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domingo, 3 de febrero de 2013

Inquietudes de un presente contradictorio. Por Santiago Kovadloff

 Occidente está viviendo una época de profundo desencanto, motivado por las evidencias que la época arroja a partir de la caída del imperio soviético. Según esas evidencias, el capitalismo encierra contradicciones que desbaratan la esperanza de que su desarrollo sea capaz de conciliar el afianzamiento del poder y la expansión de la ética, tanto en el orden social como en el orden del conocimiento.
Se advierte esto de manera muy intensa en la crisis de inseguridad que genera la expansión del terrorismo y en el predominio de la voracidad financiera sobre los principios de la independencia del Estado.
El efecto de estos fenómenos sociopolíticos sobre las comunidades occidentales se agrava, por ejemplo, cuando la Unión Europea -es decir, los países más desarrollados- acusa el impacto de la ineptitud política para dar sustento al ideal de la comunidad continental.
La impunidad financiera, que nos habla de una crisis que parece estar convocando para llegar a una solución a los mismos que la provocaron, y el hecho de que el desarrollo del conocimiento de punta en el orden tecnológico va unido a una creciente exclusión de buena parte de los miembros de las comunidades desarrolladas son alteraciones con respecto a los ideales de mediados de siglo que generan una incertidumbre muy honda.
En los llamados países en proceso de desarrollo, como el nuestro, el desencanto con los sistemas democráticos también se pone de manifiesto a través del auge de los populismos que, si bien afecta a unos pocos países -Ecuador, Venezuela, la Argentina- muestra las dificultades que encontró América latina para llevar adelante una transición efectiva desde los gobiernos autoritarios a las democracias representativas plenas. Incluso en los países en los que esa transición ha sido más exitosa -Chile, Perú, Uruguay, Brasil-, la pobreza y la exclusión laboral y educativa siguen teniendo un peso que el desarrollo económico no ha logrado atenuar.
Miedo significa, desde esta perspectiva, incertidumbre con respecto al porvenir y a un presente vapuleado por las contradicciones. Miedo significa la hegemonía de la noción de consumo sobre los ideales de la ciudadanía y sobre la inclusión social indispensable, un consumo que muchas veces crece a expensas de la exclusión. Pocas veces la ostentación del poder económico ha sido tan desembozada mientras la pobreza y la exclusión aparecen por todas partes.
Fragilidad institucional y consumismo desenfrenado. Pobreza institucionalizada en formas del delito administrado por el tráfico de drogas: son nuevas configuraciones de la incertidumbre para aquellos que advierten ineficacia por parte de los Estados para terminar con estas experiencias del horror.
La extinción de los partidos políticos en el caso argentino, las dificultades para la reconstrucción de la vida institucional, los riesgos a que está expuesta la vigencia de la Constitución, el auge de la presunción de que de formas arcaicas como el caudillismo puedan provenir modelos innovadores de organización política, son fenómenos sociales que generan incertidumbre y temor en un sector muy amplio de la sociedad.
Otro factor decisivo es la pérdida de protagonismo de las religiones en estos últimos 40 años; la adhesión a los credos se funda mucho más en razones sentimentales y tradicionales que en la convicción de que ellos representan un recurso eficaz para enfrentar los desafíos del presente.
La desaparición de la escuela pública, que constituyó en el pasado una de las singularidades educativas más notables de la vida argentina, el auge de la desocupación allí donde la inflación devora los salarios, y el temor a ver restringidos en el futuro los canales de expresión no condicionados por el Estado también son fuentes de temor y de desvelo en una sociedad que no logra consumar su transición del autoritarismo a la democracia plena.
FUENTE: LA NACIÓN

