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domingo, 13 de noviembre de 2011

VIGILANTES Por Pepe Eliaschev



Si Horacio Verbitsky fuese un periodista, sólo un periodista, este incidente no motivaría una ventilación pública de esta naturaleza. Pero él ya no lo es más. Verbitsky es, desde hace ya muchos años, un operador abiertamente involucrado en la defensa partisana y explícita de un gobierno del que se siente parte.
¿Ministro de facto? ¿Jefe de inteligencia ad hoc? No importa; las suyas han dejado de ser las armas y los preceptos del periodismo. Las ofuscadas 1.006 palabras que me dedicó el domingo pasado en Página / 12 (“Discusiones al Pepe”) revelan, empero, algo más melancólico que su encuadramiento oficial.
Los años no vienen solos y Verbitsky revela con la columna que me consagra que se le han enmohecido los reflejos. Oxidadas sus destrezas, maneja recuerdos que no podrá verificar con los datos. Pura vejez, añadida a su legendaria pulsión al odio y al sarcasmo. Pero, a diferencia de los años noventa, cuando desde la agrupación Periodistas, en la que aunaba esfuerzos con su consocio de entonces, Mariano Grondona, ahora Verbitsky hace el ridículo y hasta le ladra al propio kirchnerismo, al que está asociado.
Se ha molestado muchísimo porque, siguiendo la invalorable pista que ofreció el ex canciller Rafael Bielsa, verifiqué que en enero de 2003, cuatro meses antes de las elecciones presidenciales de la que surgiría electo Néstor Kirchner, Verbitsky mencionaba al santacruceño por “el rol decisivo que tuvo en la década pasada para asegurar la privatización de YPF, cuando fletó el avión de la gobernación santacruceña para asegurar que uno de sus diputados, que por un accidente tenía una pierna enyesada, llegara a tiempo a la sesión decisiva. Con las regalías atrasadas percibidas, efectuó colocaciones financieras en el exterior, lo cual prueba que no se quedó en el ’70. Sus simpatizantes tampoco mencionan el lobby sobre el gobierno nacional que Kirchner encabezó hace un año. (…) Fue el vocero de Repsol contra las retenciones a las exportaciones de hidrocarburos decididas en aplicación de la ley de emergencia económica”.
Respuesta del Verbitsky-2011 a mi recuerdo del Verbitsky-2003: “No cambié yo, sino Kirchner. Suscribo hoy cada palabra de las que escribí entonces”. Para drenar su furia, no satisfecho de mostrarle sus dientes al kirchnerismo (pero, eso sí, sin admitir su simpatía exultante por Adolfo Rodríguez Saá, cuyo breve gobierno apoyó), Verbitsky no encuentra mejor alternativa que asumirse vigilante de la coherencia revolucionaria. Ahí su bajón profesional deriva en confusiones patéticas, porque al intentar endilgarme un “travestismo (…) que niega su propia historia”, derrapa malamente, con mentiras y falsedades penosas, porque revelan su evidente decadencia profesional.
Mi reportaje a los miembros del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), detenidos en Salta a mediados de 1964, se publicó en la revista Gente el 27 de octubre de 1966, sin mi firma, y bajo el título: “Guerrilleros condenados en Salta”. Yo era redactor de la revista desde fines de 1965. Su director, Carlos Fontanarrosa y su jefe de redacción, Julio A. Portas, ya fallecidos, me enviaron a Salta. Mal puedo haber ofrecido, pues, tal nota a Confirmado, de la que Jacobo Timerman me despidió en julio de 1965. Mareado y/o impune, Verbitsky escribe que mi nota fue titulada: “Hablan los chacales sanguinarios de Salta”. Luego evidencia su turbia praxis profesional: “El dice (sic) que se publicó sin su firma y que Gente lo indemnizó para que se fuera. Mi recuerdo (sic) es que la nota salió con su nombre y que con toda razón él les hizo juicio”. Todo mal: no les hice juicio y Gente me echó porque me negué a firmar una nota que presumiera, sin evidencias, delitos de los guerrilleros. La reescribieron y me despidieron, sin más. Yo tenía 21 años. Verbitsky ya sobresalía en Confirmado como redactor de Timerman.
No sólo jamás negué mis columnas para Cristianismo y Revolución de 1969 a 1970, sobre temas internacionales, sino que las he mencionado en innumerables reportajes. Verbitsky se vale de la misma mercadería enmohecida y policial de la que se ha servido Aníbal Fernández hace pocos años para acusarme de negar mi pasado. No sólo no lo niego, sino que me hago cargo críticamente de él y he escrito un libro (Me lo tenía merecido. Una memoria), publicado por Sudamericana en 2009, donde he contado mi vida, sin ocultamientos ni patrañas.
Al comentar Los hombres del juicio, mi reciente libro sobre la histórica condena de la Justicia argentina a las juntas militares de la dictadura, Verbitsky dice, tras alegar peyorativamente que se trata del juicio a “Videla, Massera & Compañía”, que yo adhiero a “la doctrina castrense-episcopal de la memoria completa”. Pero el Grondona del que se vale para atacarme es el mismo Grondona del que él era conmilitón en los años noventa.
Perpetra luego desprolijidades tal vez impensables cuando era periodista. La revista que menciona se llamaba Afrique-Asie, no “Africasie”, como improvisa, no era el “boletín oficial de los movimientos de liberación del tercer mundo”, sino una publicación tunecina con redacción en París, y yo, lejos de ser “corresponsal”, fui sólo un colaborador, entre 1970 y 1973. Inventa un supuesto “vínculo orgánico” mío (¿con Montoneros?), a propósito de que fui redactor de El Descamisado de mayo a noviembre de 1973. No trepida en citar a personas muertas, como el Yaya Ascone (no Azcone) y Nicolás Casullo, para fantasear una pertenencia mía a un ámbito de encuadramiento que nunca integré. Todo vale para este James Bond del setentismo criollo, pero sus diatribas chocan contra los hechos, pese a su fallido intento de atribuirme un “ocultamiento y (…) denigración de la propia personalidad”. Sucedió algo mucho más sencillo e ilevantable: mi cita de hace dos semanas en PERFIL (“Permisividades”, octubre 30), puso en tela de juicio los pergaminos oficiales de este habitual denigrador serial. Lo saqué de la casilla; a un año de la muerte de Kirchner, tuvo que ufanarse de que fue Kirchner quien “cambió”, nunca Verbitsky, quien jamás se equivocó, cometió errores, ni tampoco escribió folletos para la Fuerza Aérea. Abrevar en los servicios y depender de ellos tiene sus precios. Sobre las razones que justifiquen tamaño descenso al barro, yo tampoco me animo a especular, por ahora.
FUENTE: PERFIL

