capitalina, la misma que hace horas votó masivamente a Mauricio Macri, a pesar de los posteriores dichos del gran Fito Paez —lo de Paez merece una nota aparte porque no todo lo que brilla es oro—.
Los escasos movileros allí presentes no entienden lo que está sucediendo. No conocen quién es Chancalay y a Pocho no lo divisan. El periodista de TN afirma que Chancalay está al frente del corte, lo corrijo y enmienda su error. La foto del allí presente, es fundamental para entender la lógica de los hechos. Hombres con gorras del gremio de la construcción, juegan su papel. Algunos toman las denuncias de los trabajadores. Recién ahora, en una forma de marcar diferencias con el gobierno nacional y ciertos organismos de derechos humanos con lo que ello significa.

Los movileros son los primeros en retirarse. El comisario grita que está por reprimir. 300 gendarmes se alistan en pie de guerra. Dice que “aunque me eche el gobierno nacional, tengo la orden de la ministra Garré de desalojar como sea el lugar, me autorizó el uso de la fuerza pública”. Avanzan. Se llama Luis Alberto Norte (“¿crees que esto me gusta a mí? A mí no, dice, pero a ellos —por los trabajadores— les gusta esto). “La de violeta quiere quilombo —por la gorda— formo todo y empiezo a avanzar. Son unos pelotudos. Me llamó Garré y me dice que vio que juntaban piedras. ¿Con quién carajo hablo si nadie responde a nadie? Hablé con Sandro, con otro rubio, y me quiero ir al diablo con todo esto”, dice el comisario.  Quedan menos trabajadores. Son 70. Una mujer obesa muestra palos y amenaza a la gendarmería para avance, está jugada. Luego me relata su historia. Tiene 6 hijos. Una pequeña niña discapacitada. La han echado por faltar a trabajar para cuidar a su niña. No le pagaron los días ni indemnización. Luego la reubicaron. Pronto, “Pocho” Brizuela le recuerda que gracias a su hija “enferma” tiene trabajo. La mujer es señalada por el comisario como la primera que será “atendida”.
De repente alguien grita que hay que tomar las casas. La gendarmería avanza. Los trabajadores desalojan la General Paz. La atención aumenta. Ingresan y toman el predio de Castañares escasos segundos. Pronto “Pocho” y 10 hombres más los corren desde adentro, posiblemente con armas de fuego. No lo sé. Pero la reacción de 70 hombres contra unos escasos 10 que los corren y cierran la puerta con alambrado del predio, demuestra que algo hay más que gritos a cara de perro. Pocho habla por primera vez. El cronista de TN toma sus declaraciones de mis preguntas. Vuelan las piedras, los cascotes, los palos. Pocho —el hombre señalado como la mano derecha de Sergio Schoklender, uno de sus matones, empleado en el Gobierno de la Ciudad— se muestra moderador. Sandro y sus compañeros se alejan y esperan por la camioneta prometida por la gente de Abel Fatala. La tarde se hace noche. Las discusiones avanzan.
Chancalay defiende a Pocho: “Tengo una amistad aparte, pero no tengo nada que ver con él. En la 20 estamos esperando que se abra desde hace años las obras de las Madres”. Reconoce las denuncias en su contra pero afirma que también denunció al antes citado Diosnel Pérez por “decir pavadas”. El hombre que se define con “identidad peronista”, es un puntero cercano a Cristian Ritondo pero que juega también para el gobierno nacional. ¿Fatala controlaba las obras?, le pregunto. “Cuando cae, y algo tan grande, hay un montón que les salpica. Si el tipo cagaba, entran en la mugre de los demás. Schoklender hizo mil cagadas”.¿Hebe sabía? “Y… no sé”. Llegan ambulancias. Van y vienen. Dos autos intentan pasar. La tensión aumenta. El lunes la historia continuará. 
Pocho dice comprometerse con la causa. “Si no pagan, me voy con ustedes”. Los empleados le gritan que “le cuidaste el culo a Schoklender en la casa y por eso ahora tenés todo lo que tenés acá”. ¿Qué pasa Pocho?, le pregunto. “Hay una falta de pago que es general. Por el escándalo pasó esto. Pero, ¿les parece construir todo esto que hicimos con tanto esfuerzo? Busquen representantes y los llevamos con Fatala. “¿Hebe sabe de todo esto?”, es la pregunta que TN y Telenoche reproduce una y otra vez. “Yo pienso que sí, pienso que sí”.

Luis Gasulla
Fuente: Tribuna

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