miércoles, 12 de octubre de 2011

La maquinaria del populismo. Por Marcos Aguinis

Genética, historia y actualidad de un sistema que se impone



No lo confiesa, pero es irrefutable: el populismo se basa en el corto plazo. No tiene ni quiere tener una visión estratégica, aunque mienta por sistema, y diga lo contrario. Por eso recurre a términos como "modelo" o "socialismo del siglo XXI". Ese modelo y ese socialismo no existen. Sólo existen el poder y el dinero para unos pocos. Poder y dinero que se incentivan de forma recíproca y embolsan a creciente ritmo. Por dinero y por poder se llega a la aceptación de todo, en busca del blindaje que ofrece la impunidad. "Profundizar el modelo" es robar y acumular más poder para unos pocos. En los populismos decaen los valores y se enloda la dignidad.
El populismo, para ganar y sostenerse, ofrece bienestar hoy (o aparente bienestar), sin importarle el mañana. Estimula el facilismo y la irresponsabilidad para conseguir adeptos, por lo cual la productividad baja. No estimula la formación de mano de obra calificada, ni estimula nuevas fuentes de trabajo. No disminuye de forma drástica la pobreza, sino que brinda a manos llenas el consuelo de la limosna. El permanente ascenso social no es logrado por ningún populismo. Esa no es su verdadera intención. El líder y su aparato burocrático "proclaman" que se solidarizan con los pobres. Pero es mentira, porque equivaldría a su suicidio. Sin pobres el populismo fallece. Los países que han conseguido minimizarlos no son populistas ni son tomados como ejemplo. La protección del gobierno populista a los empresarios que son sus amigos le ayuda a mantener la caja, no a incrementar la inversión. Y quienes expresan su disconformidad deben someterse a controles, extorsiones y hasta exilio.
Es obvio que el espíritu empresarial languidezca bajo la amenaza, el miedo y la incertidumbre. La competencia es un inconveniente para el populismo en todos los niveles (incluso estudiantil) porque exige esfuerzo y el esfuerzo es descalificado porque no recauda votos.En consecuencia, se iguala siempre para abajo, lo cual incrementa la pobreza.
Se aísla el país del mundo con medidas proteccionistas que anhelan ocultar el descenso del desarrollo. Las exportaciones se reducen a unos pocos productos debido a la falta de seguridad para una inversión diversificada. Se multiplica de forma incalculable la corrupción, al extremo de conseguir que este pecado se acepte como algo normal. También se tiende al partido único o un partido dominante que no ceda el poder. En algunos casos el partido dominante dura más que el líder fundador, lo que da lugar a una sucesión de mandatarios que se disfrazan de demócratas, pero obstruyen con ferocidad la alternancia. Es otra de sus trampas. Además, los discursos justicieros calientan la atmósfera y mantienen confundida a gran parte de la población.
Para sacudirse de los hombros la garúa envenenada que en algún momento empieza a caer sobre los líderes populistas cuando las "amadas masas" descubren que fueron engañadas, gritan que la culpa la tiene otro. El populismo es genial en la invención de enemigos. Los va cambiando según la ocasión: empresarios, Iglesia, corporaciones, inmigrantes, medios de comunicación, bancos, potencias extranjeras y así en adelante.
Nunca se trata de poner límites al resentimiento. Por el contrario, es una hoguera a la que se echa leña sin cesar, apasionadamente. Mientras más altas las llamas, mejor el resultado. De esa forma se tiene ocupada a la nación en una furiosa pelea entre sus integrantes, mientras quienes se benefician con el poder y el dinero recogen la cosecha.
El zarzal florecimiento del populismo en América latina aumenta las dificultades. Casi siempre se maquilla de izquierdismo o progresismo. Pero no es lo uno ni lo otro. El populismo es un vocablo político que empezó en la antigua Roma y resucitó a fines del siglo XVIII. Algunos teóricos se empeñan en resaltar sus virtudes. Pero los socialistas y comunistas siempre lo han criticado, porque lo ven como una vigorosa muestra de gatopardismo. Y es verdad. Promete cambios, pero sólo adopta medidas superficiales para que todo siga igual. Pone curitas a las heridas profundas. Convierte al idealizado pueblo en un niño que entusiasma con golosinas y cuentos de colores. Apunta a una suerte de protodemocracia que parece defender a los obreros, los pequeños emprendedores, los sindicatos, la baja clase media y la cultura autóctona. Recurre al nacionalismo con espolvoreo de xenofobia para mantener siempre abierto un costado del odio, tan necesario para conservar el poder.
Como dijimos, el populismo se ha mostrado incapaz de eliminar la pobreza y la desigualdad. La mayoría de sus líderes aborrecen a la izquierda genuina, pero coquetean con ella. Afirman ser distintos a los regímenes que piden eternos sacrificios en nombre de recompensas que sólo llegan al grupo dirigente. El populismo promete un nuevo sistema, ni capitalista ni comunista. ¿Recordamos "la Tercera Posición"? ¿Recordamos "ni yanquis ni marxistas: peronistas"? Además, casi siempre desemboca en el culto a la personalidad. En lugar de más democracia hay más genuflexión ante el "adorable" líder.
Recordemos un poco.
En el período de la última república romana aparecieron sinceros líderes llamados populares (ofactio popularium : "partido de los del pueblo") que se oponían a la aristocracia tradicional y propugnaban una mejor distribución de la tierra, aliviar las deudas de los más pobres y dar mayor participación al grueso de la gente. Entre ellos, figuraban los Gracos, Sulpicio Rufo, Catilina y nada menos que Julio César. Contra estas figuras batalló una gran cabeza como la de Cicerón. ¿Aquellos fueron buenos y los actuales son malos?
En el siglo XVIII, como ya indiqué, resucitó este concepto. En Alemania había tomado jerarquía la difusa palabra Volk (pueblo), que Herder enalteció al desarrollar el Volkgeist (espíritu del pueblo). En Rusia se difundió el Narod , con igual significado. Como consecuencia negativa, en Alemania se desarrolló el pangermanismo y en Europa oriental, el paneslavismo. Pero recién fue Napoleón III quien instituyó la asistencia social con fines demagógicos y tuvo el claro propósito de someter el poder judicial y legislativo bajo su cetro. En América latina se lució un gran predecesor, nada menos que Simón Bolívar. Cuando este héroe puso término a las guerras de la independencia, en 1825 se hizo nombrar presidente vitalicio de Bolivia y Perú, con el anhelo de extender su dominio a la Gran Colombia. Quienes se atrevieron a criticarlo recibieron una respuesta digna del absurdo ionescano: "No será legal, pero es popular y, por lo tanto, propio de una república eminentemente democrática"... No es casual que los llamados países bolivarianos sigan ese ejemplo.
En síntesis, el populismo fascina y enamora, desencadena emociones y aumenta la alienación. Les hace daño a sus naciones, pero no a sus líderes, que suelen huir a tiempo con sus maletas bien cargadas.
fuente: La Nación