lunes, 10 de octubre de 2011

La media verdad que nos falta Por Santiago Kovadloff


Un día, no hace de esto aún dos años, Ricardo Gil Lavedra citó en su casa a Pepe Eliaschev. Lo hizo en nombre de los integrantes de la Cámara Federal y del fiscal que juzgaron y sentenciaron a prisión perpetua a los ex comandantes del Proceso. Gil Lavedra le manifestó al periodista que hacía mucho tiempo que él y sus compañeros aspiraban a contar "la verdadera historia del juicio". Esa historia, le aseguró, nunca hasta entonces había sido relatada: "Siempre pensamos que algún día la escribiríamos. Pero el tiempo ha pasado y ya es evidente que no es algo que haremos nosotros. Además, no la leería nadie. Somos administradores de justicia, juristas tal vez, pero no escritores. Pensamos por unanimidad que la única persona que puede hacerlo sos vos".
Eliaschev aceptó el desafío. Puso, para ello, una sola condición: compaginar a su modo todo lo oído, hilvanarlo con su propio relato, articular la palabra de los jueces con la suya. El libro, en suma, sería su libro; la historia, sin duda, sería de ellos. Por lo demás, y para justificar la tarea, Eliaschev sólo tenía fuertes convicciones. La primera de ellas, nacida de la indignación: "Desde 2004, cuando el presidente Néstor Kirchner enunció desde el predio de la Escuela de Mecánica de la Armada que durante veinte años la democracia argentina había hecho «silencio» en materia de derechos humanos y que él venía a pedir perdón por tal supuesta omisión, convivo con una insoportable sensación de injusticia y atropello".
Una segunda razón fue la esperanza de contrarrestar con Los hombres del juicio -así decidió titular su obra- el desconocimiento de lo sucedido entre quienes, por ser muy jóvenes en aquellos años o haber nacido después de lo ocurrido, nunca supieron bien qué fue lo que pasó.
A estos dos se sumó un tercer motivo, no menos esencial. Hace largo tiempo que Eliaschev está persuadido de que circula sólo una media verdad sobre los días en que el espanto ejerció su intendencia en la Argentina. Esa media verdad habla de las atrocidades consumadas desde el Estado, a partir del golpe del 24 de marzo de 1976. La otra media verdad, la que se enmascara y termina por distorsionar incluso el alcance de la primera, atañe a las acciones criminales de quienes, ya antes de ese golpe y en nombre de la "patria socialista", embistieron contra el orden constitucional. En la denuncia de este encubrimiento y de algunas de sus consecuencias dramáticas pone el autor de este libro un acento inconfundible por su claridad y coraje.
Más que en una versión aséptica de los contenidos del juicio, Eliaschev se interesó en las vivencias que su desarrollo despertó en los hombres que lo llevaron a cabo. Es así como lo testimonial gana el primer plano de una muy buena parte del libro. Le importó a Eliaschev quiénes fueron esos hombres hasta el momento en que se los convocó para cumplir con el papel histórico que les cupo. Qué sintieron y qué pensaron de esa convocatoria. Cómo emprendieron su tarea. Cómo convivieron cada uno de ellos con los demás en ese desempeño. "Este libro -aclara Eliaschev- detalla los entresijos de unas vidas comunes a las que una bisagra de la historia puso a decidir cuestiones vitales para este país."Así, desfilan por estas páginas la infancia, la adolescencia, la juventud y la adultez de cada uno de los jueces, siempre narradas en una sencilla primera persona del singular. El país en que vivieron y se educaron, sus familias de origen, sus sensibilidades ante los hechos cotidianos y los de mayor relieve espiritual se van plasmando en el libro hasta el momento en que la historia grande golpea a las puertas de cada uno de ellos. Este cruce entre lo medianamente previsible y lo imprevisible y súbito desvela a Eliaschev. Allí hace pie una de sus perplejidades más insistentes. Y su intensidad puede advertirse cuando reconstruye el momento en que el presidente Raúl Alfonsín, en casa del filósofo Carlos Nino, propuso a esos siete hombres que integraran la Cámara Federal que tendría a su cargo el juicio de los ex comandantes. Fue de hecho en esa casa donde se reunieron, por primera vez, tanto entre ellos como con el recién electo presidente de la República, Julio Strassera, Jorge Torlasco, Jorge Valerga Aráoz, Andrés D'Alessio, León Carlos Arslanian, Ricardo Gil Lavedra y Guillermo Ledesma. "Los artesanos individuales de esa fantástica afirmación del principio de la justicia y la consecuente derrota de la noción de impunidad fueron magistrados de la carrera judicial, hombres comunes con vidas parecidas y diferentes, pero a los que el azar impulsó a tener que proyectarse como seres extraordinarios. Esta es la parte más estremecedora de esta historia, la de seis jueces que, con el aporte decisivo de un fiscal excepcional y de una pequeña patrulla de seres indispensables que buscaron y recogieron las pruebas, sistematizaron los datos y averiguaron en los pliegues más tenebrosos del horror para que se supiera la verdad, hicieron lo que tenían que hacer."
Sobresale el momento en que cada uno de sus entrevistados cuenta de qué forma encaró y desarrolló su labor en la Cámara Federal. Cómo se ingresó y cómo se logró salir del laberinto informativo conformado por el caudal agobiante de elementos que debió tomarse en cuenta, las horas invertidas en la recaudación y el análisis de datos y testimonios siempre insoportables sobre secuestros, encarcelamientos y torturas, aportados por los sobrevivientes.
El libro de Eliaschev se suma a lo más esencial de una bibliografía tan diversificada y rica como polémica. Su valor documental y analítico lo inscribe entre las obras insoslayables para alcanzar una comprensión más honda de uno de los conflictos cruciales de nuestro pasado inmediato. Eso se advierte tanto en el retrato implacable del horror sembrado desde el Estado como en la condena enfática que también hace la Cámara de la acción criminal desatada por el terrorismo antes del golpe de 1976 y contra dos gobiernos constitucionales, el de Perón y el de su esposa. Los jueces prueban que fue el terrorismo el primero en recurrir a la violencia armada. Ello permite echar luz sobre la criminalidad -impune todavía- de tantos delitos cometidos en nombre de la revolución. Un párrafo medular de Eliaschev a este respecto: "El surgimiento, desarrollo y esplendor de los grupos guerrilleros dominó la escena política argentina desde por lo menos 1969 hasta 1977 (cuando ya habían sido liquidados). Montoneros, en septiembre de 1974, divulgó con orgullosa fruición, a través de la revista La Causa Peronista, dirigida por Rodolfo Galimberti, los detalles más escabrosos de cómo secuestraron y asesinaron en 1970 a Pedro Eugenio Aramburu. No había dudas, pues, de que el objetivo fue la toma del poder político por parte de las organizaciones terroristas. Groseramente descalificada como «teoría de los dos demonios», la noción jurídica de no menoscabar delitos por el sólo hecho de haber sido perpetrados en nombre de «la patria socialista», es el marco de valores y criterios que le permiten a la Cámara Federal proceder con un juicio y una sentencia sin antecedentes internacionales. Impertérrito ante las argucias, implacable con los autores y ejecutores del plan criminal, no miran para otro lado en el momento de admitir que la Argentina era una herida sangrante mucho antes de 1976". Así, y sin olvidar en ningún momento la condena indispensable de quienes no vacilaron en quebrantar ese año el orden constitucional, el autor subraya el aporte decisivo que realizó la Cámara Federal al caracterizar y repudiar a quienes hoy son injustamente homologados a tantas personas que fueron víctimas inocentes de la represión militar.
