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domingo, 4 de septiembre de 2011

El manual de estilo del kirchnerismo. Por Joaquín Morales Solá


La kirchnerología sostiene que un "gen suicida" convive con los gobernantes de los últimos años. Ese gen, dicen, se despierta, abrupto y maniático, cuando más vida política hay. La crisis del Gobierno con la prensa en los días recientes no tiene ninguna explicación racional, salvo que haya triunfado en el oficialismo el increíble propósito de arruinar su propia fiesta. Preexiste, sí, un viejo proyecto que se resume en la construcción de un periodismo unánimemente oficialista. Pero, ¿por qué forzaron justo ahora esa batalla? ¿Por qué lo hicieron el mismo día en que debían informar de un triunfo electoral de Cristina Kirchner superior al que había registrado el escrutinio provisional?
El manual de estilo del kirchnerismo es conocido. El primer paso es un duro ataque al periodismo por parte de un ministro que cuenta con la inconfundible confianza presidencial. En este caso, ese papel fue cumplido por el ministro del Interior, Florencio Randazzo, que acusó a La Nacion y a Clarín de haber creado un clima sobre irregularidades en las elecciones del 14 de agosto. La Nacion no publicó ninguna denuncia sobre anomalías electorales hasta que la jueza electoral de la Capital, María Servini de Cubría, informó que había abierto una urna y había encontrado 22 votos de Ricardo Alfonsín que no estaban consignados en el acta correspondiente.
La oposición sumó luego nuevas denuncias a esa constatación de la magistrada y otro juez electoral, Manuel Blanco, de la provincia de Buenos Aires, denunció que hubo en su distrito "graves irregularidades". La Nacion informó de ambas cosas. ¿Dónde estuvo el supuesto delito del periodismo? ¿Qué delito habría cometido la prensa, en cualquier caso, si la revelación de esas irregularidades hubiera sido el resultado de una investigación propia? ¿No son, acaso, esas revelaciones del periodismo las que producen vida y calidad en cualquier democracia avanzada del mundo? En el actual caso argentino, de todos modos, existió la denuncia de una importante instancia judicial antes que nada.
La propia jueza Servini de Cubría informó públicamente, cuando ya había estallado el escándalo de Randazzo, que el día de las elecciones descubrió a personas no habilitadas por la Justicia en los centros de votación. Llevaban una identificación con el nombre de la empresa Global TI; después podían leerse las siguientes dependencias: Presidencia de la Nación, Ministerio del Interior, Correo Argentino. Eran supuestos "orientadores electorales", pero la jueza no sabe si servían para orientar sobre la mesa de votación o sobre a quién se debía votar. Los echó a voz en cuello.
Es un hecho espurio y gravísimo que vi con mis propios ojos , dijo la magistrada. Esos "orientadores" tenían libre acceso al padrón y, por lo tanto, a los datos personales de los argentinos.
Las elecciones se celebran como una misa que tiene sus oficiantes y sus reglas. Participan jueces electorales, comando electoral, delegados electorales de la Justicia, fuerzas de seguridad, presidentes de mesa designados por la Justicia y fiscales aprobados por los jueces. Ni siquiera una ONG con las mejores intenciones, o la Defensoría del Pueblo, podrían participar en el lugar de los comicios sin la aprobación de la Justicia.
El caso sepultaría el proyecto oficial de crear una agencia autónoma electoral, como la que tiene México, para sacarle el control de las elecciones a la Justicia. El kirchnerismo ha colonizado todas las autonomías, incluidas la del Consejo de la Magistratura o la del Banco Central.
Randazzo cometió un segundo error, después de criticar sin razón a los principales medios periodísticos argentinos. Señaló personalmente a un periodista (Mariano Obarrio, de La Nacion) como autor de falsedades que no fueron tales. El Gobierno ha vuelto a cruzar un límite muy peligroso, como es el señalamiento personal de periodistas. Tiene derecho a desmentir una información errónea o a explicar su propio punto de vista, aunque fuere muy distinto del de algún medio.