jueves, 25 de agosto de 2011

Construir un relato alternativo. Por Daniel Gustavo Montamat


Tras la crisis del campo y el fracaso electoral del oficialismo en 2009, muchos analistas empezaron a hablar del fin del ciclo K y de la necesidad de estructurar un proyecto poskirchnerista. El oxígeno externo de los términos de intercambio (precio de los productos que exportamos respecto a los que importamos) y la apropiación de otras "cajas" internas de financiamiento del gasto público (AFJP, Reservas del Banco Central) devolvieron a la sociedad la sensación de bonanza económica. Con la economía en recuperación transitoria, el Gobierno rearticuló el relato populista: guerra a los medios "opositores", apropiación política partidaria de los derechos humanos, "fútbol para todos" y consumo "para todos". La muerte del ex presidente fue aprovechada para dotar al relato de misticismo militante, además de operar como borrón y cuenta nueva a las crecientes sospechas e imputaciones de corrupción. La posmodernidad populista había logrado su objetivo del aquí y el ahora: "Cristina, ya ganó".
En el arco opositor, el relato oficial caló tan hondo que, con honrosas excepciones, todos empezaron a asumir "el cristinismo" como la nueva etapa K, dejando para otra oportunidad la idea de consensos catalizadores de un proyecto capaz de erigirse en un relato alternativo no populista, republicano, inclusivo, de desarrollo y de justicia social. En las primarias abiertas triunfó el presente de manera abrumadora, pero, a no equivocarse, una mayoría disgregada aguarda el proyecto y los liderazgos de un futuro inminente.
Cuando Nietzsche concentró su agudeza intelectual en la "deconstrucción" de los metarrelatos que la fe (la religión) y la razón (la ciencia, la política) proveen para estructurar el ser y dar sentido a la existencia, advirtió que aumentaría la angustia existencial en el individuo y en la sociedad. Había que aprender a navegar en la nada. El "superhombre" de Nietzsche es, al fin y al cabo, el que está en condiciones de surfear el devenir, de encontrar sentido existencial en el instante. Con sus ideas, el filósofo alemán había dinamitado el "ser" heredado de la metafísica de Parménides y sembrado la simiente de la hoy ascendiente cultura posmoderna.
En esta misma página planteamos la necesidad de analizar la ola populista argentina y mundial en clave posmoderna. El populismo atiende demandas inmediatas y, a partir de una visión maniquea, se ocupa de la satisfacción del instante sin reparar en las consecuencias. Posmodernidad y populismo convergen en la obsesiva valoración de la gratificación presente. El futuro se descuenta a tasas tan altas que no tiene valor presente. En "el imperio de lo efímero" el futuro no cuenta.
Los Kirchner encarnan liderazgos posmodernos. Siempre tuvieron en cuenta la sucesión de nuevas sensaciones para eternizar el instante de la Argentina posmoderna: "fútbol", "milanesas", "televisión digital", "plasmas", "ascensos", "subsidios". Lo de "para todos" califica la inmediatez consumista, el aquí y el ahora, y persigue la identificación del universo social con las sensaciones de unos pocos que operan como los satisfechos del día.
El relato populista de los K siempre ha buscado surfear el devenir de las sensaciones colectivas (por eso aparece como "todoterreno" para el análisis moderno) y, por definición, no es principista, ni consistente con el pasado (el pasado es un instrumento del relato presente). La estrategia excluyente es hacer lo que sea necesario para preservar el poder presente. Por eso, cualquier mala noticia que desafíe el instante de poder, hay que negarla? todo deviene, todo deja de ser. Si el instante desfavorece, hay que ocuparse del próximo instante y ofrecer una nueva sensación al inconsciente colectivo. La táctica comunicacional conjuga atril, cadena nacional, medios militantes, redes sociales y hasta grageas de Twitter. Todos consustanciados con los ajustes del relato a la sensación de turno.
Alguno replicará a esta altura de la deconstrucción: "Pero ¡funcionó!" Sí, pero el rumbo de colisión es congénito al proceso de retroalimentación populista por restricciones internas y externas que tarde o temprano sobrevienen. Así como la sumatoria de tácticas no define un rumbo estratégico (que no sea el poder por el poder mismo), la sumatoria de corto plazo termina enfrentando a la gestión populista a los problemas de largo plazo. El culto al devenir social, sedante en la inmediatez del presente, deja sin respuesta a los planteos de fondo del ser social argentino (pobreza, inseguridad, trabajo, educación, progreso). Esos problemas, que requieren políticas de largo plazo, tienden a agravarse con el tiempo. El paso del tiempo también licua las rentas apropiables y agota los stocks acumulados que han financiado las sensaciones de consumo existencial. Aunque la construcción del relato político pueda seguir erigiendo enemigos de ocasión, las restricciones financieras y la creciente inflación erosionan el sustento del relato económico. Cuando empiezan a aparecer conejos muertos de la galera, la religión del presente se torna insoportable. Anthony Giddens, el ideólogo inglés de la Tercera Vía, asocia la rebelión juvenil en Europa a la sensación de exclusión consumista. "El no poder comprar es el estigma odioso de una vida sin sentido". De ahí "me rebelo, ergo, existo".
El relato del populismo posmoderno tarde o temprano deriva en "la insoportable levedad" del ser social que procuró manipular. Y así como muchos posmodernos naufragan en la nada, decepcionados de aferrarse a lo efímero, muchas sociedades pagan las consecuencias de haber entrampado su destino en espejismos de corto plazo.
El agotamiento del ciclo K, más allá de la euforia triunfalista de hoy, va a producir una nueva sensación de vacío social. Si se responde a los desafíos que sobrevendrán con otro relato posmoderno, la Argentina seguirá entrampada en el corto plazo y perdiendo posiciones relativas en la región y el mundo. Prisionera de las lacras sociales que ha sido incapaz de superar. Urge acordar y sentar las bases de un relato alternativo moderno, que aprenda del pasado y asuma los problemas del presente ponderando el futuro. Urge reemplazar los liderazgos posmodernos con sesgo y vocación caudillista, por nuevos liderazgos comprometidos con el futuro. No habrá posibilidades de resolver los problemas de corto plazo sin planes de largo plazo. Urge encontrar los estadistas del siglo XXI, preparados para militar en una contracultura refractaria de los atajos populistas y comprometida a honrar la justicia social con su dimensión intergeneracional. Para afrontar los desafíos que se vienen hay que restablecer el valor del diálogo y de los consensos en la democracia. Los consensos deben tener como objetivo la formulación de políticas de Estado de largo plazo que sienten las bases de un proyecto argentino para el siglo XXI. Como el Acuerdo de San Nicolás y la Constitución de 1853 sentaron las bases del proyecto argentino que rigió los destinos del país hasta 1930.
El ciclo populista posmoderno validado en las urnas en el presente ofrece una nueva oportunidad e impone nuevos deberes a los que creen en un futuro de alternancia republicana y políticas de Estado para alcanzar el desarrollo económico y social.
Hay señales que alimentan la esperanza: la labor pionera de ocho ex secretarios de Energía de las distintas administraciones de la democracia en la formulación de políticas de Estado para el sector, a partir del diálogo, las concesiones recíprocas y los consensos; la propuesta de otros cuatro ex secretarios de Agricultura de distintas administraciones de la democracia para otro sector vapuleado por el corto plazo; el documento de consensos institucionales que firmaron varios líderes políticos de distintos partidos en diciembre del 2010. Todas pinceladas incompletas de un cuadro que hay que seguir pintando para que la Argentina actual, prisionera del credo del instante, vuelva a reparar en el futuro de grandeza que corresponde a sus potencialidades.
FUENTE:  La Nacion
El autor, ex secretario de Energía, es doctor en Economía y en Derecho y Ciencias Sociales