Lúcidamente procede, pues, Eliaschev al recordar que sigue impaga la deuda contraída con la verdad y la justicia mediante el encubrimiento de las acciones terroristas. La mistificación y la idealización de esos delitos de lesa humanidad están entre los obstáculos que impiden comprender y superar un pasado tormentoso. Y aun cuando en su momento la Cámara Federal no vaciló en denunciarlos, siguen pendientes de condena los responsables de tantos secuestros y asesinatos (la Cámara Federal contabilizó más de 700 muertes) cometidos en nombre de "la patria socialista" y en desmedro de la democracia y la Constitución.
Hay algo fundamental que no debe olvidarse en estos tiempos en que abundan las voces que buscan negar la autoproclamación que en su momento hizo la guerrilla de sí misma como un ejército embarcado en una guerra de liberación. Me refiero a las palabras con las que el autor rescata los enunciados que al respecto emitió la Cámara Federal: "Desde su aparición formal (1970-71), los grupos guerrilleros, como sus pares de toda América Latina, asumieron contornos, formas y contenidos exasperantemente militares. La cifra de reclutas de la guerrilla oscila entre 7.000 y 15.000 integrantes. Uniformes, grados, escalafón, código disciplinario, obediencia jerárquica: no se privaron de nada. No había dudas, pues, de que el objetivo fue «la toma del poder político por parte de las organizaciones terroristas», como lo afirma la Cámara. Lo que pretendían los insurrectos -sostiene Eliaschev en consonancia con la conclusiones de la Cámara Federal- era subvertir el orden establecido".
El periodista no deja de subrayar que "muchos años después, todo eso se fue desfigurando, primero de manera leve, después a marcha redoblada. Los desaparecidos en los años setenta fueron equiparados a quienes combatieron armas en mano contra un gobierno cuestionable, pero de plena legitimidad democrática". Reabierta la causa contra los ex comandantes, tras la presidencia de Carlos Menem, quien los indultó, y aplicada la figura de la imprescriptibilidad por la calificación de lesa humanidad, los terroristas jamás fueron juzgados ni tampoco sus víctimas fueron reconocidas como tales por ningún gobierno constitucional. Las acciones emprendidas contra las Fuerzas Armadas en particular son hechos que prueban la convicción de los terroristas de que estaban embarcados en una guerra. Como fuerzas militarizadas, pues, fueron combatidos ya en los años de Isabel Perón. Fue en su gobierno que se dio la orden de aniquilarlos. Y, previamente, fue Perón quien durante su último mandato y en respuesta a la agresión terrorista, "optó por la represión ilegal a través de una fuerza parapolicial, la Triple A".
Repudiando contundentemente el golpe de Estado de 1976, contrasentido absoluto si con él se aspiraba a respaldar las instituciones de la democracia y la República, "los jueces aseveran con firmeza que el desafío terrorista era, hacia fines de 1975, de descomunal gravedad y se encarnaba en las acciones del Ejército Revolucionario del Pueblo y Montoneros".
Cuenta Gil Lavedra que, entre octubre y diciembre de 1984, él y sus compañeros se consagraron a diseñar el formato del juicio. Fueron horas febriles, cargadas de tensión y aun de enfrentamientos personales entre los jueces. La frágil democracia en que por entonces se vivía y el temor de que pudiera caer persuadió a los jueces de que el registro filmado del juicio a los ex comandantes debía ser enviado a Noruega para no exponerlo al riesgo de su desaparición. La democracia recién recuperada, escribe Eliaschev, "vivía amenazada por huelgas generales de los sindicatos peronistas (ya habían hecho ocho paros generales cuando los videos fueron depositados en Oslo) y por violentos y airados reclamos militares carapintada".
El libro de Eliaschev hilvana con habilidad los enunciados judiciales, su vehemente análisis de los hechos narrados y el relato de cada uno de los jueces. Hay páginas de vigoroso aliento expresivo. En ellas, lo trivial y lo trascendente se enhebran en forma conmovedora. Por ejemplo, en este relato de Gil Lavedra: "No siempre los seis estábamos de acuerdo. En las sentencias y antes de ellas hubo discrepancias. Eramos todos muy individualistas. Nos peleábamos, a veces casi hasta los golpes. La sentencia la firmábamos el lunes (9 de diciembre) a la tarde. Hubo una discusión terrible el sábado por el asunto de la degradación (de los ex comandantes). El domingo, desde las 8, discutimos muchas horas sobre las penas, sin llegar a un acuerdo. Fue ahí cuando dijimos: «Bueno, cortemos. Vayamos a comer una pizza». Nos fuimos a Banchero a almorzar. Nos quedaban un montón de cosas por hacer, no podíamos seguir discutiendo estérilmente las penas. Cuando nos sentamos los seis en Corrientes y Talcahuano, Carlos (Arslanian) sacó una servilleta y se hizo la mediación. Ledesma y yo me parece que éramos los más recalcitrantes, pero aflojamos, transamos. Carlos decidió escribir (las conclusiones) en la servilleta. Cuando terminó, ordenó: «Muchachos, me lo firman». Todo quedó acreditado en la servilleta de Banchero".
Eliaschev ha compuesto una obra relevante y abrumadora. Lo que en ella se aclara y recuerda es tan contundente como lo que se evidencia acerca de lo que aún sigue sin aclaración y sin memoria. Los hombres del juicio provoca los desvelos de un asunto que, por no haber perdido su dramática vigencia, despierta las tensiones y las reflexiones características de un problema que todavía sigue pendiente de solución. Y deja la sensación amarga de que la media verdad ganada sobre aquel oscuro país que fue el nuestro, debe y puede llegar a convertirse en una verdad entera, si lo que ya se sabe se completa con la explicitación de lo que, pese al esfuerzo cumplido por los hombres del juicio, se ha vuelto a silenciar y negar.
Hay en el libro una revelación que dice a las claras por qué Eliaschev llamó a su obra Los hombres del juicio. Una vez más es Gil Lavedra quien la brinda: "Juzgamos a los comandantes asegurándoles plenas garantías. La tarde de ese mismo lunes 9 de diciembre, tras la sentencia, propuse que nos juntáramos a la noche en mi casa. Vinieron todos los camaristas con sus mujeres y el fiscal Strassera también. Mi mujer se encargó de la comida y Carlos (Arslanian) y yo compramos la bebida, varias cajas de vino y champagne. Esa noche hicimos la catarsis. Nadie más que nosotros sabe cómo hemos vivido tan intensamente nuestra independencia como jueces. Nos emborrachamos. Terminamos a las seis de la mañana con todos los hombres desparramados en el suelo. Era natural. Era una catarsis. Tomamos la decisión de no dar una sola nota de prensa. Nadie nos llamó esa noche del festejo, ni Alfonsín ni el ministro Alconada Aramburú. Nadie. Los políticos tampoco fueron al juicio. Estaban todos cagados". 
FUENTE: La Nación



