Mostrando entradas con la etiqueta revolucionarios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta revolucionarios. Mostrar todas las entradas

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Revolucionarios en democracia. Por Marcos Aguinis


"Es fácil ser revolucionario en una democracia." Esta frase fue pronunciada por Cristina Fernández de Kirchner, no por alguien considerado de derecha. La reconozco memorable por venir de quien la dijo. Fue una certera acusación. Quizás ella no se dio cuenta de todo lo que abarcaba.
En efecto, ahora la mayor parte de los revolucionarios nacen, crecen y se hacen oír en los países donde rige una democracia que garantiza su libertad de expresión. No hay revolucionarios -por lo menos audibles- en Corea del Norte, ni en Irán, ni en Guinea Ecuatorial, ni en Arabia Saudita, ni en Cuba. Los pocos que se animan a asomarse son decapitados enseguida o, en el mejor de los casos, amordazados, encarcelados y torturados. A la primavera árabe, por ejemplo, tratan de aplastarla con tanques, bombardeos y el antiguo recurso del chivo expiatorio. Es decir, no hay lugar para que un revolucionario proteste con comodidad y sin sanciones, cosa segura en las democracias, a menudo descalificadas por los mismos revolucionarios.
Un emblema paradigmático del rebelde que alcanza enorme celebridad sin correr peligros es Noam Chomsky. A su lado puede dibujarse un extendido rosario de otros nombres, que van desde Bertrand Russell hasta Jean Paul Sartre.
Chomsky tuvo el mérito de descubrir los universales lingüísticos que gobiernan la disposición de las palabras o sonidos para formar oraciones. Según demostró, los idiomas son menos diversos de lo que parecen, por compartir el instrumental sintáctico. En otras palabras, llegó a la conclusión de que el género humano posee una herencia genética de invariables en el campo de la sintaxis. La capacidad para los idiomas es innata, no adquirida. Este aporte de Chomsky no ha sido superado aún.
Como utopista del viejo estilo, Chomsky adhirió a Stalin y Mao cuando estos monstruos dilapidaban su poder carneando a millones de personas. Es un dato que jamás le preocupó, enceguecido por la promesa milenarista que había desencadenado Marx y esperaba ver concretada con el duro modelo leninista. Amaba con furia su ideal y estaba dispuesto a elucubrar cualquier sofisma para sostenerlo. Así habían procedido antes Martin Heidegger y Ezra Pound cuando defendieron el nazismo, al que también, como al marxismo, se consideraba una doctrina "científica".
La década del sesenta fue una gran oportunidad para el brillo de muchos revolucionarios, porque estuvo sacudida por la espantosa guerra de Vietnam. Estremecía que un pequeño pueblo guiado por una élite comunista (es decir, comprometida con instalar el paraíso en la Tierra) pudiese enfrentar con tanta obstinación al imperialismo norteamericano. Los intelectuales de Occidente y, con más fuerza aún, los de Estados Unidos, alzaron su voz indignada. Era una guerra injusta, como la mayoría de las guerras. Pero en esa misma época se había incrementado la violencia para terminar con la discriminación racial (los musulmanes negros, Malcom X), la liberación de territorios coloniales (Argelia, entre otros) y el crecimiento de organizaciones guerrilleras alimentadas por la URSS y los países sometidos a su influencia ideológica o política. El dolor por el sufrimiento en Indochina no se asociaba al dolor ocasionado por atentados. En Indochina había una "violencia institucionalizada", imposible de justificar. En cambio, el asesinato de individuos, la voladura de aeropuertos, la masacre de deportistas en una Olimpíada, etcétera, respondían a la justa indignación de los oprimidos. Estos eran héroes, los otros criminales. Ahora resulta que en China e Indochina se trata de imitar a los Estados Unidos. Es una paradoja, claro, pero la ideología permite mantenerse ciego ante las paradojas.
