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sábado, 30 de abril de 2011

Sábato: El prólogo original del Nunca Más


Raúl Alfonsín ordenó el procesamiento de las Juntas Militares que gobernaron entre 1976 y 1983, y nombró una comisión para investigar sus crímenes. Presidente del grupo fue designado Ernesto Sábato. Al cabo de 9 meses, esa comisión expidió sus conclusiones, resumidas en el libro Nunca Más, cuyo un prólogo original fue escrito por Sábato:


Por ERNESTO SÁBATO
 
 
Durante la década del '70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países. Así aconteció en Italia, que durante largos años debió sufrir la despiadada acción de las formaciones fascistas, de las Brigadas Rojas y de grupos similares. 
 
Pero esa nación no abandonó en ningún momento los principios del derecho para combatirlo, y lo hizo con absoluta eficacia, mediante los tribunales ordinarios, ofreciendo a los acusados todas las garantías de la defensa en juicio; y en ocasión del secuestro de Aldo Moro, cuando un miembro de los servicios de seguridad le propuso al General Della Chiesa torturar a un detenido que parecía saber mucho, le respondió con palabras memorables: «Italia puede permitirse perder a Aldo Moro. No, en cambio, implantar la tortura».
 
No fue de esta manera en nuestro país: a los delitos de los terroristas, las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido, porque desde el 24 de marzo de 1976 contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres humanos.
 
Nuestra Comisión no fue instituída para juzgar, pues para eso estan los jueces constitucionales, sino para indagar la suerte de los desaparecidos en el curso de estos años aciagos de la vida nacional. Pero, después de haber recibido varios miles de declaraciones y testimonios, de haber verificado o determinado la existencia de cientos de lugares clandestinos de detención y de acumular más de cincuenta mil páginas documentales, tenemos la certidumbre de que la dictadura militar produjo la más grande tragedia de nuestra historia, y la más salvaje. Y, si bien debemos esperar de la justicia la palabra definitiva, no podemos callar ante lo que hemos oído, leído y registrado; todo lo cual va mucho más allá de lo que pueda considerarse como delictivo para alcanzar la tenebrosa categoría de los crímenes de lesa humanidad. Con la técnica de la desaparición y sus consecuencias, todos los principios éticos que las grandes religiones y las más elevadas filosofías erigieron a lo largo de milenios de sufrimientos y calamidades fueron pisoteados y bárbaramente desconocidos.
 
Son muchísimos los pronunciamientos sobre los sagrados derechos de la persona a través de la historia y, en nuestro tiempo, desde los que consagró la Revolución Francesa hasta los estipulados en las Cartas Universales de Derechos Humanos y en las grandes encíclicas de este siglo. Todas las naciones civilizadas, incluyendo la nuestra propia, estatuyeron en sus constituciones garantías que jamás pueden suspenderse, ni aun en los más catastróficos estados de emergencia: el derecho a la vida, el derecho a la integridad personal, el derecho a proceso; el derecho a no sufrir condiciones inhumanas de detención, negación de la justicia o ejecución sumaria.
 
De la enorme documentación recogida por nosotros se infiere que los derechos humanos fueron violados en forma orgánica y estatal por la represión de las Fuerzas Armadas. Y no violados de manera esporádica sino sistemática, de manera siempre la misma, con similares secuestros e idénticos tormentos en toda la extensión del territorio. ¿Cómo no atribuirlo a una metodología del terror planificada por los altos mandos? ¿Cómo podrían haber sido cometidos por perversos que actuaban por su sola cuenta bajo un régimen rigurosamente militar, con todos los poderes y medios de información que esto supone? ¿Cómo puede hablarse de «excesos individuales»? De nuestra información surge que esta tecnología del infierno fue llevada a cabo por sádicos pero regimentados ejecutores. Si nuestras inferencias no bastaran, ahí están las palabras de despedida pronunciadas en la Junta Interamericana de Defensa por el jefe de la delegación argentina, General Santiago Omar Riveros, el 24 de enero de 1980: «Hicimos la guerra con la doctrina en la mano, con las órdenes escritas de los Comandos Superiores» . Así, cuando ante el clamor universal por los horrores perpetrados, miembros de la Junta Militar deploraban los «excesos de la represión, inevitables en una guerra sucia» , revelaban una hipócrita tentativa de descargar sobre subalternos independientes los espantos planificados.
 