domingo, 18 de septiembre de 2011

OBVIO. Por Pepe Eliaschev


Perdida la capacidad de asombro o anestesiada la curiosidad más elemental, hemos devenido en una sociedad acostumbrada. Todo es natural, previsto, descontado. La palabra más usada es ¡obvio!, emitida con fuerte énfasis exclamativo, para que el interlocutor advierta que su pregunta padece de insanable imbecilidad.
¿La Presidenta se fue al exterior sin que se informe en qué avión, a qué hora, acompañada de quién y siguiendo qué ruta? ¡Obvio! Ese tipo de informaciones han sido eliminadas en la Argentina desde 2003 y son secretos de Estado. Los desplazamientos permanentes en aviones y helicópteros de los Kirchner han sido y son tan sistemáticos y permanentes, que nunca se sabe dónde y cuándo están. Las comitivas jamás son anunciadas, minucia “formal” que sólo inquieta a los republicanos fastidiosos.
¿La Presidenta sale del país sin que el vicepresidente electo asuma la titularidad del Poder Ejecutivo porque es un traidor al que ni siquiera se registra? ¡Obvio! Desde su legendario voto no positivo a la 125 en el Senado, Julio Cobos fue convertido por el oficialismo en una entidad no existente, un fantasma, alguien que ha perdido reconocimiento protocolar, un desaparecido de la función pública. En sus permanentes viajes al exterior, la Presidenta no se informa de lo que sucede en el país con ese vicepresidente, sino con sus amanuenses, que se quedan en la Casa Rosada para cuidarla.
¿La Presidenta ya ni siquiera cumple con la elemental obligación de hablar con el periodismo hasta incluso cuando así lo sugiere un anfitrión extranjero, como pasó con Nicolas Sarkozy esta semana en París? ¡Obvio! Desde 2003, el Gobierno está en guerra con el periodismo y las conferencias de prensa fueron declaradas un riesgo a evitar. Una y otra vez, la Presidenta ningunea, ignora, descalifica, desdeña y –si puede– les da clases de periodismo a los periodistas, ya acostumbrados a juntar orines esperándola en todo lugar y momento, para terminar recibiendo un glacial “no, chicos, ahora no”.
¿Ya es rutina la gimnasia que mantiene vigente al jefe de Gabinete Aníbal Fernández, mediante la cual insulta, desprecia y descalifica a toda aquella figura política o mediática que importune al Gobierno? ¡Obvio! Para la guerra retórica permanente del modo de ser oficial, las groserías son mera inexistencia de hipocresía. Así, el hombre que maneja el presupuesto de la Nación mediante “reasignaciones” personales, sazona sus jornadas finales en la Casa Rosada (el 10 de diciembre ingresa al Congreso) con sus ataques proverbiales, ya consagrados en sus célebres “anibaladas”, prolijamente recopiladas por este diario (http://especiales.perfil.com/anibaladas/).
¿La Presidenta y su Gobierno manejan a su pleno antojo y con prolija exclusión de toda voz que no sea la propia, la programación y contenidos de los medios gubernamentales, cínicamente rebautizados “públicos”? ¡Obvio! No hay rubores ni reticencias en esta conducta, tal como acaba de confirmarse con el anuncio de que las netbooks que el Gobierno “regala” a los estudiantes vendrán programadas con acceso directo a la propaganda oficial de Télam, la ex agencia de noticias del Estado, hoy convertida en gacetillera militante del evangelio oficial. Los medios financiados por la sociedad quedan reservados para quienes se alinean con el Gobierno. En este punto, hay escenas de sainete: una de las estaciones porteñas de Radio Nacional se identifica varias veces por hora con una adjetivación empalagosa y absurda: “Clásica, nacional, pública y argentina”.
¿Han desaparecido desde 2003 las formas más elementales del poder republicano, como los acuerdos de gabinete, que antes le permitían al país conocer los planes y opiniones del elenco ejecutivo? ¡Obvio! El protocolo presidencial de estos ocho años y medio ha eliminado el fastidio de la horizontalidad, esa obsesión frívola de la “partidocracia” burguesa. Ahora es ya normal y a nadie llama la atención que el jefe de Estado gobierne de la manera más rigurosamente individual. Las consultas presidenciales son con un puñado de cortesanos y, eventualmente, con uno o a lo sumo dos ministros a la vez. Es así: nunca como hoy la Argentina estuvo gobernada con un individualismo tan colosal, acompañado de una opacidad completa sobre lo que se trata y se resuelve. En la Argentina a punto de reelegir hasta 2015 a la actual Presidenta, el gobierno es un tema del Gobierno, y de nadie más.
¿Las universidades estatales han sido literalmente obligadas a asumir la identidad política partidaria de este Gobierno, abandonando la neutralidad indispensable que las caracterizaba? ¡Obvio! Nadie puede permanecer ajeno al magno proyecto nacional y así, antes de las elecciones del 14 de agosto, un grupo de rectores universitarios, funcionarios públicos cuyos sueldos paga la sociedad, emitieron su compromiso electoral con la Presidenta, incluyendo lamentablemente al titular de la Universidad de Buenos Aires, Rubén Hallú. No asombra ni inquieta. No hay fronteras ni acotaciones: hay que encolumnarse de manera pública, como ya sucedió en los tempranos años 50 del siglo anterior.
Todo es obvio, nada llama la atención. No es, sin embargo, mera pasividad indolente lo que acaece aquí. La aceptación de tantas irregularidades, como sapo que se traga con gusto y cotidianamente, no es resulta de una imposición dictatorial. Antes bien, lo llamativo es que hay una sociedad dispuesta a dejar de lado las “formalidades”, en aras de ventajas tangibles. Ese consenso mayoritario no es ingenuo ni confuso; es explícito y voluntario. Es una abdicación manifiesta, concretada a cambio de contraprestaciones irrefutables. Una espesa y aparentemente infinita red de beneficios lubrica esa renuncia a escandalizarse. Porque, en definitiva, ¿a quién le importan esas minucias protocolares que maquillan a la democracia si todo funciona a las mil maravillas, alguien manda, todos obedecen y la vida es una fiesta, nunca menos? Obvio, ¿no? Hay que ser muy tonto (¿o gorila?) para no darse cuenta.