viernes, 12 de agosto de 2011

El engaño del populismo. Por René Balestra


Tal vez Sarmiento sea el único prócer inagotable. De manera consciente o inconsciente, se lo resiste. Una ancha capa de nuestra sociedad no lo quiere. A esa capa no le resulta simpático, aunque muchos no saben por qué. La argentina es una sociedad, en términos generales, populista. Y el populismo -no es ninguna novedad- es una nivelación para abajo. El esfuerzo, la perseverancia, el trabajo, el estudio, son verbalizados, pero no protagonizados con placer. Esta no es una condición argentina exclusiva. Pero, como en todos los órdenes de la vida, en el análisis se deben contabilizar los pros y los contras.
La cantidad de valores o disvalores determina la calificación. Cuando en el seno de una sociedad como la nuestra la corriente del menor esfuerzo, del dejar pasar, del dejar hacer, corre impetuosa, uno debe anotarlo. Entre nosotros la multitud, desde hace demasiado tiempo, es exaltada y halagada indiscriminadamente. Importan los más, sin importar el para qué. La calidad ha sido puesta bajo sospecha.
De la boca para afuera, se dice: "Todos somos iguales". Por ejemplo, se ha llegado a sostener que "un alfarero indígena no es inferior a Miguel Angel". Quien lo dijo es un buen músico y cantor que, desde luego, no cobra los honorarios de un simple guitarrero. Estamos seguros, aunque no tengamos los datos, de que este juglar, en el desdichado percance de tener que operarse del corazón, elegiría a Favaloro si estuviera vivo y no a cualquier cirujano del registro. No tenemos datos fehacientes, pero sospechamos también que sabe que Maradona, antes, y Messi, ahora, no son lo mismo que cualquier jugador de fútbol común. No es que tenga la tabla de valores rota. Hace trampas.
El populismo y los populistas realizan en nuestros días un admirable trabajo de publicidad engañosa. Intentan convencer a la opinión pública de que el progreso, la justicia y el mañana son sinónimos de lo que defienden. La verdad rompe las puertas y las ventanas de la realidad. El pasado más rancio y reaccionario ha "amasado" siempre a la muchedumbre con el populismo. Entre nosotros, los señores manipuladores de las provincias, antes y ahora, usaron y usan a la multitud para su indebido provecho. La montonera en el siglo XIX y en la década del 70 del siglo XX fue la forma y el modo en que la legendaria oligarquía se perpetuaba. Esa ternura sensiblera hacia la barbarie del hormiguero humano es el pasaporte que le permite circular disfrazada.
Sarmiento y su generación sintieron horror por la barbarie. La habían padecido y practicado. No podían extirparla por el modo clásico: el cuchillo. La clave de Sarmiento es que desde mediados del siglo XIX supo que "la cosa" estaba en educar a todos. No -como querían casi todos sus contemporáneos- a una delgada capa de "los mejores" o de "los valiosos". El supo que vivir es convivir y que convivir es convivir con todos, no sólo con algunos. En el teatro, en la calle, en el estadio, en el comedor público se desenvuelve la vida, aparte de la intimidad del hogar.
Si la vida de la modernidad es la era de la multitud o, como la llamó Ortega y Gasset, la era del lleno, todos los que conforman esa multitud y llenan esos espacios públicos importan. La calidad, la altura y la hondura de la vida de los distintos países no están dadas principalmente por sus círculos académicos, sino por el flujo civilizado o caótico de sus calles y avenidas.
Sarmiento, como ninguno en su tiempo, advirtió que el futuro de la República tenía todo que ver con la etimología de la palabra. En latín, res pública quiere decir "cosa de todos". El salvaje ululante, el gaucho matrero, el criollo haragán, lo horrorizaban. No pensó en ellos como en instrumentos para usufructuar, sino como un inmenso desafío educador. Ellos y los hijos de todos los gringos inmigrantes, sin distinción alguna, fueron el padre, el hijo y el espíritu santo de su impulso oceánico escolar. En los bancos para todos se fue forjando la amalgama argentina. Cada uno -a través del abecedario- supo quién era. Dejó de ser súbdito, montonera o peonada manejable para empezar a pertenecerse a sí mismo y ser protagonista de su propia existencia.
No es un accidente circunstancial que antes y ahora el anti-Sarmiento hayan sido y sigan siendo Rosas y el rosismo. Las secuelas y las corrientes actuales de ese soterrado rencor se sublevan contra lo que consideran la "traición" de la generación del 80 y sus ideas. "Alpargatas sí, libros no" y "Haga patria, mate un estudiante" no fueron expresiones extrañas o ajenas. La peonada, domada, con nuevo patrón, seguía como montón. Hay un odio coherente en esa masa suburbana contra todo lo que pueda parecerse a Sarmiento. El ambiente que describió Esteban Echeverría en El matadero, en la década del 30 del siglo pasado, sigue latente en los punteros y en los arrabales del gran Buenos Aires de hoy.
Juan Domingo Perón no inventó el populismo argentino, pero lo acrecentó, lo institucionalizó; le dio pasaporte; lo legalizó. "Mañana es san Perón" no fue una chicana, una avivada, una ocurrencia. Fue la certificación, como ante escribano público, que regiría para siempre la ley del mínimo esfuerzo. No se trató nunca de un reparto equitativo, sino de la dádiva. No era la sociedad o el Estado, sino "Ellos", los que regalaban. La Fundación Eva Perón recaudaba indebidamente aportes forzosos con los que distribuía regalos personalizados. Un conocido industrial fabricante de caramelos se negó a esos manejos y su fábrica padeció el sabotaje y fue cerrada.
Han pasado décadas, pero el populismo de entonces sigue vivo. Hay otra fundación y otros protagonistas, pero el sistema conserva lozanía entre nosotros.
Hacen bien los enemigos acérrimos de Sarmiento cuando atacan su figura o su nombre. Cuando lanzan alquitrán a su estatua y gritan "Muera Sarmiento" y "Viva Rosas". Saben que Sarmiento está vivo y Rosas está muerto. Ese Sarmiento vivo no sólo sigue soñándonos, como en el verso de Jorge Luis Borges, sino empujándonos hacia arriba, como siempre. La única forma y el único modo de dejar de ser masa maleable para convertirnos en ciudadanía pensante.
 © La Nacion.

sábado, 9 de julio de 2011

El mapa mental del populismo. Por Carlos Pagni


Como demuestran sus últimos discursos, Cristina Fernández de Kirchner está dispuesta a decir todo lo que piensa. Y también a dejarlo por escrito.
Su proyecto de ley para limitar la propiedad de la tierra en manos de extranjeros es una demostración de esa sinceridad brutal.
Allí sostiene con claridad: "Se procura efectivizar el derecho irrenunciable del gobierno nacional al ejercicio de su soberanía y la preservación de la titularidad de los pueblos sobre sus recursos y riquezas naturales".
A pesar de su discutible calidad literaria, el texto confiesa tres tesis muy relevantes para la Presidenta. 1) Su gobierno es lo mismo que el Estado y, por lo tanto, está dotado de soberanía. 2) El nuevo control estatal que ella establece sobre la vida de la sociedad se realiza, como siempre, en nombre de "los pueblos". 3) En los recursos naturales está la fuente de la riqueza colectiva, a pesar de las desmentidas que ofrecen Suiza, Liberia o, entre nosotros, Santa Cruz.
Pocas veces se logró desplegar con tan escasas palabras el mapa mental del populismo.