Sin embargo, carece del derecho de agraviar a los medios y de marcar a los periodistas con nombres y apellidos. Los periodistas no se mueven, como los funcionarios, en automóviles oficiales ni rodeados por aparatosas custodias. El kirchnerismo es una cantera inagotable de fanáticos que andan sueltos (o no tan sueltos), dispuestos a perpetrar la venganza personal en nombre de modelos, de líderes fundacionales o de cruzadas ideológicas. Ese es el peligroso límite que atravesó el ministro del Interior.
El manual de estilo se cumplió hasta el final. Amado Boudou, Aníbal Fernández y Carlos Tomada, entre otros, formaron fila luego para agraviar a los medios y a periodistas. Ninguno de ellos está habilitado para hablar sin el consentimiento presidencial, mucho menos en tiempos en que la Presidenta quiere repetir en octubre las elecciones de agosto, o mejorarlas.
¿Qué llevó entonces a Cristina Kirchner y a sus fontaneros a provocar una crisis absolutamente innecesaria? ¿Qué empujó a la Presidenta a quebrar con la prensa las ondas de amor y paz, puramente electorales, que despliega ahora hasta con Mauricio Macri?
La política le ha puesto un nombre al proyecto oficialista de domesticar a los críticos. Lo llama lamendigurización de todos los discursos públicos. Se refiere a la política y al contenido discursivo del presidente de la Unión Industrial, Ignacio de Mendiguren. El líder industrial elogia al modelo, a la Presidenta y a su marido; se olvidó de la inflación, de la seguridad jurídica, de la falta de inversión y de las políticas estatistas que los empresarios critican en la intimidad. Desde las últimas elecciones, se parece más a un funcionario que a un dirigente sectorial. Lo que yo tengo que hacer es influir y no criticar , explica De Mendiguren. Es la mejor definición de un lobbista.
Capaz de zamarrear al presidente de la Sociedad Rural para agradar al Gobierno, o de difundir que lo hizo, el estilo de Mendiguren muestra, sin embargo, algunas conquistas. Al parecer, la Presidenta se inclinó por él y no por Hugo Moyano en el tramo final de la larga negociación por el aumento del salario mínimo.
Cristina Kirchner le prometió también a Mendiguren que no permitirá aumentos salariales de más del 10 por ciento durante el año próximo. El objetivo es muy ambicioso; el aumento salarial promedio de este año fue del 27 por ciento. Mendiguren muestra esos triunfos como propios, pero quizá se deban, también, a que el Gobierno es consciente de que la crisis internacional llegará a la Argentina en 2012.
Esa política de cierto realismo explicaría al mismo tiempo las últimas tensiones con Moyano. Amenazado por sus pares del sindicalismo, fisgoneado por los jueces y abandonado por el Gobierno, al jefe cegetista podría no quedarle otra salida, ya débil, que entenderse con el cristinismo. La aparente reconciliación de Moyano con la Presidenta sucedió en el acto, después de que Moyano tocó la melodía que Cristina Kirchner quería escuchar. Según la hoja de ruta oficialista, la próxima etapa de la mendigurización del discurso es la prensa.
Un conflicto que no existió. La obsesión por el discurso público. La política está en otra cosa. O estaba demasiado distraída cuando Candela Rodríguez, de apenas 11 años, se convirtió en otra muerte inexplicable en la Argentina cruel y dramáticamente sanguinaria. Hay explicaciones de todo tipo. Mafias. Piratas del asfalto. Narcotráfico.
¿Qué pudo haber hecho ella, Candela, a los 11 años para caer presa de monstruos sin alma ni medidas? Nada. ¿Por qué existen aquellas mafias, impunes? ¿Por qué la policía es tan inepta? Silencio. Toda la política y ningún político pueden explicar por qué sucedió otra muerte inútil en un país históricamente devastado por la muerte.
Fuente: La Nación

