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miércoles, 9 de marzo de 2011

Los límites de la mitología oficialista. Por Joaquín Morales Solá

El peronismo es una cantera inagotable de mitos. Cristina Kirchner está siendo elevada al altar de la izquierda justicialista junto con Eva Perón y por obra y gracia de Hebe de Bonafini. Héctor Cámpora, que fue un simpático conservador de Buenos Aires, ya fue izado al panteón de la izquierda justicialista. El propio Néstor Kirchner, fundador de una considerable fortuna familiar gracias a la generosidad del Estado, es el ícono actual de la progresía argentina más fanática. El peronismo gobernante se ha olvidado un poco de Perón, es cierto, pero éste murió demasiado viejo como para convertirse en mito.



Pasado mañana, la Presidenta se cubrirá con su atuendo de militante para celebrar otro aniversario del triunfo electoral de Cámpora. La rodeará poca gente del peronismo histórico, salvo Hugo Moyano, que no está en condiciones judiciales de decirle que no a nada. La convocatoria está hecha por organizaciones de izquierda que corren paralelas al peronismo. Muchos de sus integrantes formaron parte de los viejos grupos armados, que Perón envalentonó en el exilio y desahució en el poder. Cámpora fue hijo de sus circunstancias y de su débil carácter; por eso se vio convertido en un símbolo revolucionario cuando no era más que un módico político bonaerense, que en el fondo cultivaba ideas moderadas. Hizo su carrera adulando al jefe o a la jefa, a Eva Perón en aquellos tiempos.
Cámpora es un mártir sólo porque su partido y su jefe, Perón, lo despidieron de la presidencia de la Nación, que había ganado legítimamente, como a una secretaria indolente. Tampoco él se resistió, debe aclararse, a ese maltrato. Perón y el peronismo despreciaron ostensiblemente la fórmula que la sociedad había votado apenas tres meses antes. Cámpora se dejó llevar por el espíritu de la época, creyendo que cumplía con su jefe, pero éste ya estaba en otra cosa: quería disolver a sangre y fuego a las organizaciones guerrilleras a las que les había dado aire desde Madrid. Esas confusiones de la historia terminaron por beatificar a Cámpora en tiempos kirchneristas y por condenar a Perón al silencio.
Pasa algo parecido con la Presidenta. Ni sus gustos, ni su fortuna, ni su manera de tratar a sus colaboradores, ni sus formas feudales en Santa Cruz la colocan a la izquierda de nada. Su condición de símbolo de la izquierda es una creación extravagante de la Argentina y de cierto peronismo (más de ese peronismo que de otra cosa). No es casual que los que más han criticado al matrimonio Kirchner en los cables secretos difundidos por WikiLeaks hayan sido dos gobiernos socialistas de América latina como los de Michelle Bachelet y Tabaré Vázquez. Estos ex mandatarios, auténticas expresiones de la nueva izquierda latinoamericana, nunca aceptaron a los Kirchner como propios. Bachelet les reprochó sus escasos apegos institucionales y un ministro de Tabaré Vázquez calificó al gobierno kirchnerista de "fascista". Es lo que devuelve el espejo argentino cuando se lo mira desde la distancia, sin el barullo que arma el kirchnerismo dentro del país.
La Presidenta no quiere acercarse a dirigentes como Hugo Curto, un ex metalúrgico que gobierna Tres de Febrero con avalanchas de votos, o a Jesús Cariglino, intendente peronista de Malvinas Argentinas, porque son representantes de la "vieja política". Pero ¿son mejores que ellos Emilio Pérsico, Edgardo Depetri o Carlos "Cuto" Moreno, organizadores del acto del viernes, cultores incansables del setentismo gobernante? Hay una sola diferencia: Curto y Cariglino no recurren a los escraches para resolver la política; los otros tres lo hacen con mucha frecuencia, aunque no ponen la cara, pero aportan la logística de los escraches y los escrachadores.
La familia Kirchner tiene el derecho de hacer de la imagen de Néstor Kirchner lo que quiera, siempre que la construcción de ese mito no le signifique erogaciones al Estado. Nadie sabe quién pagará la película del uruguayo Adrián Caetano sobre el ex presidente, que se estrenará, por supuesto, antes de las elecciones de octubre. Hasta ahora sólo se conoce que el increíble aviso publicitario hagiográfico de Kirchner (que se difundió junto con los partidos de fútbol) fue financiado por el gobierno nacional. La historia se repite, incansable: el culto a la personalidad fue siempre una subvención del Estado y nunca una inversión privada.
¿Cuánto duran los mitos impuestos por el poder? Nadie en la calle habla ya de Néstor Kirchner, como no es frecuente el recuerdo de Raúl Alfonsín, aunque la muerte de éste provocó una reacción popular más espontánea que la del esposo de la Presidenta. El propio Ricardo Alfonsín debería saber que deberá ganar las elecciones, si es candidato, con más pergaminos que la condición de hijo de su padre. Las sociedades nunca votan por el pasado, sino por una cierta noción, certera o no, del futuro.
Cuentas pendientes
Mitología aparte, Cristina Kirchner deberá explicar como candidata la condición indomable de la inflación, que analistas privados ya la sitúan, en el segundo mes del año, entre el 21 y el 25 por ciento anual. Faltan todavía las paritarias, los aumentos salariales y el decurso de la crisis económica mundial en el marco del profundo conflicto político en los países petroleros del mundo. Deberá explicar, también, por qué ordenó desactivar hasta la inexistencia la Fiscalía de Investigaciones Administrativas, que es la auditoría interna de la administración. La Auditoría General de la Nación, que acaba de iniciarles juicio a varios organismos del Estado por retacearle información, es la auditoría externa.
Ambas decisiones, la nulidad de la Fiscalía y el bloqueo a la Auditoría, son decisiones que se tomaron durante la administración de Cristina Kirchner, no en la de su esposo. Los mitos, cuando no son instintivas creaciones sociales, siempre terminan chocando con la inevitable constatación de la vida.


