domingo, 17 de julio de 2011

Pobres Madres, pobres Abuelas. Por Jorge Fontevecchia


Daba pena ver la imagen de Hebe de Bonafini sentada en una camioneta, con la mirada perdida mientras su custodia la tenía que resguardar de los obreros de la Fundación Madres de Plaza de Mayo que reclamaban cobrar sueldos impagos. Más tristeza daba la cara demudada de otras Madres de Plaza de Mayo más viejitas, indefensas y débiles que Hebe, que sí no dejaban de mirar a los obreros que les protestaban. 
Patética fue una de las pocas respuestas de Hebe cuando dijo: “Vayan a cobrarle a Schoklender”, y reveladora de su problema paranoico cuando les preguntó a sus obreros: “¿A ustedes quién los manda?”. Esa frase quizás encierre la clave para entender la combinación de exceso y déficit con el que ha venido actuando públicamente desde hace años. Una capacidad de juicio trastornada por el dolor y un sentimiento de persecución permanente del que el Gobierno se aprovechó.

Que en las recientes elecciones por cada votante de Cabandié haya habido tres por el rabino Bergman (de estilo Figureti y original cercanía con Neustadt), me volvió a recordar el único encuentro que tuve con Cabandié. Viene a cuento porque quizá su propio fracaso electoral tenga alguna relación con el abuso del relato, y en el abuso por las mentiras adheridas que se relacionan con mi cruce con él.

Estaba parado junto a Estela de Carlotto al terminar la entrega de una distinción en la Legislatura donde ambos habíamos sido oradores y Cabandié, que imagino se había acercado para saludar a Carlotto, me reclamó por haber escrito criticando el uso político de las Madres. Todavía 6, 7, 8 no existía, pero su espíritu estaba latente en esa forma de miopía. Los periodistas que nos animamos a criticar desde el principio el uso de los derechos humanos, porque habíamos sido víctimas de la dictadura o militantes de los derechos humanos, como Magdalena y Lanata, padecimos luego en los medios oficiales el estigma de lo opuesto.

Poco después tuve que entrevistar a Schoklender y durante las casi tres horas que duran esos reportajes choqué nuevamente con otra perturbación del juicio en la que alguna forma de dolor tampoco debía estar exenta. Pregunté y volví a preguntar cuáles podían ser las ventajas competitivas que tendrían las Madres de Plaza de Mayo para dedicarse a construir viviendas y los riesgos que implicaba exponer a las Madres a las lógicas del funcionamiento del mercado, con obligaciones económicas que exigen una experiencia de la que carecían. No hacía falta ser un especialista en gestión para darse cuenta de que las Madres no estaban preparadas para convertirse de la noche a la mañana en uno de los mayores empleadores del país. Y Schoklender podía ser listo para sus propios fines, pero carecía de los conocimientos necesarios para desarrollar una burocracia que administrase tantos recursos.

Por entonces, antes de la crisis de la 125, todavía Estela de Carlotto mantenía una distancia del Gobierno que preservaba a las Abuelas de Plaza de Mayo de los avatares de la política. Pero tan pronto el kirchnerismo decidió iniciar su Guerra Santa contra Clarín, Estela de Carlotto ya no pudo mantener una posición independiente y, obligada a aliarse a uno u otro bando, no le quedó más alternativa que convertirse en incondicional del Gobierno y asumir un discurso beligerante contra Clarín y su dueña, que dejaba pocas dudas sobre su condición de apropiadora.

Tal era la convicción del Gobierno en su cruzada que era lógico suponer que contaba con informaciones de los servicios de inteligencia que garantizaban que Marcela y Felipe Noble fueran hijos de desaparecidos. Ver ahora que los estudios genéticos confirman lo contrario, mínimamente obliga a analizar si el Gobierno está plagado de locos que no sólo mienten sin pudor, sino que además se creen sus propias mentiras.

Los especialistas en dinámica de grupos acuñaron conceptos como “interfantasía”, lo “imaginario grupal” o “la fantasía inconsciente colectiva”, que quizá puedan ser útiles para comprender cómo el relato kirchnerista se expande sobre sí mismo retroalimentándose continuamente.

Al tratar de mantener vivo el pasado con fines electorales, terminaron sustentando la memoria sólo sobre cicatrices y pagaron el precio de fugarse del sentido. No se trataría entonces de un Gobierno integrado por fríos sujetos de cálculo que miden sus pasos para maximizar sus beneficios o, como señala el título del libro de Beatriz Sarlo, La astucia y el cálculo, sino de creyentes autosugestionados que no alcanzan a separar los gatos de su relato de las liebres de la realidad.

Enrique Pichon-Rivière, el más reconocido especialista en el funcionamiento de los grupos humanos, decía que un paciente está mejor cuando puede descubrir que el portero del edificio de al lado no lo mira con odio, o torcido, sino que es bizco.

Nadie nace loco. Hay grandes otros con poder enfermante. En el estudio del funcionamiento de los grupos se sostiene que la patologización de un miembro del grupo da estabilidad y homeostasis a todos los demás. Es la figura del chivo expiatorio que Schoklender tan bien vendría a encarnar, pero que cada vez se hace menos sostenible como única explicación. El ya inverosímil “vayan a cobrarle a Schoklender” de Hebe de Bonafini a sus obreros.

El gran relato que daba pertenencia se está consumiendo junto al prestigio de las Madres de Plaza de Mayo y, en menor medida, de Abuelas. El Gobierno precisa un cambio de repertorio. Con una economía desbordante y sin grandes opositores puede no ser difícil que lo encuentre. Lo triste es que en su ambición manchó los pañuelos blancos.

Los libros de ciencias políticas sobre acciones colectivas y política contenciosa explican que si a los movimientos sociales se los institucionaliza para darles recursos materiales que los mantengan en el tiempo independientemente de su originario fin de su lucha, dejan de ser movimientos sociales y pasan a integrarse a la política. Desde cierta perspectiva, en lugar de evolucionar, involucionan.

Lo mismo sucede con el periodismo. Más allá del resultado positivo para Clarín de los ADN de sus herederos, no dejan de ser criticables todas las dilaciones que sus abogados produjeron mientras creían que podrían ser hijos de desaparecidos o del motivo que haya justificado su radical cambio de estrategia.

fuente: Perfil

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