Mostrando entradas con la etiqueta la palabra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta la palabra. Mostrar todas las entradas

sábado, 29 de octubre de 2011

UN ALEGATO EN PRIMERA PERSONA. Por Christian Sanz


La victoria de Cristina Kirchner es la postal de la tragedia para el periodismo


Finalmente, Cristina ganó. Nada nuevo bajo el sol, solo lo que se preveía. La gente festeja... ¿la gente festeja? Bueno, algunos al menos lo hacen.

No es el caso de este periodista, ni de quienes trabajan en este medio. El motivo es bien sencillo: desde que el kirchnerismo ha llegado al poder, los hombres de prensa hemos sufrido un hostigamiento fuera de lo común, a través de incesantes inspecciones,querellas penales, manipulación de la pauta oficial, hackeos informáticos y hasta amenazas directas e indirectas. Nada le ha faltado al oficialismo a la hora de hostigar al periodismo (puedo hablarin extenso en primera persona acerca de cada uno de esos tópicos).
Pretender en estas horas que alguien que ejerce el periodismo independiente se alegre por el triunfo del kirchnerismo, es ingenuo. Hay respeto desde este espacio, sí; especialmente hacia aquellos que votaron la continuidad de este modelo. Pero no más que eso.
Bastante han debido purgar los periodistas no oficialistas por los caprichos de un Gobierno que no tolera la crítica, que protege al extremo la corrupción de sus propios funcionarios y que solo escucha los dictados de su propio relato.
¿Le hace bien a la democracia semejante situación? ¿Acaso debe callar el periodismo frente al delito?
Si no hubiera habido prensa crítica en estos años, si solo existieran medios adictos al oficialismo, ¿hubieran explotado públicamente escándalos de la talla de Skanska, Southern Winds, Shocklender-gate, triple crimen, Antonini Wilson, mafia de los medicamentos, Indec, Inadi y tantos otros? ¿Qué tan saludable para el republicanismo argentino hubiera sido que todo ello no saliera a la luz?
Si avanza en la Argentina la idea de un periodismo militante, como quiere el kirchnerismo, donde los hechos fácticos pierden relevancia frente al avance de la “construcción del relato”, se diluye por completo la idea de lo que debe ser la prensa por definición. Paradójicamente, quien ha brindado uno de las mejores descripciones del “deber ser” de la profesión periodística ha sido Horacio Verbitsky, actualmente uno de los escribas más eficaces del poder K. “Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa. El resto es propaganda", advirtió Verbitsky antes de que los Kirchner llegaran al poder.
Esa frase tendría que estar enmarcada en la memoria de quienes hoy deshonran a la profesión a cambio de paladas de dinero proveniente de la pauta oficial. Hace unos años eran pocos periodistas, pero hoy abundan a través de varias docenas de medios de comunicación, especialmente aquellos vinculados a empresarios oficialistas comoSergio Szpolski, Gerardo Ferreyra, Rudy Ulloa Igor, Matías Garfunkel, Raúl Moneta, Daniel Vila y tantos otros.
La mayoría de esos colegas no duda en mentir cada día a efectos de agradar al poder de turno, a través de sitios como Télam, Radios Nacional, Belgrano y Del Plata; diarios El Argentino, Página/12, Tiempo Argentino y Miradas al Sur; y revistas El Guardián y Veintitrés. También hay muchos otros medios y programas de televisión —algunos de ellos producidos por Diego Gvirtz— que se encargan de hacer el mismo trabajo sucio. Siempre por dinero, ojo, jamás por ideología.
La prueba de ello es que esos conglomerados están al tope de quienes cobran dinero en concepto de propaganda del Estado. Peor aún, la mayoría de esos medios no podría subsistir si no los financiaran con grandes sumas de dinero.
En sentido proporcional al chupamedismo, quienes trabajan allí, jamás serán víctimas de amenazas, aprietes o querellas judiciales por parte del poder. Todo será color de rosa.
Es cómoda la situación de esos periodistas, pero también es egoísta. Solo les interesa su propio bienestar personal, aunque la sociedad explote ahogada por la corrupción imperante. Hay que mencionar que esto finalmente resultará cual búmeran que les volverá en contra más temprano que tarde. Solo hay que tener paciencia y memoria.
Finalmente, de más está aclarar que los que estamos alejados de esa postura, sufrimos el ataque permanente y hasta el intento de ahogo financiero por parte del poder de turno. Quienes siguen día a día lo que se publica en este sitio —nacido en el "lejano" 2003— han podido apreciar en más de una oportunidad de qué se tratan esos embates oficiales. A quienes recién lo conocen, basta que utilicen el buscador del mismo, ya que gran parte de esos ataques han sido denunciados judicial y periodísticamente.
En fin, es el precio a pagar por la coherencia del trabajo honesto y sin cambios de discurso. Es acaso el castigo que los periodistas independientes deberemos soportar durante otros cuatro años.
Por ello, la pregunta se torna inevitable: la victoria de Cristina, ¿merece algún tipo de festejo?