Fuente: La Nación

viernes, 17 de junio de 2011

El populismo se financia con el patrimonio del Banco Central. Por Roberto Cachanosky


¿Cuál es el dilema que actualmente tiene Grecia? El mismo que tenía la Argentina en 2001. El gasto público había aumentado desmesuradamente, para financiarlo se endeudaron y al endeudarse se disparó el gasto porque a mayor stock de deuda mayor monto de intereses a pagar.
El gobierno griego tiene el mismo dilema que la Argentina en el 2001. Tiene que optar entre bajar el gasto en términos nominales (intento de López Murphy en 2001) o ir a una devaluación (enero de 2002 en el país). El problema de Grecia es que para poder devaluar tiene que abandonar el euro y volver a su antigua moneda la dracma. La idea sería devaluar y de esa forma licuar el gasto público con una llamarada inflacionaria.
Ahora bien, curiosamente, luego de casi 10 años desde que abandonamos la convertibilidad, la Argentina no tiene una situación igual a la de Grecia, pero podríamos señalar que hay algunas similitudes. Por ejemplo, el gasto público se ha disparado. Ya tenemos déficit fiscal y el dólar caro de 2002 ya no existe. Hoy el tipo de cambio real para el exportador de soja es más bajo que en la convertibilidad en valores constantes y los precios en dólares en la Argentina son tan caros como en la convertibilidad o más, por ejemplo, el metro cuadrado de construcción está más caro que en la convertibilidad. Otro de los problemas que hay que resolver son los gigantescos subsidios al transporte y la energía. No sólo disparan el gasto público sino que, además, generan un problema en el sector externo. Las importaciones de combustibles es el rubro que mayor aumento registra producto de una espantosa política energética. Por eso el Gobierno decidió frenar las importaciones. En primer lugar porque el dólar cada vez más barato en términos reales aumenta las importaciones. En segundo lugar, porque con un dólar barato y estímulo artificial del consumo crecen las importaciones. Y, en tercer lugar, por el mencionado tema de los combustibles. Al subir las importaciones y las exportaciones aumentar más lentamente sólo por efecto precio de la soja, se achica el saldo de balance comercial. Al bajar el saldo de balance comercial hay menos dólares disponibles y al haber menos dólares disponibles, la fuga de capitales puede superar el saldo de balance comercial y generar más tensiones que las actuales en el mercado de cambios.
Pero hay otro problema que prácticamente no se comenta y es el serio problema patrimonial que está teniendo el BCRA. En efecto, en enero de 2010 el BCRA tenía en su activo letras intransferibles del tesoro por $ 36.243 millones. Son títulos que no puede vender y vencen a partir de 2016, 2020 y 2021. Al 7 de abril último, el stock de letras intransferibles del tesoro en poder del BCRA llegaba a $ 105.000 millones. Es decir, el BCRA le entregó reservas al tesoro para que pague la deuda pública y el tesoro le dio al BCRA títulos intransferibles que vencen en 2016, 2020 y 2021.
Desde el punto de vista patrimonial, el BCRA reduce sus reservas y aumenta su tenencia de títulos intransferibles del tesoro. En otros términos, reduce la calidad de su activo. Al mismo tiempo, aumenta su pasivo emitiendo moneda y títulos del BCRA.
Pero aquí no termina la historia, porque el BCRA también le prestó dinero al tesoro bajo el concepto de adelantos transitorios, que en la práctica más que transitorios son permanentes. Aquí tenemos otros $ 46.000 millones. Es decir, el BCRA se está llenando de letras del tesoro, que a juzgar por su situación fiscal ya es un insolvente, a cambio de las reservas que le entrega. Si sumamos, en forma muy optimista y siendo benignos con el balance del BCRA, letras intransferibles y adelantos transitorios al tesoro, el Central tiene en su activo aproximadamente unos $ 150.000 millones que le debe el tesoro. Si consideramos que estos títulos que le entregó el tesoro al Central tienen un valor cercano a cero, porque no se pueden vender y difícilmente alguien los compraría a su valor nominal, tenemos que técnicamente el BCRA tiene patrimonio neto negativo. En efecto, en su balance del 7 de junio muestra un patrimonio neto de $ 42.300 millones. El problema es que si bajamos del activo esos $ 150.000 millones que el tesoro le debe al Central, el patrimonio neto queda en rojo furioso.
En mi opinión estamos asistiendo a un descalabro patrimonial del Central para financiar al tesoro para que el Gobierno pueda mantener su política populista de alto gasto público.
Dejo liberada a la imaginación del lector cómo puede terminar esta historia de aumentar el gasto público, quitarle las reservas al Central, llenarlo de papeles invendibles y, encima, emitir moneda al 40% anual.
Sí, como diría Mafalda: ¡Otra vez sopa!