Fuente: Perfil

domingo, 11 de septiembre de 2011

YO. Por Pepe Eliaschev


Si Cristina Kirchner es reelegida dentro de 42 días y sigue viviendo en la residencia presidencial de Olivos hasta el 10 de diciembre de 2015, marcará un récord difícil de igualar (doce años y medio en la mansión del jefe máximo del país). Conviene tomar sus palabras en serio. Esta semana hubo dos momentos ricos para evaluarla sin intermediarios ni atajos retóricos. Fueron sendos anuncios típicos de los Kirchner desde el primer día de su llegada al gobierno. Presentó el Plan Estratégico Agroalimentario y Agroindustrial y anunció por cadena nacional el ajuste del importe de la asignación estatal a los niños. En ambas intervenciones usó un total de 9.074 palabras. Entre ellas dijo “yo” 42 veces, una vez cada 216 palabras, una autorreferencialidad insuperable. La funcionaria de mayor rango de una república democrática padece una fenomenal estima por sí misma. No es banal reparar en cómo le habla al país. Sus palabras, manierismos y soliloquios son útil herramienta para entenderla y prever cómo seguirá gobernando. Sus discursos de esta semana la muestran en el uso más proverbial de su retórica. Le apasiona monologar por televisión. Apela a herramientas discursivas que transcribo.
Yo ya decía. Esta cosa que vengo yo machacando. Yo misma. Yo que soy la Presidenta. Yo me volvía loca. Yo siempre creo. Yo siempre digo. Como digo yo. La dignidad de los humildes, digo yo. Yo lo decía el otro día. Yo veía a la Evita mirando al sur. Yo por lo menos nunca pretendí ser revolucionaria. Yo estoy convencida. Yo creo. Yo decía porque digo. Por lo menos es lo que yo hago, pensar en los demás. Tal vez, si pensara en mí misma y sola, bueno, no importa… Una llamativa constante: citarse, mencionarse, exponerse, referenciarse.
Ahora que incluso antikirchneristas antes críticos del Gobierno tienden a abrirle crédito al “nuevo discurso” presidencial, no es mera indagación psicologista husmear los vericuetos de una personalidad que influye de modo formidable en la marcha del país.
En la Argentina ha sido proverbial destacar las legendarias rabietas de Alfonsín, las míticas ambigüedades de Menem, las indecisiones enervantes de De la Rúa y la ira desbordante de Néstor Kirchner. El seguimiento periodístico de esas subjetividades fue implacable. Cuando Fernando de la Rúa perpetró el crimen imperdonable de equivocar el nombre de pila de la entonces esposa de Marcelo Tinelli, un macizo aparato mediático diagnosticó “¡Alzheimer!”. Feo traspié de De la Rúa: llamó Laura a Paula Robles y quedó incendiado. ¡Pobre diablo, ni siquiera sabía cómo se llamaba la mujer del tipo más popular de la Argentina! Néstor Kirchner habilitó la Casa Rosada para que la troupe tinelliana grabara en el despacho presidencial una serie de gags destinados a escarnecer a De la Rúa, sus olvidos y confusiones. Esta semana, Cristina Kirchner confundió en público al empresario Guillermo Dietrich con el ministro de la Corte Juan Carlos Maqueda. Sería imperdonable asegurar, por eso, que la Presidenta padece deterioro cognitivo.
Hay enunciados presidenciales asombrosos. Como parte de esa costumbre de situarse en el centro del mundo, el papel de la Argentina es sobredimensionado hasta el absurdo por la Presidenta, con agravios a países amigos. Esta semana, por ejemplo, al exaltar los avances educacionales argentinos, dijo que “Brasil tiene una tasa de analfabetismo (…) del 10 por ciento”, España “creo que 5,4” y Colombia “creo que era el 6,6”. ¿Qué necesidad de hacer esas tóxicas comparaciones? ¿No podría por lo menos manejar datos serios? El analfabetismo cayó cuatro puntos en la década de Lula en Brasil, que por su tamaño continental todavía tiene un 9,6% de personas mayores de 10 años que no saben leer ni escribir. En España es analfabeto un 2,2% de la población mayor de 16 años. Colombia admite un 9,6%. Cuando la Presidenta habla de otros países es odiosa y agresiva en sus descorazonadoras improvisaciones.
Impresiona su recurrente victimización hasta en irrelevancias supremas. Necesitada de usar lentes, como corresponde a una señora de 58 años, exclama “me voy a poner los anteojos para no equivocarme y que nadie se enoje”. ¿Quién y por qué se habría de enojar porque a su edad debe usarlos? También es visible su proclividad a provocaciones elementales, a partir de las cuales se embarra mal. Define, por ejemplo, a la mujer de su hijo como “una persona a la que quiero mucho, que también es muy peronista, la nuera de mi hijo”. ¿La nuera de su hijo? ¿No será su propia nuera? Al hablar de las universidades, asegura que “jamás osaría poner en duda” su autonomía, “me excomulgarían”. De las excomuniones se ocupa la Iglesia. Dicha autonomía se debate en el Congreso, un poder bastante menos vertical que el clero.
Para el universo conceptual de la Presidenta dar es tener poder y para tener poder hay que dar. Sus palabras lo acreditan: “Ayer me tocó vivir momentos muy, pero muy conmovedores. Fuimos a una casa de María, que seguramente me debe estar mirando por ese televisor pequeño, un televisorcito… Me quiso llevar a su habitación para que la conociera. La dignidad de los humildes, digo yo. Un televisorcito muy pequeño, muy antiguo… me pidió si le podía dar un televisorcito… porque me quería ver más grande, por Canal 7, me dijo, se ve que por otros canales no me deben pasar tanto, además. Pero para María, que me mira por la Televisión Pública, y debe por ahí estar mirándonos en su televisorcito chiquito, vamos a hacerle llegar un televisor más grande”.
Anunció la actualización de las remuneraciones de la asignación “universal” por hijo así: “he decidido (sic) que la asignación tendrá un incremento del 22,7% lo que llevará la asignación de 220 pesos actualmente a 270 a cada uno de nuestros niños”. “He decidido.” No el Estado argentino, los contribuyentes que lo sostienen, el Poder Ejecutivo o el Gobierno. Siempre “yo”, fuerte, terminante, genial, poderoso, creativo, imperial. El “he decidido” implica erogar US$ 735 millones, con lo cual el total en asignaciones llega a más de US$ 5.755 millones. Yo, primera persona del singular. Es así.