Christian SanzTwitter: @cesanz1

FUENTE: TRIBUNA

jueves, 13 de enero de 2011

El riesgo de las palabras indiscutibles. Por Santiago Kovadloff



La tragedia de Tucson debería ser aleccionadora. No sólo para los Estados Unidos. Lo que allí sucedió pone sobre el tapete, una vez más, la necesidad de reconsiderar la relación entre las palabras y los hechos.
En los regímenes dogmáticos, el sentido de las palabras está congelado. En las democracias, ese sentido está sujeto a revisión periódica. Ello permite disidencia y debate. E impone la necesidad de ser persuasivos. En las democracias, no se convoca a la obediencia, sino al ejercicio de la convicción. Cuando ello no ocurre, cuando las palabras se vuelven portadoras de contenidos indiscutibles, la democracia tambalea. Y mucho cuando esa rigidez se traduce en hostilidad hacia quienes no se subordinan a los planteos dogmáticos.
Quienes presumen que entre las palabras y los hechos hay una distancia abismal ignoran o pretenden ignorar hasta qué punto los hombres están hechos de palabras. El episodio de Arizona podría haber pasado por una de esas tragedias con que las expresiones extremas de la patología individual sacuden a Estados Unidos. Lo que aconseja no entenderlo así es que ese crimen está enmarcado en un momento de intensa violencia verbal en la vida política de ese país. ¿Hasta qué punto lo sucedido no ha sido alentado por esa retórica que llama al antagonismo sin cuartel y que hoy contamina la expresión de tantos dirigentes políticos? No pretendo con esto establecer intransigentes relaciones causales. Sí advertir la interdependencia que hay entre las palabras que dicta el desprecio y los hechos que en ellas se inspiran.
La violencia verbal suele ser el preámbulo de la violencia física. Lo prueba el desarrollo de cualquiera de los totalitarismos conocidos. Una de las características sobresalientes de esa violencia verbal, en el orden político, es la concepción del adversario como enemigo. Las dirigencias intolerantes, las ideologías a las que repugna el espíritu crítico, están preñadas de imágenes agresivas y alientan, en las sociedades donde actúan, un creciente sentimiento de fragmentación cuyo eje es la distinción entre réprobos y elegidos. Donde esto ocurre prospera la intolerancia y abunda la sospecha que cae sobre todo aquel que se atreve a disentir. Es allí donde queda despejado el terreno para concebir la violencia física como complemento de una fe justiciera.
Palabra democrática
En un mundo signado como el actual por la multiplicación de los medios de comunicación, la incidencia de las palabras en la formación de la opinión pública es más profunda que nunca. Si su contenido está cargado de hostilidad, si la descalificación del adversario gotea incansablemente sobre la sensibilidad de oyentes, cibernautas, lectores y televidentes, muchos serán los enardecidos que quieran terminar, de una vez por todas, con el mal que se pregona.
Nada más lejos de semejante extremismo que la auténtica palabra democrática. En ella, la disidencia, la severidad de la discrepancia no bordearán jamás la orilla del desprecio. La palabra democrática lo es en la medida en que busca ser equidistante de los extremos. Y eso no va jamás en desmedro de su firmeza. En cambio, cuando la disidencia se convierte en intolerancia, arranca el ejercicio de la política al campo del intercambio imprescindible. Con ello, la acción de los hombres es devuelta al terreno del primitivismo. Y en él no hay otra ley que la de la fuerza bruta ni otra brújula que la pasión desenfrenada.
La lección de Tucson es clara. Quien concibe a sus opositores legítimos como seres despreciables y peligrosos por las ideas que defienden, se aparta del escenario democrático. El dogmatismo exige, para sobrevivir, la condena de toda diferencia.
El rédito político de la palabra beligerante radica en que sus simplificaciones cautivan a muchos. Bien lo saben los líderes que se postulan como iluminados. Bien lo saben quienes están dispuestos a dar sus vidas por esos liderazgos, en los que delegan la responsabilidad de entender y pensar. Lo sucedido en Arizona insiste en interrogarnos. En la Argentina contemporánea, estamos lejos de ver afianzado el diálogo entre oficialistas y opositores. Ese ámbito lo ocupa entre nosotros el monólogo; ese monólogo que suele desbarrancarse hacia la descalificación recíproca.
No puede sorprender esta pérdida de conciencia del valor dialógico de las palabras. La nuestra es una cultura de escasa sensibilidad hacia la reflexión. La pobreza conceptual del presente ha convertido a buena parte de la dirigencia democrática en vocera de un simplismo aterrador. El miedo al pensamiento arrastra a la simplificación extrema de los significados, el suelo donde irrumpe, tarde o temprano, la violencia verbal.