Los operativos de secuestro manifestaban la precisa organización, a veces en los lugares de trabajo de los señalados, otras en plena calle y a la luz del día, mediante procedimientos ostensibles de las fuerzas de seguridad que ordenaban «zona libre» a las comisarías correspondientes. Cuando la víctima era buscada de noche en su propia casa, comandos armados rodeaban la manzanas y entraban por la fuerza, aterrorizaban a padres y niños, a menudo amordazándolos y obligándolos a presenciar los hechos, se apoderaban de la persona buscada, la golpeaban brutalmente, la encapuchaban y finalmente la arrastraban a los autos o camiones, mientras el resto de comando casi siempre destruía o robaba lo que era transportable. De ahí se partía hacia el antro en cuya puerta podía haber inscriptas las mismas palabras que Dante leyó en los portales del infierno: «Abandonad toda esperanza, los que entrais».
 
De este modo, en nombre de la seguridad nacional, miles y miles de seres humanos, generalmente jóvenes y hasta adolescentes, pasaron a integrar una categoría tétrica y fantasmal: la de los Desaparecidos. Palabra - ¡triste privilegio argentino! - que hoy se escribe en castellano en toda la prensa del mundo.
 
Arrebatados por la fuerza, dejaron de tener presencia civil. ¿Quiénes exactamente los habían secuestrado? ¿Por qué? ¿Dónde estaban? No se tenía respuesta precisa a estos interrogantes: las autoridades no habían oído hablar de ellos, las cárceles no los tenían en sus ¦ldas, la justicia los desconocía y los habeas corpus sólo tenían por contestación el silencio. En torno de ellos crecía un ominoso silencio. Nunca un secuestrador arrestado, jamás un lugar de detención clandestino individualizado, nunca la noticia de una sanción a los culpables de los delitos. Así transcurrían días, semanas, meses, años de incertidumbres y dolor de padres, madres e hijos, todos pendientes de rumores, debatiéndose entre desesperadas expectativas, de gestiones innumerables e inutiles, de ruegos a influyentes, a oficiales de alguna fuerza armada que alguien les recomendaba, a obispos y capellanes, a comisarios. La respuesta era siempre negativa.
 
En cuanto a la sociedad, iba arraigándose la idea de la desprotección, el oscuro temor de que cualquiera, por inocente que fuese, pudiese caer en aquella infinita caza de brujas, apoderándose de unos el miedo sobrecogedor y de otros una tendencia consciente o inconsciente a justificar el horror: «Por algo será», se murmuraba en voz baja, como queriendo así propiciar a los terribles e inescrutables dioses, mirando como apestados a los hijos o padres del desaparecido. Sentimientos sin embargo vacilantes, porque se sabía de tantos que habían sido tragados por aquel abismo sin fondo sin ser culpable de nada; porque la lucha contra los «subversivos», con la tendencia que tiene toda caza de brujas o de endemoniados, se había convertido en una represión demencialmente generalizada, porque el epiteto de subversivo tenía un alcance tan vasto como imprevisible. En el delirio semántico, encabezado por calificaciones como «marxismo-leninismo», «apátridas» , «materialistas y ateos» , «enemigos de los valores occidentales y cristianos» , todo era posible: desde gente que propiciaba una revolución social hasta adolescentes sensibles que iban a villas-miseria para ayudar a sus moradores. Todos caían en la redada: dirigentes sindicales que luchaban por una simple mejora de salarios, muchachos que habían sido miembros de un centro estudiantil, periodistas que no eran adictos a la dictadura, psicólogos y sociólogos por pertenecer a profesiones sospechosas, jóvenes pacifistas, monjas y sacerdotes que habían llevado las enseñanzas de Cristo a barriadas miserables. Y amigos de cualquiera de ellos, y amigos de esosamigos, gente que había sido denunciada por venganza personal y por secuestrados bajo tortura. Todos, en su mayoría inocentes de terrorismo o siquiera de pertenecer a los cuadros combatientes de la guerrilla, porque éstos presentaban batalla y morían en el enfrentamiento o se suicidaban antes de entregarse, y pocos llegaban vivos a manos de los represores.
 
