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domingo, 24 de febrero de 2013

Lanata: "Para el Gobierno, la muerte política cotiza más que la muerte civil"


El periodista reflexiona sobre el acto de los familiares de las víctimas de la tragedia de Once. "Al negar lo que sucedió el 22F, para ellos nunca existió", confiesa.


El periodista Jorge Lanata publicó en Clarín una reflexión sobre el primer aniversario de la Tragedia de Once y la reacción que mantuvo la presidenta Cristina Fernández de Kirchner durante todo este tiempo. Bajo el título"Cuando al dolor no se lo mira de frente", Lanata sostiene que "para el Gobierno, todo lo que se niega, no existe". 

"La reacción del Gobierno frente a las tragedias excede lo político y quizá haya que buscar en la psicología para comprenderla. El empecinamiento oficial pretende que, al negar la tragedia de Once, la tragedia no existe. No existe en el Congreso cuando Pichetto se escuda en el reglamento del consorcio o no existirá en los estadios cuando -aunque suene inverosímil- debe pedirse autorización a Fútbol para Todos para desplegar un cartel en cualquier tribuna.

La negación es un mecanismo de defensa del “Yo” que lo preserva de lo que no le gusta, de lo que no tiene capacidad para afrontar. El otro truco del “Yo” para defenderse de un entorno hostil es la proyección. Ambos se desarrollan en una etapa en la que el individuo está inmaduro y no puede enfrentar la realidad como se le presenta.", declara el periodista de Radio Mitre y El Trece. 

Una psicóloga citada por Lanata, sostuvo que la Presidenta extiende su negación al duelo: “Hace veintiocho meses que murió El y ella sigue de negro -dice-. ¿Qué significa eso, que no puede elaborar el duelo? ¿o que el interlocutor era esencial para su identidad? ¿se pregunta qué será ella sin El?”.

Al final de su columna, Lanata recordó un episodio que involucró a uno de los pocos familiares recibidos por la Presidenta, días después de la tragedia."Cuando la negación se convierte en negación sicótica, el individuo está afectado para captar la realidad. La negación sicótica es más común de lo que parece: el fumador, por ejemplo, sabe que podrá ser víctima del cáncer pero lo niega e incluso imagina que, al ser placentero, es favorable para su salud. La conciencia del dolor en Cristina Kirchner parece la de una persona ensimismada. Le tocó comprobarlo a Zulma Ojeda Garbuio, la madre de un joven de 32 años que murió en la tragedia. Zulma fue convocada por Parrilli al despacho de Cristina en la tarde del 6 de marzo: “Presidenta, usted está rodeada de pirañas y una es Schiavi”, le dijo.

“No hablés así de él, pobre, que tuvo un grave problema de salud como producto de este hecho”, le interrumpió Cristina.

La reunión cayó en un abismo cuando la Presidente le dijo, condescendiente:“Vos, ahora, hablás desde el dolor, pero todavía no sabés bien de qué se trata ”. La despreocupación por el presente pone en cuestión, también, la legitimidad de su declamada preocupación por el pasado: ¿existen “monopolios del dolor”? ¿desaparecen los muertos de Once porque se los ignore? El Gobierno sólo tiene memoria a largo plazo; la muerte política cotiza en bolsa más que la muerte civil y ambas están sujetas a la manipulación. Cristina parece estar rodeada de fantasmas: de hechos que no existen pero que no puede mirar a los ojos.