miércoles, 27 de julio de 2011

Periodismo de Estado. Por Pablo Mendelevich



Sostiene el kirchnerismo que el "periodismo militante" es verdaderamente virtuoso -al revés del periodismo convencional o profesional- porque defiende ideas sin tapujos. De acuerdo con esta visión, no hay periodistas que no se dediquen a imponer sus ideas. Todos tienen una ideología, acicatean. Pero los llamados profesionales predican en forma encubierta con el cuento de informar con rigor mientras sirven a los intereses particulares de los patrones para los que trabajan. En cambio, los periodistas militantes tienen la honestidad de actuar con sus preferencias a la vista: dicen lo que piensan. De modo que aquel grupo -sigue el razonamiento- es el de los deshonestos, y éste, el de la militancia asumida, se nutre de la franqueza.
Semejante reinterpretación de la faena periodística, que busca presentar el saber profesional, la búsqueda de la verdad y la utopía de la objetividad como meras hipocresías, parte del presupuesto, entonces, de que toda práctica del periodismo conlleva militancia, sólo que unos la blanquean y otros -los tramposos- la contrabandean (o, peor aún, a veces ni siquiera saben que ellos mismos son mercenarios).
Véase qué curioso, qué extraña casualidad: no sólo los alineamientos morales están polarizados según se admita o no que la mochila ideológica va por delante de cualquier otra cosa; también la distribución del conjunto de los periodistas por corte ideológico encaja en los polos desde los cuales se mira al Gobierno.
Por algún motivo nunca bien explicado, quienes blanquean sus preferencias políticas no apoyan al partido A, al B o al C, sino, exclusivamente, al Frente para la Victoria: son devotos del gobierno kirchnerista. Los otros tampoco tienen diversidad ideológica alguna. Están consagrados al unísono a defender a "las corporaciones".
Desde luego, este planteo revela un maniqueísmo pueril, articulado con la fantasía de la antinomia universal que la doctrina K expande no sólo entre los medios y los periodistas, sino también por todos los rincones de la vida argentina, sea la política, el empresariado, la cultura, el fútbol, las organizaciones intermedias y hasta los clubes de barrio. Pero, además, en esa cartografía de la prensa hay una falacia monumental, aun más sustantiva que el sesgo propagandístico de los torrentes informativos uniformados: la gran falacia consiste en llamar periodismo militante a lo que en realidad es periodismo de Estado.
Sin el Estado, sin el sostén económico del Estado -ya sea de modo directo en Télam, Canal 7, Radio Nacional o en los medios privados subsidiados por la publicidad oficial-, el denominado periodismo militante no asoma hoy por ninguna parte. El periodismo militante es estatal y paraestatal o no es. Luego, el asunto no pasa por ninguna cruzada militante, sino por el Estado, por su poder omnímodo y sus recursos infinitos.
Hay motivos para suponer que si llegara a cambiar el gobierno, si el kirchnerismo se estrenara en el llano, su concepción del periodismo se desmoronaría en un santiamén. Primero, la única fuerza política que habla de las bondades del periodismo militante perdería el control, obviamente, del sistema estatal de medios. Y segundo, los medios privados ligados al Gobierno se verían obligados a buscar nuevas fuentes de ingresos, tarea nada sencilla cuando se carece de audiencias robustas. Si el chorro se cortara, ¿de qué vivirían los medios kirchneristas hoy sostenidos con las subvenciones que distribuye la Casa Rosada bajo la forma de publicidad oficial?
Algunos kirchneristas dicen que el periodismo de Estado es imprescindible para compensar el poder desmedido de los grupos concentrados. En formato coloquial, el argumento del espejo redentor suele ser enarbolado cuando alguien osa criticar, por ejemplo, el estilo faccioso de 6, 7,8, programa insignia del más oficial de los canales estatales. "¿Y acaso TN no hace lo mismo?", replican los pertinaces antagonistas del Grupo Clarín.
Lo notable es que quienes en nombre de las luchas antimonopólicas declaran genuino el desarrollo de un periodismo de Estado, quienes consideran que está bien que desde el Estado se fustigue a los periodistas críticos porque la prensa privada no oficialista -según ellos- desfigura la realidad cuando informa, en el terreno de los derechos humanos sostienen exactamente lo contrario. Junto con su rechazo del terrorismo de Estado, el kirchnerismo repele, con buen fundamento, la llamada teoría de los dos demonios, en la convicción de que el terrorismo estatal y los terroristas, digamos, particulares, no son equivalentes (lo que no significa que los crímenes de la guerrilla, agregamos, deban ser ignorados). Es cierto, si el Estado asesina no queda más nada. El peor totalitarismo lo conocemos, sucedió durante la dictadura. Incluso, a escala artesanal despuntó en los dos años anteriores a 1976.
Ahora bien, si se entiende que el terrorismo de Estado es mucho peor que cualquier otro terrorismo, ¿por qué no se advierte en forma análoga que el periodismo de Estado es más peligroso para la salud de la democracia que cualquier mala práctica periodística privada? Desde luego, en un caso se trata de crímenes atroces y masivos y en el otro de hostigamientos, campañas de desprestigio, bloqueos, difamaciones y discriminaciones contra medios particulares y periodistas. Hay un abismo entre la distinta gravedad de esos dos hechos, así como en los contextos, dictatorial uno, constitucional el otro. Pero como el terrorismo de Estado, el periodismo de Estado se origina en la tentación de utilizar el poder público para pasar por encima de las leyes preexistentes y de los jueces con el pretexto de que el enemigo que acecha es diabólico y que debe ser vencido para que todos sobrevivamos y abracemos nuestro merecido destino de grandeza.
Las cruzadas organizadas en nombre del Bien suelen menospreciar los métodos utilizados para llevarlas a cabo. Con la vara del pasado, afortunadamente, la violencia aplicada ahora resulta infinitesimal, apenas tiene dimensión patoteril. Pero ese "progreso" tan celebrado no implica que descalificar, hostigar, perseguir y amedrentar a la prensa no adicta desde el Estado o desde organizaciones y voces paraestatales resignifique esos verbos. Sobre todo cuando existe experiencia de sobra, demasiado dramática, acerca del Estado argentino, de los enemigos demoníacos y de la subestimación de los métodos para enfrentarlos.
© La Nacion