Desde el momento del secuestro, la víctima perdía todos los derechos; privada de toda comunicación con el mundo exterior, confinada en lugares desconocidos, sometida a suplicios infernales, ignorante de su destino mediato o inmediato, susceptible de ser arrojada al río o al mar, con bloques de cemento en sus pies, o reducida a cenizas; seres que sin embargo no eran cosas, sino que conservaban atributos de la criatura humana: la sensibilidad para el tormento, la memoria de su madre o de su hijo o de su mujer, la infinita verguenza por la violación en público; seres no sólo poseídos por esa infinita angustia y ese supremo pavor, sino, y quizás por eso mismo, guardando en algún rincón de su alma alguna descabellada esperanza.
 
De estos desamparados, muchos de ellos apenas adolescentes, de estos abandonados por el mundo hemos podido constatar cerca de nueve mil. Pero tenemos todas las razones para suponer una cifra más alta, porque muchas familias vacilaron en denunciar los secuestros por temor a represalias. Y aun vacilan, por temor a un resurgimiento de estas fuerzas del mal.
 
Con tristeza, con dolor hemos cumplido la misión que nos encomendó en su momento el Presidente Constitucional de la República. Esa labor fue muy ardua, porque debimos recomponer un tenebrosos rompecabezas, después de muchos años de producidos los hechos, cuando se han borrado liberadamente todos los rastros, se ha quemado toda documentación y hasta se han demolido edificios. Hemos tenido que basarnos, pues, en las denuncias de los familiares, en las declaraciones de aquellos que pudieron salir del infierno y aun en los testimonios de represores que por oscuras motivaciones se acercaron a nosotros para decir lo que sabían.
 
En el curso de nuestras indagaciones fuimos insultados y amenazados por los que cometieron los crímenes, quienes lejos de arrepentirse, vuelven a repetir las consabidas razones de «la guerra sucia» , de la salvación de la patria y de sus valores occidentales y cristianos, valores que precisamente fueron arrastrados por ellos entre los muros sangrientos de los antros de represión. Y nos acusan de no propiciar la reconciliación nacional, de activar los odios y resentimientos, de impedir el olvido. Pero no es así: no estamos movidos por el resentimiento ni por el espíritu de venganza; sólo pedimos la verdad y la justicia, tal como por otra parte las han pedido las iglesias de distintas confesiones, entendiendo que no podrá haber reconciliación sino después del arrepentimiento de los culpables y de una justicia que se fundamente en la verdad. Porque, si no, debería echarse por tierra la trascendente misión que el poder judicial tiene en toda comunidad civilizada. Verdad y justicia, por otra parte, que permitirán vivir con honor a los hombres de las fuerzas armadas que son inocentes y que, de no procederse así, correrían el riesgo de ser ensuciados por una incriminación global e injusta. Verdad y justicia que permitirán a esas fuerzas considerarse como auténticas herederas de aquellos ejércitos que, con tanta heroicidad como pobreza, llevaron la libertad a medio continente.
 
Se nos ha acusado, en fin, de denunciar sólo una parte de los hechos sangrientos que sufrió nuestra nación en los últimos tiempos, silenciando los que cometió el terrorismo que precedió a marzo de 1976, y hasta, de alguna manera, hacer de ellos una tortuosa exaltación. Por el contrario, nuestra Comisión ha repudiado siempre aquel terror, y lo repetimos una vez más en estas mismas páginas. Nuestra misión no era la de investigar sus crimenes sino estrictamente la suerte corrida por los desaparecidos, cualesquiera que fueran, proviniesen de uno o de otro lado de la violencia. Los familiares de las víctimas del terrorismo anterior no lo hicieron, seguramente, porque ese terror produjo muertes, no desaparecidos. Por lo demás el pueblo argentino ha podido escuchar y ver cantidad de programas televisivos, y leer infinidad de artículos en diarios y revistas, además de un libro entero publicado por el gobierno militar, que enumeraron, describieron y condenaron minuciosamente los hechos de aquel terrorismo.
 
Las grandes calamidades son siempre aleccionadoras, y sin duda el más terrible drama que en toda su historia sufrió la Nación durante el periodo que duró la dictadura militar iniciada en marzo de 1976 servirá para hacernos comprender que únicamente la democracia es capaz de preservar a un pueblo de semejante horror, que sólo ella puede mantener y salvar los sagrados y esenciales derechos de la criatura humana. Unicamente así podremos estar seguros de que NUNCA MÁS en nuestra patria se repetirán hechos que nos han hecho trágicamente famosos en el mundo civilizado.

fuente: U24

jueves, 24 de marzo de 2011

A 35 años del terror. Por Alfredo Leuco

Ya pasaron 35 años y sin embargo aún hoy digo 24 de marzo y me estremezco. Veo la noche de la noche. El 24 de marzo es el día más nefasto de nuestra historia. Mire que nos pasó de todo como país, pero no hay nada comparable con el 24 de marzo de 1976. Fue el comienzo del reinado de la muerte. 