fuente: perfil 

domingo, 3 de abril de 2011

Periodismos. Por Pepe Eliaschev


Nos damos muy poca cuenta de cómo cambia nuestro propio mundo, el de la comunicación. Sin embargo, las transformaciones profundizan y transforman de manera radical el ecosistema de ese planeta que antes llamábamos de la información y que hoy ha sufrido alteraciones decisivas.
Pueden tomarse tres ejemplos de estas derivaciones, todos ellos provenientes del Hemisferio Norte y del mundo occidental, como muestra de hasta qué punto ese terremoto modificó el aspecto, los lenguajes y la manera de gestionar los medios.
El caso de Le Monde de París es paradigmático. Ese diario, fundado en diciembre de 1944, en vísperas de la terminación de la Segunda Guerra Mundial, ha sido durante décadas una de las voces más firmes y creíbles de la galaxia periodística democrática. Sus columnas, reportajes, entrevistas y editoriales expresaron el núcleo sólido del mejor pensamiento francés. Pero nada dura para siempre.
Aquel tabloide austero y excepcional fundado por Hubert Beuve-Méry a la sombra del gran De Gaulle, fue vendido en 2010. Sus nuevos accionistas mayoritarios son un trío de feroces y brillantes hombres de negocios (Pierre Bergé, Xavier Niel y Mathieu Pigasse). Tras la fuerte inyección de euros destinada a preservar la vida de Le Monde, vino la decisión complementaria: Eric Fottorino fue reemplazado en la dirección del diario por Erik Izraelewicz. Pero Le Monde no es cualquier diario. Como parte de su peculiar sistema de gestión, los cargos jerárquicos deben ser aprobados en libre votación por el personal, que en asambleas respectivas se expidieron: el 78% de los ejecutivos, el 75% de los empleados y el 74% de los periodistas avaló la designación del octavo director en los 62 años de vida del diario, una de las joyas del periodismo mundial, que leo y al que admiro desde que me hice su lector empedernido en los años sesenta.
Primer tema, pues: inversión, pragmatismo y gobernabilidad participativa del medio. Izraelewicz ratifica en su editorial inaugural (15 de febrero) los valores fundacionales de Le Monde: “Asegurar al lector informaciones claras, verídicas, y, en la medida de las posibilidades, rápidas y completas”. Pero ese evangelio de 1944 tiene significados diferentes en 2011, por lo cual encara una transformación potente. “Le Monde debe cambiar. No va a renunciar, sin embargo, a lo que configura su identidad. Por el contrario, más que nunca debe llevar en alto sus principios: independencia respecto de los poderes, económicos y políticos, calidad de la información, rigor en la gestión”.
Admite que una tormenta tecnológica que, Internet mediante, todo lo modifica, pero postula un formidable plan de vida sobre la base de principios y convicciones periodísticas: “En este mundo de híper información, de mala información, y de información manipulada, el lector desea que le acerquemos los datos con honestidad, que lo ayudemos a comprender su significado y a anticipar sus consecuencias”.
Izraelewicz, que tiene 57 años, pasó 14 como redactor del diario, antes de irse a dirigir otros medios, pero este diplomado de la legendaria Escuela de Altos Estudios Comerciales (HEC) asume el legado de su predecesor, Fottorino, admirable síntesis de acción: “Liberarse de los prejuicios, desconfiar de los hábitos”.
Ese es también el mensaje del implacable, temible y fabulosamente exitoso Rupert Murdoch. A los 70 años, este brutal caudillo mediático del mundo anglosajón, dueño en los Estados Unidos de The Wall Street Journal y del New York Post, y del gigantesco The Sun de Londres, ratifica su sed insaciable de renovación y cambio con la creación de un nuevo diario, The Daily, pero sólo en formato tableta iPad, para ser leído en el mágico juguete que se expande sin límites. No más papel, no más vendedores de diarios, no más tinta: pura virtualidad y un acceso formidable a todo, todo el tiempo, desde cualquier parte.
Magnate de apetitos voraces, Murdoch no se anda con pequeñeces: The Daily, lanzado en iPad el 2 de febrero, supone una inversión inicial de US$ 30 millones, un presupuesto de US$ 500 mil mensuales y un staff de cien periodistas para cubrir sus cien páginas diarias. ¿Quiere leerlo? Pague primero, acceda después: 40 dólares por año, 99 centavos por semana, 14 centavos por día.
Zar de los tabloides populares, Murdoch se asegura, con Jesse Angelo como director, no una simple versión Internet de un diario mentalmente pensado como se los concebía hace treinta años. Es otra la idea: nuevos códigos de lectura, textos pensados para la era digital, videos de alta definición, audios nítidos y brillantes, y rápidos.
Hay un tercer caso que puede encolumnarse dentro del balance de los nuevos modos y los nuevos criterios. Un grupo mediático líder en el mundo en lengua española, Prisa (Promotora de Informaciones SA), informa al público sobre sus resultados. A través de su diario El País, Prisa, que en la Argentina maneja Radio Continental, proclama que el matutino, líder en difusión en España, obtuvo en 2010 un beneficio neto de 19,2 millones de euros y que su nivel de endeudamiento se ha reducido 4,92 veces su resultado bruto de explotación (Ebitda) respecto de 2009. El informe (http://bit.ly/i5iSvV) es de una transparencia y un detalle que asombran. Yo, al menos, no conozco ningún grupo mediático argentino que blanquee su ecografía económica con tanta minuciosidad. Confiesa que como resultado de ese esfuerzo y la dotación de unas provisiones de 130 millones de euros para el saneamiento del balance, Prisa sufre pérdidas de 72,8 millones de euros en 2010, frente a beneficios de 50,4 millones en el ejercicio anterior.
De modo que todo cambia y en el mundo de los medios, de los que tanto se habla, la velocidad, mucho me temo, es superior al promedio del resto de las actividades humanas. Como en tantas otras circunstancias o actividades, el mundo en cambio ofrece posibilidades para reflexionar sobre los desafíos y las posibilidades, pero también sobre las indigencias y carencias que caracterizan nuestros a menudo arcaicos modos argentinos.

fuente: Perfil

lunes, 14 de marzo de 2011

Escualidez Por Pepe Eliaschev


Claro que los medios tienen una responsabilidad decisiva a la hora de radiografiar a los responsables de la indigencia del debate argentino. Las culpas provienen de la crónica cotidiana, que parece inexorablemente condenada a reducir el espacio del pensamiento y la fijación de conceptos más trascendentes a un mero trapicheo de conjeturas. No sucede eso con las páginas editoriales y de opinión de los medios que el régimen gobernante llama “concentrados”, que suelen estar tapizadas de los puntos de vista más diversos y en los tonos más elevados.

Si la política argentina ha sido históricamente un caso clamoroso de personalismo en la región, la manufactura periodística de la agenda cotidiana es casi una caricatura de esa realidad, ya de por sí penosa.

Desde las recomposiciones democráticas que se fueron dando en América latina en los últimos 25 años, la Argentina permanece estólidamente fiel a su hábito de configurar planes y programas afincados en seres individuales. Liderazgos fuertes, como el de Lula, que durante ocho años fue presidente de Brasil, no alteraron la morfología de una sociedad en la que el partido del líder es más importante que el ser humano que lo conduce. En síntesis, no hay ni hubo ni habrá “lulismo”. Similar peripecia registra la Concertación chilena, cuyos cuatro exitosos presidentes (Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet) no pergeñaron corrientes basadas en sus apellidos, algo inimaginable en un país donde tampoco hubo “allendismo”.

De hecho, ese “ismo” favorecido por los argentinos (peronismo, menemismo, duhaldismo, kirchnerismo, cristinismo) tiene correlatos en otras fuerzas (macrismo, alfonsinismo), y asume a menudo contornos medio absurdos, como el de los seguidores del partido GEN de Margarita Stolbizer, identificados como “margaritos”, y los de Elisa Carrió, como “lilitos”.

¿Es un invento de esos medios? Claro que no, pero la reproducción periodística incesante agrava la preexistente penuria de ideas y termina funcionando como deseo hecho realidad. La rusticidad de los cronistas más bisoños reduce a seguidismos personales los choques políticos más interesantes. Así, dirán que en la ruptura de la CTA se enfrentan yaskistas y michelistas, en la interna porteña de PRO se pelean “larretistas” y “michettistas”, al igual que hubo legiones de “bilardistas” en guerra con “menottistas”. Diagnóstico irrecusable: la Argentina tritura impiadosamente los matices en aras de una corporización bestial. En las universidades, donde se supone que los estudiantes son gente que prioriza a las ideas como construcción colectiva, proliferan en la izquierda las agrupaciones nominadas en referencia sus ídolos y precedidas por la partícula “la”: Vallese, Cámpora, Simón Rodríguez, Cooke, Haroldo Conti, Pampillón, José Martí, Walsh.

Si este rasgo deriva de la propia escualidez del cuerpo político nacional, porque revela que en muchos casos los dilemas sólo son salvajes contiendas entre intereses patrimoniales muy privados, el periodismo tiene una fortísima cuota de responsabilidad pendiente en adecentar desde su tarea un relato que no tiene que ser mentiroso para ser más prolijo.

¿Huevo o gallina? Los medios no fabrican la realidad, como se cree, desde su arcaico dogma setentista, en el Gobierno y pregonan sus epígonos. No son los diarios y las revistas los que fabrican unilateralmente la realidad, naturalmente, pero tampoco son ajenos a la máquina reproductora de conceptos e ideas dominantes en que se convierten.

La agenda cotidiana, la diseñe o no la galaxia mediática, es suficientemente pobre en la Argentina como para ilusionarse con que un reduccionismo más no le hará un daño ulterior. A menudo resulta casi imposible diferenciar en ese caldo espeso de lo público a una tersa presentación de hechos, de una torpe simplificación de cuestiones delicadas.

No pueden los medios escamotear su responsabilidad, sobre todo cuando una generación ya madura de editores advierte las carencias de jóvenes reporteros que terminan empobreciendo el relato cotidiano. Desafortunadamente, ésta no es una cuestión de restringido interés para la colectividad periodística, porque el impacto global del combinado medios/sociedad tiene pesada influencia en la vida cotidiana del país.