Con argumentaciones alambicadas, Chomsky llegó a unir sus universales sintácticos con la sistemática crítica a su país. Decía que si los seres humanos poseen estructuras mentales innatas, los esfuerzos para cambiarlas tendrán que fracasar, inevitablemente. Todo lo que se realice en el mundo para el desarrollo social, cultural y político, tal como fue propuesto por los sabios padres fundadores de su nación, está condenado al fracaso. En realidad, ninguna democracia quiere sacar a muchos pueblos de la oscuridad y la tiranía, sino expoliarles sus riquezas. Esto suena delicioso y da gusto repetirlo. Que esa misma técnica haya sido empleada por la URSS, no entra en sus análisis. Era una visión burdamente sesgada, claro, pero que recluta adeptos en aluvión. Criticar a Estados Unidos en todas las formas posibles caía y sigue cayendo bien. Pese a esto, la mayoría de los revolucionarios anhelan pasar una temporadita en ese país, hacerse escuchar en sus universidades y publicar en su prensa.
La incongruencia de Chomsky suena fuerte para el que no tiene taponadas las orejas. Si es tan innata la estructura social como la lingüística -según dice-, entonces no habría lugar para la ingeniería social. En contra de su postulado, las ideologías milenaristas a las que adhiere fueron las que, para imponer un nuevo modelo, produjeron la mayor matanza de la historia. ¿Para qué Stalin y Mao generaron hambrunas y asesinaron a decenas de millones si su objetivo era imposible? ¿No quisieron imponer algo que iba en contra de las herencias innatas? Pero Chomsky no los critica. Sus pupilas sólo se centran en el perverso Estado democrático liberal, y se ingenia con palabras seductoras para convertirlo en el verdadero culpable de todas las catástrofes. Ni a él ni a muchos revolucionarios como él les repugna que en la Comisión de la ONU para los Derechos Humanos tengan voz y voto representantes de abominables dictaduras.
Cuando se retiraron las tropas norteamericanas de Indochina, el comunismo llenó su vacío. En Camboya se estableció el más riguroso de los esquemas, dirigido por Pol Pot. Allí la matanza se convirtió en orgía. Los revolucionarios del mundo no dijeron nada. Cuando las evidencias no pudieron disimularse más, afirmaron que esa masacre era un invento de la prensa occidental. Después añadieron que el número de muertos no pasaba de unos cuantos. Más evidencias -irrefutables- les inspiraron un argumento fantástico: "El tormento de Camboya ha sido explotado por los occidentales cínicos, desesperadamente ansiosos por superar el síndrome de Vietnam" (¿?), escribió el mismo Chomsky. Para reforzar su teoría, Chomsky citó a "uno del puñado de auténticos estudiosos camboyanos", que probaba -mediante una impúdica manipulación cronológica- que las peores matanzas no ocurrieron durante la hegemonía de Pol Pot, sino después, cuando se había desplazado al régimen de izquierda. Total, la gente es desmemoriada.
Cuando ya no le quedaba más tinta para el Asia, se dedicó a sostener la revolución en Nicaragua, que acabó entronizando un autoritarismo burdo y reaccionario, sólo "progresista" de palabra, encabezado por un violador de su propia hija adoptiva.
El estruendoso Noam Chomsky nunca sufrió siquiera la amenaza de perder su ubicación y sus sueldos universitarios. No fueron censurados sus libros. Puede entrar y salir del país cuando se le ocurre. Es un revolucionario que goza sus apocalípticas llamaradas, porque le reportan fama y dinero. Sus artículos son leídos, repetidos y hasta adorados en casi todo el mundo, porque en casi todo el mundo abundan quienes odian a los Estados Unidos tanto como él. Sabemos que algunos hasta aplauden la destrucción de las Torres Gemelas como merecida venganza por los males que ese país comete. Por otro lado, el emblemático revolucionario que es Chomsky no se ha arriesgado a meterse en los países donde las mujeres son oprimidas y humilladas, donde los dictadores explotan y engañan a sus pueblos, donde no hay libertad de expresión, donde los líderes locales generan pobreza, porque es sabido que la pobreza sólo puede ser generada por las democracias occidentales. Así vale la pena ser revolucionario.