sábado, 5 de marzo de 2011

Cavilaciones en el ocaso de Julio De Vido

RECORDANDO AL ODONTÓLOGO HÉCTOR CÁMPORA




Los jóvenes que privilegia Cristina buscan espacios y los viudos de Néstor resisten como pueden. En tanto, la gestión del Estado sigue provogando interrogantes. Conducir una sociedad no es hablar con histrionismo ante la Asamblea Legislativa. Es bastante más que eso.


por ROBERTO GARCÍA
 
 
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Diario Perfil). Tanto evocar al peronismo de los '50 (ni hablar de los '70, las formaciones especiales y el éxtasis que promoverá el recuerdo del dentista Cámpora este 11 de marzo) que, por fin, hasta pueden replicarse situaciones de aquella década lejana. 
 
Al perseguir Guillermo Moreno a los economistas y consultoras, multarlos y eventualmente prohibir que brinden información estadística sobre los índices de inflación, algunos de los damnificados han imaginado una salida que, en materia radiofónica, ya tuvo antecedentes: montar en el Uruguay el servicio que Moreno veta en la Argentina y, desde esa tierra protegida, trasladar por Internet la peligrosa información sobre precios y costo de vida. Como hizo la “contra” desde Colonia en aquellas épocas ya remotas del primer peronismo en el poder, cuando se limitaban las expresiones políticas por la radio.
 
Con las prohibiciones suelen ocurrir desenlaces desagradables. Ya lo dijo Amado Boudou días atrás en el exterior: cuando se trata de intervenir y contener artificialmente los precios, se contrae la oferta. 
 
El sabio ministro de Economía debió haber usado ejemplos de esa perversión ocurridos en el mercado de carnes o el de la energía de su país. Pero, claro, como tantos argentinos, afuera procede distinto que adentro: en Miami nadie excede los límites de velocidad. 
 
Son mínimas perlas: el listado de desencuentros y contradicciones, en los últimos 15 días, son superiores, casi más graves. 
 
Y la pregunta obvia florece: ¿se trata de una estrategia desde la cúpula del Gobierno estimulando ataques que luego se mitigan si encuentran resistencias o, por el contrario, estos episodios se generan por el voluntarismo felpudista de aquellos que deciden saltar por cuenta propia al carecer de diálogo, control o conducción con la máxima autoridad? Conviene revisar el cambiante fenómeno.
 
Primero, hay que reparar en un cambio en las frecuencias que solían acercarse a la Presidenta: hay ausencias notables del sector empresario en relación con los tiempos de Néstor en vida. Algo semejante ocurre con los cuadros sindicales. 
 
Por supuesto, esa desatención se expresa también con los intendentes bonaerenses. A cambio, figuran como un entourage de la dama, medianamente impenetrable, la caparazón de Carlos Zanninicomo presunto numen intelectual y Oscar Parrilli, en sólido ascenso como burócrata organizador y hasta consejero; persiste el guardián Héctor Icazuriaga, ahora sin otras colaboraciones personales del organismo que preside (tan habituales con el finado), la rodean además el ministro Boudou yDiego Bossio, convertido en un profesional de las encuestas por la cantidad que contrata, tan interesado en el tema que hasta incorporó a uno de esos especialistas privados en la conducción de la Anses.
 