FUENTE: LA NACION

miércoles, 1 de junio de 2011

UNA MAYORÍA AÚN SIN VOZ. Por Santiago Kovadloff


Es un hecho: la República se tambalea, pero ni los propósitos ni las conductas del populismo son denunciados con la claridad y la firmeza necesarias. Los opositores invierten más tiempo en hablar de las propias virtudes y en denostar al competidor que en denunciar los riesgos que corre el sistema.
Claridad y firmeza no sólo implican energía y transparencia. Implican, además y ante todo, aptitud persuasiva, coraje y lucidez unidos al poder de comunicación. No otra cosa demanda el desperdigado sector mayoritario de nuestra sociedad. Por eso es Moyano y no sus adversarios quien de veras preocupa al Gobierno. Es el único que, por el momento, condiciona la avidez de sus aspiraciones. La vía extorsiva, sin embargo, no puede ser el camino legítimo para disputarle al oficialismo la conducción del país. Una vía, dígase de paso, por la que el oficialismo no vacila en transitar cuando lo cree necesario.
Quien aspire a alcanzar, en nombre de la oposición, la presidencia de la República debería tomar muy en cuenta lo que ha escrito Susana Viau y disponerse a "caracterizar con menos miramientos al gobierno de Cristina Fernández, denunciar la corrupción, fustigar los desbordes cesaristas y alertar acerca de sus ya insinuadas intenciones de perpetuación; sólo la inminencia de una aventura autoritaria legitimaría la construcción de una gran alianza opositora". Todo ello sin olvidar esa franja más que dilatada de trabajadores que, por no integrar las compactas filas camioneras, se ve privada de los beneficios que Moyano sabe recaudar para los suyos. Esa brutal asimetría ha generado descontentos que todavía no encuentran representación entre los opositores de algún relieve.
El juego pendular desplegado por los coqueteos cristinistas (me voy, me quedo, me voy) no puede confundir sino a los distraídos. Unicamente ellos son capaces de creer que la Presidenta se entretiene deshojando la margarita. Por supuesto, su psicopatología podría marcarle algún límite. Pero no su ambición.
¿Hasta cuándo se subestimará a los voceros del oficialismo que invocan la necesidad de que la Presidenta encuentre el recurso "legal" que le permita perpetuarse en el poder, como lo hacen siempre que pueden sus aliados provinciales? Es, la de esos voceros, una propuesta que lo dice todo acerca de la lógica que vertebra el propósito primario de quienes promueven "el modelo" y se ufanan de ser populistas. El desborde frecuente en el que incurren brinda demasiada transparencia a lo que el tacto aconsejaría presentar por el momento con mayor discreción. Esa franqueza descarnada siembra el espanto en la clase media, a la que, por otra parte, la Presidenta se propone seducir para ganar más espacio electoral. Los gestos medidos que hace suyos se quieren indicio de un espíritu conciliador y tratan de hacer naufragar en el olvido y en el festival del consumo las amargas enseñanzas suministradas por las promesas de diálogo y mayor institucionalidad hechas en 2007 y que el viento se llevó.
La oposición, por su parte, lo será el día en que, como ha dicho Jorge Fernández Díaz, sepa a qué oponerse. Es decir, el día en que los opositores tengan una causa y dejen de vivir consagrados a los preciosismos ideológicos y a la descalificación recíproca mientras arde el edificio al que todos quieren ingresar. Esa causa, frente a las banderas de un populismo que se postula como "vía nacional", no puede ser otra que la democrática. Una causa que tendrá la consistencia que logre imprimirle la denuncia frontal del delito y la demagogia. Una causa que vuelva a animar el fervor por los principios que el Gobierno siempre despreció. Una causa que sepa oponerse al envilecimiento del Estado. A un poder que nunca ocultó su desdén por los partidos políticos y concibe a la República como una cáscara vacía. A un poder que asegura no tener nada que aprender del pensamiento disidente al que, por lo demás, considera senil. A un poder al que le repugnan los controles sobre su gestión. A un poder que no admite adversarios. A un poder para el cual la pobreza es un recurso político y el narcotráfico un delito sin trascendencia. A un poder que tergiversa los índices económicos y persigue implacablemente a quienes lo hacen evidente. Que no promueve la libertad sindical. Que destruye el federalismo y busca inscribir en el vasallaje a las provincias para consolidar su centralismo despótico.
El dirigente que sepa enunciar estas verdades con la fuerza del compromiso emocional, la claridad expresiva indispensable y el espíritu esperanzado de quien se siente capaz de transformar lo que parece irremediable despertará otra vez el entusiasmo cívico, ese que se pronunció en 2008 y buscó hacerse oír nuevamente en 2009.
No se trata de proceder como el Gobierno y hacer redoblar los tambores que inciten a la resurrección de un pasado mítico. Ese pasado no existe para quienes buscan la república. Se trata, en cambio, de multiplicar la conciencia que ya tantos tienen de que hay que levantar la hipoteca que se está contrayendo con el porvenir. Ello, claro, siempre que se aspire a dejar de ser una democracia espectral. Siempre que se aspire a desplazar la política del terreno en el que hoy agoniza el pluralismo. Siempre que importe aproximarse a la modernización indispensable, a ese empeño en la ley que hace ya tanto se dejó de practicar en la Argentina y que es indisociable de la educación, el orden y la dignidad social.
Ya estamos lejos de la recurrencia a los golpes de Estado. Esa distancia es un logro mayor de la módica cultura cívica de los argentinos. Pero no estamos lejos ni a salvo de las causas profundas de la crisis de 2001. La perversión y el oportunismo que entonces tanto tuvieron que ver con lo que nos pasó siguen vigentes entre nosotros. La euforia económica de hoy no tiene futuro. Podrá prolongarse un tiempo más pero no cuenta con bases sólidas. No la respalda ninguna política de Estado. Lo ha dicho bien Roberto Lavagna: una cosa es consumo con inversión y empleo, y otra, consumo con inflación, sin inversión y sin empleo real. El oportunismo rapiña la riqueza. El Gobierno no contribuye a crear lo que con insaciable avidez consume. Si obrar criteriosamente fuera su propósito, Guillermo Moreno no seguiría en su cargo. Sin medidas adecuadas no tardará en mostrarse crudamente la enfermedad de lo que parece sano. En suma, el país se encuentra en un proceso regresivo, agravado a partir del catastrófico ingreso al nuevo siglo. Ese proceso sigue sin encontrar su contraparte en un proyecto nítido que posibilite su reversión estructural. No otra cosa es la decadencia. Al promover "niveles de pobreza e indigencia inéditos y una clase dirigente sin legitimidad -señala Sergio Berensztein-, el país abrió una caja de Pandora de la que se escaparon ideas, valores y mecanismos de organización del poder que parecían superados: el estatismo y el intervencionismo sin control, el hiperpresidencialismo hegemónico, el corporativismo sindical arrogante y mafioso, el financiamiento inflacionario del fisco y la tolerancia de una sociedad ensimismada y temerosa".
El populismo se alimenta de la ruina democrática. No aspira a reconstruir lo derruido sino a impedir su revaloración. Esta es la diferencia esencial entre el proyecto populista y el que, aún a los tumbos, trata de expresar la oposición.
La disputa debería ser, finalmente, entre un modelo prebendario y una propuesta republicana. El primero hace ya tiempo que inició su despliegue. La segunda aún no demuestra suficiente energía. Le faltan voces altamente representativas. Y potencia, para concitar la atención sobre los peligros con que hay que terminar en la Argentina y qué es lo que en ella debe empezar a afirmarse de una buena vez. No es hueca agresividad lo que se le exige a esa segunda propuesta, sino intransigencia ante el delito. Osadía para poner al desnudo lo que esconde la retórica que se dice progresista. ¿Brotarán esas voces de la niebla opositora? Si ello ocurriera, la mayoría de los argentinos, harta del oportunismo y la demagogia, sabrá reconocerlas.
Fuente: La Nación