Los políticos y los funcionarios terminan tartamudeando en la misma jerigonza de sus fuentes informativas cotidianas, con ese jarabe repelente de peleas y cruces, donde se agigantan de manera artificial lo que son apenas matices de opinión. Lo penoso es que el fenómeno recrudece.

La paupérrima expresividad cotidiana de los medios no es una demoníaca operación destituyente, pero colabora activamente con el raquitismo de las ideas. En última instancia, la fábrica nacional de medios termina funcionando como una dieta pobre en proteínas civiles en cualquier cuerpo. Genera un resultado similar al que produce ese fenómeno en los seres humanos cuando se crían con nutrición deficitaria: sólo pensamientos pobres o rudimentarios pueden ser generados por organismos inconsistentes.

Estas preocupaciones se cargan de potente sentido de cara a las elecciones presidenciales y a su secuela previa de primarias e internas. Sanz y Alfonsín en el radicalismo, Duhalde, Rodríguez Saá, Das Neves y Solá en el peronismo, Scioli y Sabbatella en el kirchnerismo bonaerense, Giustiniani y Bonfaffi en el socialismo santafesino, Rodríguez Larreta y Michetti en el oficialismo porteño, son todas ocasiones de rivalidad que deberían ser exprimidas como escenas de divergencias de conceptos, abandonando la musculosa tendencia a ver en ellas meros choques de personas.

¿Querrán y podrán los medios aportar su esfuerzo a que las campañas de 2011 tengan un correlato más sofisticado y menos bárbaro? No pido una mise en scène mentirosa, como si la Argentina se considerara una democracia escandinava, pero una medida de la felicidad sería que este país, curado de los “ismos” más pedestres, comenzara a parecerse un poco más a sus vecinos.
 
fuente: http://www.perfil.com/contenidos/2011/03/12/noticia_0018.html

sábado, 19 de febrero de 2011

La Argentina es la única perjudicada. Pepe Eliaschev


http://www.pepeeliaschev.com/audios/la-argentina-es-la-unica-perjudicada-15012

Editorial en FM Identidad
Buenos Aires, 19 de febrero de 2011 - ¿Por qué habría de ser diferente la actitud del gobierno argentino en materia internacional de la que se advierte en el escenario doméstico? ¿Por qué la política diplomática o la estrategia exterior, tanto de Néstor como de Cristina Kirchner, habría de tener un rasgo enteramente diferenciado de lo que estamos acostumbrados a ver en la escena doméstica?
Uno de los principales capítulos que deja, como moraleja, el incidente gravísimo con los Estados Unidos se advierte permanentemente en lo interno, en el cabotaje, en el tratamiento de la política de los asuntos nacionales: un grado muy elevado de imprevisibilidad. La Argentina tiene un gobierno que da la sensación de que hace exactamente lo contrario de lo que desde otro lado se presume que va a hacer.
Era evidente el entusiasmo y la fascinación que ejercían, sobre Cristina Kirchner, los dos principales candidatos de la interna que llevó al poder a Barack Obama. Ella inicialmente había manifestado, más allá de toda prudencia, con su habitual falta de restricciones en la materia, que le simpatizaba Hillary Rodham Clinton.
En una interna de una masiva participación democrática, Obama le ganó a la señora Clinton y, en consecuencia, fue el candidato demócrata triunfante en las elecciones presidenciales norteamericanas.
Uno de los rasgos característicos de la cultura política norteamericana es que, en lugar de aplastarla, y porque la necesitaba, Obama la llama y la designa a la señora Clinton como su Secretaria de Estado, un cargo de fenomenal importancia porque lo que los norteamericanos llaman secretario de Estado es el canciller nuestro, el ministro de Relaciones Exteriores.
El mismo tándem que se había enfrentado a lo largo de una larguísima, agotadora y completamente representativa interna del Partido Demócrata, ocupa los cargos del poder, Obama como presidente y Hillary Clinton como secretaria de Estado. A ese gobierno, y a sus principales protagonistas, les había manifestado su entusiasmo la señora Fernández de Kirchner cuando terminaba la hegemonía republicana.
Supuestamente un gobierno que se autodefine como nacional y popular, un gobierno que se autodefine como progresista, aspiraba a tener con un gobierno al que reconocía como mucho más al centro, o mucho más progresista que el de George Bush, una relación de superior dimensión y de mucha mayor densidad.
Sin embargo, como lo sugiere la reunión de Néstor Kirchner con George Bush, en el invierno de 2003, el gobierno del llamado modelo nacional y popular tuvo una relación mucho más ríspida, beligerante, agresiva y conflictiva con los demócratas de Obama que con los republicanos de Bush.
Acá hay un elemento importante que surge de cara al futuro, más allá del desenlace práctico que pueda tener el conflicto por el avión norteamericano. Los Estados Unidos ya han experimentado, tanto por la vía de los republicanos de Bush como por la de los demócratas de Obama, la muy concreta experiencia de que el gobierno de los Kirchner es imprevisible, extravagante, intrigante y perturbador.
Cuando en noviembre de 2005 la Argentina fue el país anfitrión de la Cumbre de las Américas en Mar del Plata, todo parecía indicar que el país cumpliría con sus elementales compromisos diplomáticos y protocolares. No lo hizo, pese a que Kirchner convirtió al presidente Bush en el primer jefe de Estado al que viajó a ver en julio de 2003, ocasión en la que posó para un foto que proyectaba mucha cordialidad, poniéndole una mano sobre el muslo del norteamericano.
Poco tiempo después, Kirchner lo recibe a Bush en Mar del Plata para la IVª Cumbre hemisférica, un encuentro de los jefes de estado, en paralelo al cual el gobierno argentino organizó, de manera explícita y directa, un acto popular contra Bush, la llamada “Anti-cumbre de las Américas”, con la presencia de protagonistas como Hugo Chávez y sus socios nativos.
Ahí los Estados Unidos supieron que las cosas que decían los Kirchner debían ser tomadas, de alguna manera, con pinzas. Pero al menos eran los Estados Unidos de Bush. Está sucediendo ahora lo mismo con los Estados Unidos de Obama.
Al margen de los detalles prácticos menores, que perfectamente podrían haber sido resueltos por la vía diplomática, con prudencia, reserva y confidencialidad, como hacen los países serios con las cosas serias; se procuró darle un alcance y repercusión mediática, típica de las naciones despechadas.
En consecuencia, si la Argentina decía que en materia de lucha contra el terrorismo y no proliferación nuclear, preservaba una continuidad de acuerdos con los norteamericanos, lo que acaba de hacerse con el avión destruye esas percepciones.
Una vez más, en una Casa Blanca habitada por un sector político diferente al de hace tres años, con otra secretaria de Estado, otros valores, otras percepciones y otros proyectos, como lo revela la militancia de los Estados Unidos a favor de los derechos civiles en Irán, el gobierno argentino procede, como si el cuco imperialista fuese absolutamente el mismo, inmodificado e intangible.
Este episodio, en consecuencia, al margen de los aspectos técnicos que durante la semana se han ido manejando y de cómo sea anecdóticamente resuelto, compromete gravemente las relaciones con un país, que no es uno más, sino que es nada menos que la mayor potencia mundial, lo que revela en definitiva que en la Argentina los acontecimientos domésticos, como los que involucran la relación de nuestro país con el mundo, se manejan con una altísima cuota de discrecionalidad y emotividad, a lo que se asocia una cuota igualmente feroz de improvisación y chapucería.
En tal sentido, las palabras, declaraciones, gestos y actitudes del gobierno argentino, no solamente del ministro Héctor Timerman sino de otros funcionarios del Estado, son verdaderamente escandalosas porque revelan un manejo muy pedestre de cuestiones que deberían ser gobernadas no al estilo “chavista”, sino con altura, dignidad y, sobre todo, en atención a los superiores intereses nacionales.