Este género de revolucionarios sólo habla o escribe, nunca se arriesga. Y tampoco agradece la libertad, comodidad y progreso que ofrece una democracia sostenida por sólidos pilares. Ninguno de ellos puede ahora eludir la fugaz reprimenda que le salió de la boca, casi sin querer, a Cristina.

fuente: La Nación

lunes, 28 de marzo de 2011

El ocaso de los revolucionarios. Por José Enrique Miguens


Hoy en día todo el mundo se está dando cuenta de la importancia histórica de los levantamientos populares en países decisivos del norte de Africa, como Egipto y Libia, contra regímenes políticos que se iniciaron como revolucionarios y aún se definían como tales, exigiéndoles libertad y democracia. Esto significa reclamar el derecho de todos los ciudadanos a intervenir en las decisiones políticas que los afectan y a no ser acallados ni intimidados ni llevados por delante por ningún grupo de ocupantes del poder, cualquiera sea su denominación.
Estos levantamientos populares actuales, horizontales y de liderazgos compartidos, son diferentes de las llamadas "revoluciones" de la pasada era moderna, que comenzaron con la Revolución Francesa, de 1789, e iniciaron su ocaso 200 años después, con la caída del Muro de Berlín, en 1989. Desde el jacobinismo hasta la yamahiriya (república asamblearia de las masas o república socialista islámica), pasando por el fascismo, el comunismo, el nacionalsocialismo, el tercermundismo, el progresismo y los neopopulismos, las "revoluciones" del modernismo presentan sociológicamente, aunque en distintos grados, las mismas características, cualquiera sea la denominación ideológica que adopten.
Se inician con la toma del poder político (sea por vías legales o violentas) por un grupo de "iluminados" que se consideran los dueños de la verdad y la justicia, llamados a imponerlas a todos los demás mediante la construcción de una sociedad perfecta. Para ello necesitan acallar a los que no piensan como ellos, manipulando la información, nunca admitiendo errores, instaurando el culto a sus dirigentes siempre infalibles, que viven sacrificándose por su pueblo. En una palabra, tratando a sus poblaciones como a niños estúpidos a los que se les puede hacer creer cualquier cuento.
Para distraer a los pueblos de los problemas concretos que padecen, los envuelven en fantasiosos enfrentamientos abstractos, con lo cual pocas veces resuelven los verdaderos problemas y males que sufren las personas y grupos concretos. Todos los comentaristas coinciden en que los levantamientos del norte de Africa se originaron en sus juventudes educadas que no tienen trabajo ni perspectivas de conseguirlo, mientras se les hablaba de socialismo y de tercermundismo.
Pero como generalmente esto no basta se hace necesario a este tipo de gobiernos desacreditar, acallar, anular o eliminar a los que piensan distinto o presentan otras soluciones que pueden ser mejores. Una característica uniforme de estas "revoluciones" es la caracterización denigratoria de los que piensan de distinta manera como seres despreciables de una categoría casi subhumana. Resulta interesante constatar la similitud del empleo del calificativo de "gusanos" para denigrar a sus oponentes en regímenes "revolucionarios" aparentemente opuestos. Lo emplearon abundantemente los nazis en Alemania, tal como lo hacen Fidel Castro y sus secuaces hasta el día de hoy. La despectiva palabra la inventó Hegel, el padre de todas estas revoluciones políticas, para calificar a los que no pensaban como él: "Gusanos que sólo comen tierra y agua". Revisando los calificativos que emplea el presidente Chávez para calificar a sus opositores y aquellos -delirantes- que ha estado vomitando Khadafy, tenemos un cuadro de la actitud básica de estos gobiernos revolucionarios y de su falta de respeto a la dignidad de toda persona humana.
Todas estas "revoluciones" necesitan inventar un "enemigo" a quien acusar de todos los males ocurridos y de obstaculizar la triunfante marcha de la revolución. Caen así en terribles simplificaciones para unificar a sus seguidores en un odio compartido distrayéndolos de sus verdaderos problemas.