En esa cintura cósmica, ya no aparece Julio De Vido y nadie cree que se eclipsó por razones de salud. No es menor la cercanía de prometedores treintañeros ascendentes (varios, en directorios de compañías privadas como enviados de la Anses, con sueldos restrictivos, pero con posibles e infrecuentes ventajas), capitaneados por el desarrollador de La CámporaWado De Pedro, alineados con quien maneja la pauta publicitaria oficial, Juanmanuelito Abal Medina, el “mexicanito”, aspirante a número dos de Cristina y factotum –dicen– de la próxima visita de Cristina a México, para instalarse quizás en la casa del empresario megamillonario Carlos Slim
 
Quizás la mandataria le reclame alguna mirada inversora sobre la Argentina, no sólo visitas frugales (como las de su hija) para interesarse en el arte y circular sin custodios por las calles porteñas, donde nadie lo conoce, alternativa imposible en su país. Si consiente en trasladar fondos y empresas al país, distintos grupos de su rubro habrán de ponerse nerviosos. No sólo Clarín.
 
La influencia de este entorno en Olivos, más algunos secretarios personales, ¿es lo que determina en la gestión una estrategia de avances y retrocesos (teoría maoísta de avanzar dos pasos y retroceder uno)? 
 
O, quizás, ¿el fenómeno contradictorio del Gobierno se manifiesta por falta de conducción, instrucciones o cierta dispersión del poder? Veamos una última hilera de episodios para envolvernos en el tema:

Caso Vargas Llosa. La Presidenta debió cuestionar la actitud de sus colaboradores intelectuales que iniciaron una campaña para impedir la llegada del escritor peruano, bloquear su titularidad en la Feria del Libro o denostarlo por sus arrebatos contra los Kirchner (y los votantes de la Argentina). Ella entendió, como no lo entendieron los militares, que un país no suele beneficiarse peleándose con un premio Nobel. Así bajó los rugidos.
 
Caso Filmus. Luego de enviarlo al húmedo sótano y descalificarlo en los medios K como posible candidato del oficialismo, aparte de auspiciar otros postulantes (como el favorito Boudou o el siempre listo Carlos Tomada), hubo alguna jornada de reflexión. Y de pronto lo rehabilitaron como eventual aspirante a la jefatura porteña. Así pareció admitirlo ella misma en su discurso en el Congreso. Claro, las encuestas no reconocen a los dos elegidos previamente en Olivos, por lo tanto se regresa al paciente Filmus, hombre con piel achicharrada por venir de un partido en el que las sevicias del kirchnerismo son rasguños menores.
 
Caso Scioli (l). Lo avanzaron con las colectoras (o listas de adhesión) que le quitarán votos para hacerse reelegir. En su ayuda, también perjudicados, clamaron los intendentes. Se suspendió la ofensiva, medió Hugo Moyano. La relación entre el gobernador y la Presidenta era ríspida. Ella le habilitó una sonrisa. Tensa tregua.
 
Caso Scioli (II). Formidable despliegue en su contra por el control del área de Seguridad (y los negocios adyacentes). Ministros, asesores, colaboradores y simpatizantes mostraron diferencias presuntamente ideológicas con el gobernador, la ofensiva parecía alimentada en Olivos. Le querían vaciar la cartera a Scioli, le imputaron negocios, vincularon a empresarios y hasta empleados de esos empresarios con ciertos contratos, se empecinaron en reemplazar a Casal por Arias Duval. Scioli corcoveó por primera vez. Y Cristina hizo retroceder a quienes le rinden tributo, incluyendo a su ministra Garré: habló bien de Casal. Casi insólito.
 
Caso Télam. Su principal directivo autorizó un despacho hiriente contra la oposición, además de un panegírico sobre CFK, como si la agencia oficial fuera la secretaría de un partido político. Desde Presidencia voltearon el engendro. Ella mandó parar la fiebre y mostró disgusto.
 
Caso re-re. Se extendía la especie de una reforma constitucional para convalidar la perpetuación de Cristina. Inclusive, hasta alguna vocera oficial confirmó la pretensión luego del vaticinado triunfo en octubre. CFK se apartó de ese sino controversial, hizo chistes, a muchos les hubiera gustado que su respuesta fuera más convincente. Aún así, contuvo la vocación eterna de sus fieles.
 
Podría abundarse en otros ejemplos de errática conducta o propósitos desmesurados luego corregidos por una voz superior. La duda persistirá: ¿estrategia deliberada o voraces del poder que, por quedar bien con el trono, saltan al vacío porque nadie los instruye? Falla de quien no manda o carece del tiempo necesario para ocupar todos los espacios. 
 
Ni la mandataria esclarece ese comportamiento. Más bien, resuelve mientras camina, neutraliza señales inconvenientes y se concentra en ordenar que haya créditos hipotecarios antes de las elecciones, algún remedo semejante para alegría de las pymes (no sólo para algún multimillonario con tasa subsidiada de un organismo oficial), entusiasmo líquido para captura del voto. Legítimo, como en gobiernos anteriores: la gente entiende cuando le hablan con el bolsillo.