viernes, 20 de mayo de 2011

Populismo y pobreza. Por Roberto Cachanosky

El hombre que produce mientras los demás disponen de su producto es un esclavo. 
Ayn Rand




El viceministro de Economía, Roberto Feletti acaba de afirmar que "el populismo -al que muchos critican- debería radicalizarse. Uno de los problemas del populismo es que no era sustentable, ya que no podía apropiarse de factores de renta importantes. Esto es lo que cambió. Un proceso de estas características necesariamente debería profundizarse." Al hablar de profundizar el populismo Feletti reconoce que la política kirchnerista ha sido populista. La próxima etapa sería de más populismo, de acuerdo a sus declaraciones.
Si el objetivo final de una política económica es mejorar la calidad de vida de la población con mejores salarios, condiciones laborales, eliminación de la pobreza e indigencia, terminar con la desocupación, etc., el camino más lógico es generar las condiciones institucionales para atraer inversiones que creen nuevos puestos de trabajo y permitan elevar los salarios y las condiciones laborales. Si efectivamente uno quiere mejorar la calidad de vida de la población, no hay otra alternativa que transformar al país en un lugar atractivo para que las empresas hundan sus inversiones. La pregunta que surge es si el populismo kirchnerista que desea profundizar Feletti ha logrado el objetivo de atraer inversiones.
La pregunta que surge es si el populismo kirchnerista que desea profundizar Feletti ha logrado el objetivo de atraer inversiones.
De acuerdo a la Cepal, una institución que difícilmente pueda ser catalogada de liberal, acaba de informar las estadísticas de Inversión Extranjera Directa (IED) en América latina durante 2010. Los datos que surgen son los siguientes. El año pasado, la región recibió U$S 85.143 millones de IED. De ese monto, fueron a Brasil U$S 48.462 millones, a Chile U$S 15.095 millones, a Perú U$S 7328 millones, a Colombia U$S 6.760 millones y la Argentina quedó relegada en el 5° puesto con sólo U$S 6193 millones. Cabe recordar que la Argentina solía ostentar el 2° o 3° puesto dependiendo de si se incluye a México o no. Estos datos reflejan que el populismo que pretende profundizar Feletti lejos ha estado de crear las condiciones necesarias para atraer inversiones y mejorar la calidad de vida de los argentinos, particularmente de los más humildes. Ese populismo ha tenido efectos adversos sobre el conjunto de la sociedad en general y de los más humildes en particular porque no solo no atrajo inversiones, sino que además generó un proceso inflacionario que castiga a los más pobres con mayor intensidad.
Pero tomemos datos del BCRA. Entre 2003 y el primer trimestre de este año, la fuga de capitales llegó a los U$S 69.565 millones. Para que el lector tenga una idea del monto fugado y no invertido en el país, podemos relacionarlo con el total de los depósitos del sector privado en el sistema financiero. Al momento de redactar esta nota los depósitos del sector privado equivalen a U$S 69.800 millones. Es decir, el populismo kirchnerista generó una fuga de capitales equivalente a todos los depósitos del sector privado. De no haberse producido esa fuga, hoy el sistema financiero debería tener le doble de depósitos y, por lo tanto, la ausencia de crédito que tanto preocupa a la Presidenta no hubiese existido si hubiesen imperados reglas de juego eficientes y estables.
Lo curioso es que el populismo que intenta profundizar el funcionario kichnerista, produce un efecto casi ridículo. ¿Por qué? Porque si bien parte de esa fuga de capitales puede estar en las cajas de seguridad o debajo del colchón, una parte no menor está invertida en activos financieros de los países desarrollados. Es muy raro que alguien fugue capitales para depositarlos en la populista Venezuela de Chávez o en la cuba sometida a la dictadura de Fidel Castro. Los capitales se fugan, por ejemplo, hacia EE.UU. ¿Qué es lo ridículo? Que la inseguridad jurídica que genera el populismo se traduzca en una fuga de ahorros hacia países desarrollados, por lo tanto, el resultado ridículo es que países pobres como el nuestro terminan financiando el consumo y la inversión de los países desarrollados. El populismo hace que los países pobres financien a los países ricos. En vez de atraer inversiones que generen puestos de trabajo aquí, las espanta y generan puestos de trabajo en los países más avanzados. Parte de esos casi U$S 70.000 millones que se fugaron en la era kirchnerista deberían hoy estar en el sistema financiero local financiando créditos. Y no lo están porque no hubo ni hay seguridad jurídica sobre los derechos de propiedad.
Lo curioso es que el populismo que intenta profundizar el funcionario kichnerista, produce un efecto casi ridículo
Feletti sostiene que el populismo ahora es sustentable porque actualmente puede apropiarse de rentas importantes. Es decir, su esquema de pensamiento no apunta a atraer inversiones para crear puestos de trabajo para darle dignidad a la gente de vivir de sus ingresos, sino a un efecto de corto plazo de mejorar transitoriamente a algunos sectores confiscando ingresos de otros, que él considera rentas importantes, para luego redistribuirlos.
En rigor tengo mis dudas de que ahora sí el populismo sea sustentable porque, según Feletti, existen rentas que antes no existían. Si así fuera el BCRA no estaría aplicando el fenomenal impuesto inflacionario que genera ni tendría la mitad de sus reservas comprometidas contra deuda de corto plazo. Con la renta que se apropia el Gobierno actualmente tendría que poder financiar el populismo sin necesidad de que el Banco Central financie al Gobierno con el impuesto inflacionario.