La tensión con los Estados Unidos solamente perjudica a la Argentina, no a los norteamericanos. Vuelve a revelar que, en esa materia, a diferencia quizás de lo que sucedía cuando Néstor Kirchner fue presidente, la actual Presidenta se maneja no solo con emotividad, sino además con apelaciones ideológicas nostálgicas que nada tienen que ver con las necesidades actuales del país y con nuestras perspectivas para el futuro.

©pepeeliaschev
Emitido en FM Identidad

sábado, 29 de enero de 2011

ALUCINACIÓN !! Por Pepe Eliaschev












Hola, soy Cristina Fernández de Kirchner y quiero aprovechar esta especial oportunidad. Tal vez el habitual columnista de este espacio haya sufrido una alucinación, de resultas de la cual se le ocurrió invitarme a disponer hoy de este lugar en PERFIL. ¿Por qué no aprovecharlo?

El golpe de calor que me afectó la semana pasada me puso a pensar en muchas cosas. Ese mismo martes por la noche, descansando en Olivos, se me dio por ver por la tele el discurso del presidente Barack Obama, que ellos llaman el del “estado de la Unión”. Lo agarré al comienzo y no pude dejarlo hasta el final. No entiendo inglés, aunque a veces me haga la que sé, diciendo it’s too much o sorry, pero me impactó tanto que me hice traer la transcripción completa. Y quiero decirles que estoy poderosamente conmocionada.

Es cierto que me dio mucha bronca que, una vez más, los norteamericanos nos pasen por alto y el presidente Obama venga a Brasil y Chile, salteándose nuestro país, y encima a El Salvador, pero tras mucho meditar y analizar minuciosamente sus casi 7 mil palabras, puedo admitirlo.

Mi decisión de entender en vez de enojarme, comprender en lugar de retar, es algo que me sucede ahora y que no quiero ocultar. Me parece que estoy viviendo una epifanía, o una revelación. Por eso, tomo en serio esta propuesta de Pepe, de usar su espacio, justo él, que nos pega tanto, porque –la verdad– el discurso de Obama me ha dado vuelta.

Me dirán maestra ciruela, pero cuando tuve la versión en español y con un resaltador como herramienta, no pude menos que comprobar que dedicó nada menos que 22 ocasiones a mencionar a los republicanos, el partido opositor, en términos nunca agresivos ni contenciosos. Los invito a que recorramos juntos el mensaje de Obama para detenernos en esa enorme lección. Mientras leía todo el discurso y fui diferenciando esos momentos de unión, concordia, concertación, negociación y consenso, no podía menos que recordar que en las elecciones de noviembre pasado los demócratas perdieron la mayoría en la Cámara de Representantes (diputados), donde quedaron abajo, 193 bancas contra 242 republicanos, y retuvieron una mayoría de apenas cuatro votos en el Senado. Les dieron una paliza.

Pero miren cómo piensa y habla Obama, el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas más poderosas del planeta, con apenas la mitad de su primer mandato cumplido, teniendo en teoría seis años más por delante en el puesto más importante del mundo. Son 22 momentos que subrayo por su denominador común: propone soluciones, no crispaciones, armonía en vez de discordia, convergencia en lugar de conflicto. Pasen y vean:
“Somos parte de la familia norteamericana.

”El pueblo que nos votó para gobernarlo espera de nosotros que, con sus votos, gobernar los Estados Unidos sea ahora responsabilidad compartida entre ambos partidos.

”Las nuevas leyes sólo serán aprobadas con el apoyo de demócratas y republicanos.

”Avanzaremos o no, sólo si vamos juntos, porque los desafíos que afrontamos son más grandes que los partidos y más grandes que la política.

”El proyecto del pueblo norteamericano es que trabajemos juntos.

”Estos pasos deben ser dados por demócratas y republicanos.

”Llamo en conjunto a demócratas y republicanos a que trabajemos juntos para que esto suceda.

”Estos criterios fueron desarrollados no desde el gobierno en Washington DC, sino por los gobernadores republicanos y demócratas de todo el país.

”Les pido a demócratas y republicanos que simplifiquemos nuestro sistema.

”Este acuerdo tiene un apoyo sin precedentes de las empresas y los sindicatos, de los demócratas y de los republicanos, y le pido al Congreso que lo apruebe lo antes posible.

”Toda ley puede ser mejorada. Si ustedes tienen ideas para mejorar esta ley (la de seguro médico), haciéndola mejor o más accesible, estoy ansioso de trabajar junto a ustedes.

”En vez de pelear las batallas que hemos tenido estos dos últimos años, arreglemos lo que sea necesario arreglar y vayamos hacia adelante.

”Estoy ansioso de contemplar otras ideas para reducir costos, incluyendo una sugerida el año pasado por los republicanos.

”Deberíamos encontrar una solución bipartidaria para fortalecer la seguridad social para las generaciones venideras.

”Miembros de ambos partidos han expresado su interés en hacer esto, y yo estoy preparado para unirme a ellos.
”Ahora es el momento para que ambas partes y ambas cámaras del Congreso, demócratas y republicanos, forjen un acuerdo de principios para hacer el trabajo pendiente.

”Es el momento de dejar atrás las divisivas batallas del pasado. Es tiempo de marchar hacia adelante como una nación.”

En resumidas cuentas, con un Senado manejado por el partido de gobierno, Obama comprende que eso solo no alcanza. Entonces se aproxima a los republicanos y los convoca por su nombre: ¡ocho veces los menciona para que acuerden políticas de Estado! Es ahí donde algo fuerte me hizo clic, y espero que no haya sido por el golpe de calor y la lipotimia que tuve justo ese día. Digo: ¿no será que este Obama debe haber visto una luz que yo o Néstor no vimos? Porque la escena del Congreso de los Estados Unidos era colosal.

En un mensaje que le llevó 69 minutos (reconozco que, como yo, el tipo no lee, aunque tampoco improvisa: se veía que cada uno de los 535 legisladores y funcionarios invitados tenía en sus manos el texto ya prolijamente impreso), lo aplaudieron ¡79 veces! Un aplauso cada 88 palabras. ¿Qué quieren, que oculte mi envidia cuando veía aplaudiendo a Obama al candidato presidencial republicano John McCain, al que el negro le ganó en 2008?

Tal vez sea el calor, o la melancolía, o la sensación de que la vida se nos pasa rápido, pobre Néstor, pero me quedé tildada con la lección de Obama. Me hubiera gustado recibirlo en Olivos, obvio, pero creo entender que las distancias son hoy muy grandes entre nosotros. Por eso aproveché la posibilidad de hacer esta columna aquí, capaz que –en una de ésas– es tiempo de cambiar. Buenos días, a todos y a todas, y saludos a Pepe.

fuente: http://www.perfil.com/contenidos/2011/01/29/noticia_0017.html