El desembarco del nazismo criollo. La coronación de los sueños de los peores hombres de este país. Querían muertes, torturas, desapariciones, campos de concentración, robos, violaciones, humillaciones, mutilaciones, censuras, extorsiones, querían todo eso y mucho más y lo lograron. Seguramente todas las sociedades en algún momento de su historia tocan fondo, descienden a los infiernos. Bueno, a nosotros nos tocó el 24 de marzo de 1976.


Es nuestra responsabilidad recordar aquella hecatombe social que vivimos para que aquél veneno que inocularon en las venas abiertas de la sociedad no nos envenene más. Que nadie olvide que no dejaron delito por cometer. Que el terrorismo de estado no es una tormenta de la naturaleza y que por el contrario es un producto malparido por la sociedad en la que vivimos. Que un genocidio tiene mil explicaciones y no tiene ninguna.

Esta claro que no adhiero a la teoría de los dos demonios. Nunca lo hice. No se puede ni comparar la responsabilidad de un estado que utiliza una maquinaria industrial para aniquilar a sus enemigos con la culpa de las organizaciones civiles que apelaron a la lucha armada para llegar al poder y establecer el socialismo. Si condeno por igual cada uno de los crímenes. Cada muerte es despreciable y repudiable no importa quien sea la víctima ni el victimario. Las atrocidades de lesa humanidad cometidas por las Fuerzas Armadas ya están condenadas como corresponde por la historia y por la justicia de la democracia. Pero falta un debate profundo y valiente sobre la utilización del fusil en la política. Es cierto que los vientos guevaristas de la época diseminaron la guerrilla entre los jóvenes del continente. Es verdad que en aquellos tiempos la democracia tenía apenas un valor formal. Era burguesa o escenario de la partidocracia. Eso decían los combatientes del ERP o Montoneros. 



Pero cada vez se hace mas necesario reconocer desde los protagonistas que fue una verdadera locura apelar al foquismo, a las bombas y a los tiros. No solamente fue un error táctico como reconocen algunos. Fusilar a un policía en la calle o tomar un cuartel por la fuerza en democracia también fueron violaciones a los derechos humanos que finalmente aceleraron el golpe de estado para beneplácito de los sectores económicos mas poderosos encarnados en la figura de Jose Alfredo Martínez de Hoz. 


Y si seguimos profundizando el análisis y apelando a la autocrítica debemos decir que una parte importante de la sociedad civil respiró aliviada cuando los militares asaltaron el gobierno. No había conciencia profunda del verdadero significado de la palabra democracia ni del concepto de derechos humanos. 


Tambien es justo decir que era muy difícil saber que los golpistas de Videla, Massera y su banda criminal iban a utilizar todas las formas de la muerte. Por shock eléctrico, por inmersión, por fusilamiento, por incineración, por sofocación, arrojando gente desde los aviones, sepultado seres humanos vivos en fosas comunes. No hay imaginación tan siniestra que pueda comprender los asesinatos y secuestros de niños, las torturas a embarazadas, a discapacitados, los tormentos a abuelos delante de sus hijos o nietos y las venganzas sobre familias enteras. 

Eran tiempos en que según Eduardo Galeano los argentinos nos dividíamos en cuatro especies: los aterrados, los desterrados, los encerrados y los enterrados. 

Por eso es una fecha para no olvidar jamás. El ejercicio de la memoria es sinónimo de salud mental para una sociedad. Para que el golpe no nos siga golpeando. Para que todos sepamos lo que nos pasó. Para que no nos vuelva a pasar. Nunca más.



fuente: Continental

miércoles, 23 de marzo de 2011

ABOGADOS QUE DEFENDIERON PERSEGUIDOS, SIN PREGUNTAR COMO PENSABAN

de Luis Agustin J Brasesco


  Esta semana se la ha denominado de la *Memoria* como recordación del genocidio ejecutado por los militares en el poder en nuestro país, para no olvidar la masacre del genocidio , para repudiarlo y  sacar enseñanzas.-