Pero en todo caso habrá que preguntarse si, aun suponiendo que ahora hay rentas expropiables, es sustentable el populismo en el largo plazo. En efecto, para que sea sustentable, esas rentas extraordinarias deben sostenerse en el largo plazo para financiar el populismo propuesto por el kirchnerismo. Ahora bien, ¿qué es una renta extraordinaria? Una renta que supera la tasa rentabilidad de otros sectores de la economía. Supongamos que alguien descubre que vender pizzas de palta es un muy buen negocio y la rentabilidad de la inversión en las pizzas de palta es del 20% contra un promedio de rentabilidad del resto de los sectores de la economía del 12%. En un país que atrae inversiones y el Estado no estorba la producción, nuevos competidores harán pizzas de palta copiando al primero. Aumentará la inversión, habrá más puestos de trabajo, más salarios y la economía crece. La propuesta del populismo kirchnerista es quitarle al primero que descubrió la rentabilidad del 20% en pizzas de palta hasta llevarla, digamos, al 12% promedio del mercado. Al quitarle compulsivamente esa rentabilidad extraordinaria, no habrá estímulos para que otros inversores apuestan a la pizza de palta, en consecuencia no se crearán nuevos puestos de trabajo, ni se pagarán más salarios, ni habrá crecimiento. Es más, quien ganaba el 20% y ahora el Estado le quita la renta extraordinaria no tendrá estímulos para ampliar su empresa. Por otro lado, el mensaje a los inversores será: todo aquél que descubra una demanda insatisfecha y logre una rentabilidad extraordinaria, será expropiado por el Estado. Si esta es la regla de juego, no habrá inversión de riesgo ni renta extraordinaria, con lo cual, el populismo es insostenible en el largo plazo. O si lo es, solo condena a la población a niveles de estancamiento o de creciente pobreza.
Son dos propuestas diferentes. Mientras unos proponen seguridad jurídica para atraer inversiones, crear puestos de trabajo y dignificar a la población con mejores ingresos y trabajo, el populismo kirchnerista que se pretende profundizar traba el crecimiento en base a inversiones y hace que la gente sea dependiente de las dádivas que pueda repartir el Estado.
Como puede verse, el debate populismo versus estado limitado con seguridad jurídica no sólo se diferencia en la propuesta económica, sino que tienen visiones diferentes del ser humano. En el segundo caso se impulsa la dignidad del trabajo, del esfuerzo personal, el espíritu de innovación y emprendedor y del combate de la pobreza. En el segundo, se denigra al ser humano quitándole estímulos para trabajar, innovar e invertir, limitándolo a un ser dependiente del burócrata de turno. Esa persona no puede llegar a su hogar con el orgullo de mantener a su familia con el fruto de su trabajo, sino que termina siendo humillado ante los ojos de su familia por no tener la oportunidad de mantenerla con su salario dado que el populismo no crea más puestos de trabajo, solo redistribuye lo existente. Y lo existente tiende a ser cada vez menos porque el populismo expropia ingresos y stocks. En consecuencia se genera menos riqueza y lo que queda para repartir es cada vez menos. El ejemplo más categórico es el de la producción ganadera. En 2005, la propuesta populista fue frenar las exportaciones de carne para ofrecer, en el corto plazo, carne barata. Fue tal el fracaso de este populismo que se consumieron 15 millones de cabezas de stock ganadero, bajó la oferta y subió el precio al punto tal que la presidenta lanzó primero el plan Milanesas para Todos y luego Carne Para Todos. Y, ahora Moreno vuelve a prohibir la exportación de carne. Si tan exitoso hubiese sido el modelo populista, hoy ya tendríamos que tener carne barata en las carnicerías. Pero de eso no hay.
Probablemente Feletti esté pensando en la santa soja como la nueva fuente de renta a expropiar. Es probable que por un tiempo la soja ofrezca la posibilidad de apropiarse de esa renta, pero el día que los fondos de inversión vendan sus posiciones de commodities y vayan hacia la tasa de interés, se acabará la renta para redistribuir y el populismo quedará sin financiamiento.
Nos enfrentamos así, a dos modelos totalmente contrapuestos. Uno consiste en usar el precio de la soja para hacer populismo. El día que la soja, por cualquier causa, deje de generar esa renta, el populismo se derrumba. No es un proyecto de largo plazo. Es un proyecto que trata de aprovechar una coyuntura transitoria para generar una artificialidad de bienestar. El otro modelo no basa la mejora de la población en la soja, sino en el establecimiento de condiciones institucionales que atraigan inversiones, creen más riqueza, crecimiento y salarios.
El otro aspecto tiene que ver con la visión que uno tenga del ser humano. El populismo ve al ser humano como alguien a quien sojuzgar y mantenerlo preso de la arbitrariedad del populista de turno. Ve a la gente como un conjunto de seres incapaces de prosperar por su propia iniciativa que debe ser guiado por un supuesto ser iluminado y que se considera superior al resto de la sociedad.
El populismo kirchnerista que se pretende profundizar traba el crecimiento
La visión institucionalista ve al ser humano como alguien al que hay de devolverle la dignidad de vivir de su trabajo, creando las condiciones institucionales para que cada uno despliegue su capacidad de innovación y que la búsqueda de rentas extraordinarias generen un flujo de inversiones creadoras de puestos de trabajo. No busca un ser iluminado como fuente de crecimiento, sino instituciones, reglas de juego para que la gente busque su propia felicidad.
En definitiva, la propuesta de profundizar el populismo kirchnerista va mucho más allá de una cuestión económica. Lo fundamental es la visión que se tiene del ser humano y la dignidad con que va a ser tratado en uno u otro sistema.
Pero, finalmente, un punto que no es menor. El populismo, para ser aplicado, reclama la suma del poder público. Desprecia la democracia republicana porque le impide llevar a cabo el avance del Estado sobre la propiedad privada, sea ésta en forma de stocks o de flujos. Por definición el populismo requiere de una aparto burocrático para controlar y digitar los recursos de la economía, aparato burocrático que no tiene que tener límites a su accionar. En consecuencia el populismo es incompatible con la democracia republicana.
Como puede observarse, en octubre se juega mucho más que un sistema de precios, tipo de cambio o modelo de comercio exterior. Se juega, nada más y nada menos, que la dignidad y la libertad de las personas.