domingo, 17 de julio de 2011

Náuseas, giladas y revoluciones de ascensor. Por Jorge Fernández Díaz


A las cuatro en punto de la tarde había revuelo en la redacción. Era el viernes 8 de julio, faltaban 48 horas para la elección porteña y se estaba llevando a cabo un hito periodístico: todos los candidatos de un país crispado y lleno de adversarios irreconciliables se estaban dando la mano e intentando fotografiarse juntos por primera y única vez. Cuando terminaron los flashes, el secretario general del diario se acercó a Daniel Filmus para agradecerle que hubiera acudido a la cita y para preguntarle cómo andaba.
-¡Y cómo querés que ande, con esa tapa que hicieron hoy! -respondió el candidato del Frente para la Victoria.
-¿A qué te referís, Daniel?
-A esos quince puntos que me lleva Macri. ¿De dónde sacan eso?
--Mirá, en todos estos años Poliarquía nunca se equivocó. Te recuerdo que en 2009 y durante 30 días, tu gobierno y los medios afines decían que estábamos inventado un candidato. Luego Francisco de Narváez le ganó a Néstor Kirchner exactamente por el mismo porcentaje que publicamos.
-Yo tengo otros números -le dijo Filmus, y adoptó un tono desafiante-. El domingo te voy a llamar?
En esa noche dominguera, cuando Mauricio Macri le sacó más de 19 puntos a su principal contendiente, no hubo llamadas desde el búnker oficial. Sólo asombro y tristeza.
La pequeña anécdota es relevante porque ilustra la ceguera con que los kirchneristas avanzaban hacia el abismo. También porque denuncia el tamaño real de la llamada "guerra cultural" que dicen haber ganado. Parece hoy, con los resultados a la vista, una guerra cultural librada en un ascensor. Un circuito cerrado donde intelectuales, artistas, propagandistas, funcionarios, militantes y encuestólogos se hablan a sí mismos, y van creyendo lo que se dicen. Hay que insistir en algo: si Cristina Fernández triunfa en las elecciones generales no será por ese grupo de neosetentistas entusiasmados ni por su revolución imaginaria. Será porque el modelo económico despierta aprobación y porque el sistema de gobernabilidad les parece consistente a los argentinos. Y también porque la gran fuerza política de este país, el todopoderoso movimiento peronista, le permite ganar a Cristina en territorios específicos, hostiles, indiferentes y remotos. Recordemos no obstante que los peronistas se regocijaban en voz baja durante la noche del domingo pasado al ver cómo mordían el polvo los progresistas del kirchnerismo pituco que dicen representar a muchos y nunca dejaron de ser una vocinglera y reducida minoría.
En la derrota, los diagnósticos de esa élite no dejan de demostrar miopía sociológica. Olvidan, por ejemplo, que una gran cantidad de los votos porteños no fue destinada a entronizar al jefe de gobierno de la ciudad sino a ponerle coto a la arrogancia hegemónica de una fuerza política que tiene por objetivo mantenerse 60 años en el poder, como confesó el jefe de Gabinete sin que nadie haya salido jamás a desmentirlo. Digamos también, para ser justos, que hasta Macri empieza a creer que el "urnazo" del domingo es un premio para su gestión: la ceguera del poder no respeta ideologías.
Entre esos diagnósticos poselectorales del cristinismo candente no faltaron los accesos de vómito. Tal vez se vean obligados a decir en breve que mucho más de la mitad de Santa Fe les parece un asco, puesto que muy probablemente dentro de siete días le den en esos pagos otro disgusto electoral al gobierno kirchnerista. Eso, a su vez, forzará a los asqueados a declarar lo mismo frente a todos los cordobeses, puesto que ninguno de los posibles vencedores de esos comicios -también inminentes- pertenecen ni apoyan al proyecto "nacional y popular". No se verán librados de semejantes náuseas ni aun cuando se abran las urnas de la provincia de Buenos Aires, dado que a pesar de que se impondría el socialista revolucionario Daniel Scioli la simple matemática demostrará que "la otra mitad" del territorio bonaerense sufragó en contra de los deseos de la Presidenta.
Dicho sea de paso, la diferencia ideológica entre el neoliberal Daniel Scioli, la gran esperanza blanca del kirchnerismo, y el aborrecido neoliberal Mauricio Macri es tan grande que asusta, ¿no? El día y la noche. "Se están diciendo muchas giladas, compañero", me dijo al teléfono un viejo peronista en la tarde del jueves.
Giladas o no, lo cierto es que en el epílogo del cronograma electoral podrá verificarse que el agitado estómago de los asqueados ha diseñado un mapa perfecto de buenos y malos. La mitad del país es heroica y solidaria, y la otra mitad es canallesca y egoísta. En otros tiempos, por ejemplo en la España de los años 30, esas visiones tajantes llevaron a una guerra civil. Más acá, en la gloriosa década de los 70, esa clase de desprecio por el voto del otro llevó a las organizaciones guerrilleras a practicar el asesinato político en plena democracia y a las patotas militares a imponer la más siniestra dictadura. No quiero exagerar la verba caliente de los "militantes populares". Pero las declaraciones del vómito de estos días sólo manifiestan el desprecio hacia los verdaderos pilares de la democracia, que son los ciudadanos, y también el desdén por la "democracia burguesa" que los adoradores del setentismo gagá sienten y derraman día tras día, como un veneno, sobre las nuevas generaciones.
fuente: La Nación

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