           En esa noche oscura de nuestra historia, no era fácil defender la libertad, la mayoría presa del miedo o de la indiferencia apostaba a no ver, no ayudar, a no ser solidario y fundamentalmente a no quedar mal visto - porque costaba muy caro- por la inteligencia militar. Sin embargo había a lo largo y ancho del país, personas que desafiaron el miedo, que pusieron sus vidas al servicio del derecho y salieron a defender personas que estaban a posposición del P.E.N o de la justicia, a rastrear a los detenidos sin tenerse noticia donde estaban, a ser contención de familias desesperadas porque ignoraban el destino de sus hijos, hermanos,esposos, esposas e hijitos chiquitos diríamos bebes. Sufrieron persecuciones, atentados, algunos quedaron en el camino asesinados, otros tuvimos la suerte de seguir con vida. Digo seguimos porque yo era uno de ellos, quizás el alumno de los abogados mayores, maestro en la defensa de presos políticos, sindicales,sociales, en fin perseguidos por el poder omnimodo de los mandamas, arbitrarios y totalitarios.-

            En una gran orfandad, en Paraná (Entre Ríos) donde un puñado de personas que ejercían la abogcía rebajábamos en este quehacer, recordando  entre otros y perdón por alguna omisión que quede flotando,a los letrados Dr. Eduardo Solari, Dr Francisco Perette,Dr Rodolfo Parente (padre) Dr. Ascua (padre), Dr. Juan Garayalde,Dr. Oscar Gonzales (cariñosamente llamado *moco*) Dr. Coco Haimovich,Juan Antonio Tardelli. Caminamos comisarias, oficinas militares, hablamos hasta con el Tribunal Supremo de las Fuerzas Armadas,Ministro del Interior, buscando justicia. Solos en ese camino, ayudados por anónimo soldados de la libertad,personas humildes que guardamos en un gran secreto sus nombres, que nos hacían llegar informes que nos eran útiles para la tarea en que estábamos empeñados, entre ellos  voy a nombrar a un gran colaborador en mi trabajo  y es el ya fallecido Angel Vivanco, Secretario General del Gremio de Camioneros de Entre Ríos, quien mas de una vez transportó a perseguidos en camión a través de compañeros suyos  a Brasil y denostándolos  en Conventos  religiosos, también a Monseñor  Metz y al  Párroco de la Iglesia del Sagrado Corazon de Jesus  de Paraná, el padre  Diyacobo que socorría a curas muy jovencitos que caian a su parroquia en horas de la noche a pedir auxilio porque lo estaba buscando la fuerzas de seguridad y ahí aparecía Vivanco y se organizaba la salida del país.-

            El padre Metz siempre iba al estudio del Dr Francisco Perette, porque de esa forma no despertaba sospechas, pues eran hombres del fútbol que habitualmente se reunían por problemas de la Liga paranaense de Football y era cuando volcaba todo lo que sabia o se había enterado. Así caminabamos, así trabajabamos, nos trasladabamos a cárceles, recuedo los viajes junto al Dr Educardo Solari sin ayuda económica de nadie y estando controlados permanentemente.-

           Un noche tembló mi casa de familia y mi estudios, una bomba de alto poder explosivo explotó,  hubo destrozos materiales grandes y un perjuicio en la salud de mi hija que fue  superado. La mano de Dios evito una masacre, no era un aviso,simplemente el cumplimiento de una sentencia que no logró su objetivo. la muerte mía y de mi familia.-

           No había abogados para defender perseguidos, eran pocos, yo he nombrado a quienes trabajabamos en equipo o nos anudábamos mutuamente, se que había otros en nuestro Entre Ríos.-

          Yo me he visto en la  obligacion en estos días de recordar a quienes ya nadie los nombra, a quienes desafiando todo el peligro, sufriendo el castigo de la merma del trabajo profesional, quienes fueron victimas de atentados criminales
cumplieron la misión de defender a los que nadie quería defender, de defender a todo perseguido fuere el color político que fuere, a los que siempre tuvieron las puertas abiertas de sus estudios para recibir los perseguidos y sus familiares.

          Honor a  a los que defendieron a los perseguidos. Satisfación inmensa de ser custodios de la democracia en una lucha mas que peligrosa y silencio en su recordación.-

           Como  ayer cuando actuabamos somos pocos los que recordamos.-