Los observadores más alertas a las nuevas realidades sociales e históricas nos están recomendando no seguir empleando en la política las viejas distinciones conceptuales opuestas, tales como "idealismo" o "materialismo", "izquierda" o "derecha" aplicadas a este tipo de gobiernos, porque son engañosas y no van al fondo del verdadero problema. A los pueblos les da lo mismo que al sistema de dominación que se les aplica; se lo denomine "idealista" o "materialista", de "izquierda" o de "derecha", siempre será un sistema de dominación. Sólo comprueban que se les han quitado su participación política y el derecho que les corresponde a todos de ser los dueños de su propio destino y del de la Nación, que es de todos y no de un grupo de ocupantes del poder que se cree superior y dueño del país.
El garrote que se esgrime sobre sus cabezas, aunque esté pintado de rojo, de verde o de blanco, siempre será un garrote y siempre terminará siendo usado en provecho de los que lo manejan. Como dijo un manifestante egipcio: "Cambio significa justicia, libertad e igualdad para todos en el trato". Esto significa el respeto a la dignidad de todas las personas por parte de todos, tanto de los gobiernos como de la sociedad.
Es por eso que, olfateando el peligro que estos levantamientos significan para sus bases estructurales de dominación, algunos gobiernos latinoamericanos que se autodenominan revolucionarios, como los de Cuba y Venezuela, seguidos por los de Ecuador, Bolivia y Nicaragua, se han pronunciado en respaldo del dictador Khadafy, a quien el presidente Chávez llegó a titular: "Mi colega revolucionario".
Dejando de lado las características específicas de cada área cultural que llevaron a esos levantamientos populares arábigos, como las que llevaron a los levantamientos de los países del bloque socialista en Europa, podemos remontarnos a un acontecimiento que marcó el cambio histórico contra las "revoluciones" y a favor de la democracia participativa, que curiosamente pasó casi desapercibido.
Tres días después de la caída del Muro de Berlín, el Partido Comunista Italiano, considerado el más actualizado, inteligente y numeroso de Europa, haciéndose cargo del cambio cultural ocurrido y del anhelo de los pueblos de una democracia participativa, inició contactos para integrarse con la socialdemocracia.
El 3 de febrero de 1991, el XX Congreso Nacional del Partido Comunista Italiano decidió disolverse, renunciando a sus objetivos revolucionarios, para ingresar en la convivencia democrática con el nombre de Partido Democrático de la Izquierda e incorporarse a la Internacional Socialista. Con esto renuncia a sus anteriores beligerantes pretensiones de hegemonía y de imposición de sus ideologías al resto de la sociedad por el camino de la violencia revolucionaria. Vale decir que el viejo Partido Comunista, sensible a los cambios ocurridos en la cultura occidental, optó por la vía democrática para resolver, entre todos, los problemas concretos de la sociedad que es de todos.
Hay un síntoma más sutil que pasó desapercibido para los políticos. En unas jornadas de filosofía y transculturalidad convocadas por la Unesco en noviembre de 2002, se declaró que el mundo está presenciando la aparición de un nuevo discurso político "que dé al hombre el derecho de tomar la palabra".
Esto significa -se dice- la necesidad de crear nuevas relaciones entre las personas, definidas por la necesidad de vivir juntos, unidos a pesar de las diferencias, porque los problemas que afrontamos no pueden resolverlos unos sin los otros. "Hasta ahora, cada cultura, cada visión del mundo, cada sistema económico, pretendía imponer su definición de la humanidad a todas las otras. En estas sociedades encerradas por barricadas internas queda todavía una apertura, la pluralidad como una puerta que se abre para permitirnos sobrevivir, respirar, quebrando esta clausura del mundo humano sobre sí mismo."
Sugestivamente, los participantes más coherentes y entusiastas de estas jornadas fueron los intelectuales del sur y del norte de Africa, lo que explica los actuales levantamientos populares.
¿Estaremos los intelectuales latinoamericanos quedando más atrasados, desinformados y anacrónicos que los intelectuales africanos en esta corriente mundial de apertura y de democratización?
Fuente: La Nacion