FUENTE: PERFIL

sábado, 23 de febrero de 2013

El largo camino del dolor. Por Beatriz Sarlo


Estación Once, nueve y media de la mañana. El primer acto del día ha terminado. Se descuelga el gran cartel que pide justicia. Sobre los indicadores celestes de la empresa, que dicen: "Estamos trabajando para brindar un mejor servicio. Disculpe las molestias", se destaca un rectángulo negro con letras blancas: "Maldita impunidad". Parece la intervención gráfica de un artista, alguno de los que, en el zócalo superior del hall, muestran sus obras sobre la catástrofe.
Para llegar a la línea de velas, encendidas sobre el borde del andén 2, se pasa frente a un austero abanico de rosas rojas. De uno y otro lado de estas flores, todos tienen una historia que contar: los familiares, los amigos, los vecinos, gente digna, firme, ajena a la verborragia. Un raro equilibrio, que ya impresionaba como excepcional desde el principio, cuando un padre y una madre que todavía no habían encontrado a su hijo mostraban la decisión de reconstruir la tragedia, saber realmente qué había pasado en ese amasijo de hierro y plástico.
Con una vibrante intervención de Manuel Callau ha comenzado el aniversario. Pero es difícil saber lo que vendrá. A mediodía en la Catedral hay una misa. En el altar, algunas fotografías de las víctimas. Apoyadas en los bancos, otras. Gente de remera negra y la palabra Justicia. Gente de remera blanca con la foto y el nombre de su muerto.
Los que conocen la Catedral dicen que está colmada. Rodeados por el estruendo del microcentro y los bombos que suenan en el otro extremo de Plaza de Mayo, el dolor es, en la Catedral, silencioso, como en esos planos de televisión que hemos visto, donde hombres casi viejos están llorando a su hija, a su hijo, sin llevarse las manos a los ojos, para evitar el gesto clásico del llanto. El acto del atardecer será distinto, de una intensidad tan fuerte como este silencio.
Es un día interminable porque las muertes de Once tienen para sus familiares ese carácter: no terminan de suceder y volverán a suceder cuando se abra el juicio oral. Por decisión moral esta gente ha elegido no encarcelar a su muerto en el duelo privado.
A las cinco y media de la tarde, la Plaza empieza a ocuparse. El palco, de espaldas a la Casa de Gobierno, los carteles todos iguales que reparten muchachos y muchachas. Miles de celulares multiplicarán miles de fotos de esos cartones donde se pide justicia. Los partidos que llegan, traen estandartes pequeños; Altamira marcha bajo una pancarta que denuncia el crimen de Mariano Ferreyra. Después de caminar cuarenta kilómetros desde Moreno, el Partido Socialista Argentino llega sólo con banderas blancas, sin identificación. Otros políticos, Tumini, Donda, Stolbizer, se desplazan sueltos por la Plaza. Aquí está pasando algo diferente a la costumbre inveterada de competir por la visibilidad y el espacio.
A esta Plaza la llenan quienes no tienen una relación personal directa con la tragedia de Once. Todos dicen que vienen para solidarizarse. No hay gritos mientras se espera pacientemente que funcione el audio. Sólo, de vez en cuando, olas de aplausos. A las ocho menos cuarto Ernesto Tenembaum y Gabriela Radice, actuando como locutores, dan por comenzado el acto. Y le pasan el micrófono a Pérez Esquivel, que reclama un "nunca más" y la nulidad de todas las concesiones ferroviarias. Después, nueve familiares leen su texto: nerviosos, angustiados, enfrentando por primera vez el vértigo de una multitud.
El día fue un crescendo, pero no necesariamente podía esperarse un final como el que le dio el documento consensuado por los familiares de las víctimas. Se leyó un gran texto, de los que no abundan y hay que citar: el acto no es una victoria porque nunca debió haber existido su causa, dicen; los responsables son los corruptos, vengan de donde vengan, por eso es indispensable la batalla legal, cuyo desenlace debe dejar en claro que la "tragedia fue consecuencia de la voluntad de enriquecerse". La Justicia estará enfrentada con pruebas sobre las que deberá resolver y personas que deberá condenar "lleven el apellido que lleven". El tono es el de la resolución más firme y lo acompaña un desafío a quienes están a espaldas del escenario: los ocupantes de la Casa Rosada, que no van a poder "borrar los años de abandono".
Sin embargo, la afirmación que parece más sutil y más decisiva no se refiere a la tragedia ni a la corrupción, sino a esa Plaza de autoconvocados: "Éste no es un acto político: es un hecho político". Con esta frase culmina el crescendo de este 22 de febrero. La Plaza es política, no porque se silbe el nombre de Cristina Kirchner (muy moderadamente, en verdad), sino porque un sujeto colectivo elige designar su acto con ese nombre. Los familiares de Once, con su estilo manso, merecen justicia. Pero quizá sean también el impulso de un nuevo tipo de ciudadanía, lejos de una oposición encerrada en el insulto e igualmente lejos de convertirse en carne de una operación que los coopte. Aprendieron demasiado.



fuente: La Nación